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Los héroes que salvaron a Kevin Durant de las calles y lo convirtieron en figura de la NBA

Archivo | Ronald Martinez / Getty Images – Agence France-Presse
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Kevin Durant tiene un contrato de 54,3 millones de dólares con Golden State. Nike, en tanto, le paga 300 millones por lucir su indumentaria. Tiene su propio restorán, el KD’s Southern Cuisine. Protagonizó Thunderstruck, una película infantil en la que se interpreta así mismo. A mitad del año pasado, producto del cambio de equipo, tuvo que vender su casa en Oklahoma resignando una fortuna. Poco le importó. Así es la vida de una superestrella de la NBA. Nada que ver a su infancia, en que un dólar ajado y sucio era oro. Él podría estar en prisión o incluso muerto, como tantos con los que creció. Pero tuvo a dos superhéroes que lo cobijaron. Héroes de lo cotidiano, sin capa, pero con una humanidad desbordante.

Durant se crió en Maryland, un suburdio de Washington D.C. Un barrio bravo, con las luces de la sirena policial tiñendo los muros llenos de graffitis día a día. Calles de miradas intimidades y muchas riñas, rebozantes de marginalidad, con la rabia palpándose en cada cuadra, aunque también escenario de resilientes.

Wanda había sido madre adolescente. Con solo 21 años, pero mucha vida en su cuerpo, ya tenía dos niños que cuidar: Tony y Kevin. El padre, agobiado por problemas callejeros, dejó la casa cuando Kevin tenía un año y no volvió hasta el cumpleaños número 13 del alero. Y lo volvió a abandonar.

No había tiempo para lamentos ni para saborear la miseria de los sueños rotos. Wanda trabajaba en las noches para poder ver a sus niños en el día. Su mamá la ayudaba con lo que podía. “Trabajaba de noche, de 11 a 7, cargando sacos de correo de 25 kilos en un tráiler. A veces tuve que tirar de mi jubilación para pagar los viajes y la educación de mis hijos”, narró la mujer. No pocas veces se quedó sin comer para que sus hijos pudieran hacerlo. No tenían casa fija. Iban de lado a lado. Lo bueno es que no tenían mucho que cargar. Cuando llegaron a su primer departamento, sin muebles ni camas, la familia se abrazó. Lloraron juntos por su humilde triunfo. Poco le importó a Kevin tener que dormir en el piso algunos días.

Wanda era y es mujer de fe. Le inculcaba a sus hijos que tenían que estar agradecidos de Dios porque eran unos bendecidos. Siempre hallaba un lapso para una charla espiritual. Tal vez, la explicación le empezó a hacer sentido a Kevin cuando a los ocho años conoció a Charles Craig, su primer entrenador en el Amateur Athletic Union. “Big Chuky”, como era conocido por todos, no solo lo formó como jugador, sino que también como persona. Fue la primera figura paterna del basquetbolista en ciernes. No era un hombre de riquezas, pero lo llevaba al cine, a ver partidos, le pasaba dinero cuando necesitaba, lo cuidaba en su casa mientras Wanda trabajaba.

El entrenador lo llenó de confianza. Le recalcó que en sus manos tenía el talento para llegar a lo más alto. Gracias a él, y a su abuela Barbara, Kevin dejó de atormentarse por su desproporcionada estatura, que desataba las crueles bromas de sus compañeros de colegio. El chico se fue perfilando como un prospecto de jugador profesional. En los partidos de instituto se iba por sobre los 30 puntos, ganaba campeonatos y era escogido en varios equipos ideales del país.

Su mamá, en tanto, no le daba respiro. Cuando lo veía descansar en la casa lo mandaba a correr cerro arriba o hacer flexiones de brazo. Su hijo no iba a vivir lo mismo que ella.

Kevin añoraba llegar a la NBA. Y que su mamá y “Big Chuky” lo vieron jugar ante los mejores. Ya había dominado el baloncesto colegial y los mejores programas universitarios lo tentaban para sumarse a sus equipos. Pero “Big Chuky” nunca pudo ver a ese niño que el apadrinó convertirse en uno de los mejores jugadores del mundo. En 2005, a la salida del J’s Sports Café, Craig vio cómo se armaba una batahola de violencia creciente. Los insultos, los empujones y los golpes dieron lugar a las armas, a las amenazas de muerte. Craig intentó detener la trifulca, pero todo salió mal. Le dieron tres tiros en la cabeza y un cuarto en el corazón.

El asesino, Terrell Bush, tenía 24 años, tres hijos, otro más en camino y antecedentes por intento de homicidio. Tiró el arma al suelo, se montó en un auto y escapó. Estuvo seis meses escondido en Georgia antes de ser capturado. El 26 de agosto de 2006 fue condenado a cadena perpetua. Dos días después de la sentencia, Kevin Durant empezó su primer y único año universitario. Lo hizo luciendo el 35 en la espalda, la edad que tenía Craig al morir. Un pequeño homenaje para el hombre que creyó en él cuando ni siquiera él lo hacía.

“Él me hacía sentir como si fuera una estrella. Se preocupaba por todos los que estaba a su alrededor y, sobre todo, a mí me hizo creer en mis posibilidades”, ha dicho “Durantula”.

Fue el primer novato en ganar el premio Oscar Robertson y el Adolph F. Rupp. Fue escogido por los Seatlle Supersonics en el segundo puesto del draft 2007, por detrás de Gregg Oden, el gigante de rodillas frágiles que apenas jugaría en la liga. En su debut anotó 18 puntos y a las semanas estaba haciendo el tiro sobre la bocina ante los Hawks. Jugó fiel a su estilo: un tirador mortífero de media y larga distancia, y un penetrador voraz que atacaba la canasta con su tranco avasallador.

Fue el rookie del año. A los 21 se transformó en el máximo anotador en fase regular con una media de más de 30 puntos por partidos. A los 22 fue el eje del “Dream Team” que ganó el Mundial de Turquía, siendo MVP del Torneo. Se hizo All Star. Apareció en el quinteto ideal de la NBA. Ganó el oro olímpico. Sus estadísticas le permitieron entrar a clubes excluvicos, cuyos miembros, entre otros, son Wilt Chamberlain y Michael Jordan. Demostró que no le temblaba el pulso en los play-offs. El corolario de esa carrera ascendente llegó en 2014: había sido escogido como el jugador más valioso de la temporada.

Vestido con un traje lustroso y luciendo unas gafas a la moda, dio un discurso de agradecimiento. A sus compañeros, a la afición, a los periodistas que votaron por él, a su abuela, a sus hermanos e incluso a su papá, con el que recobró relación. Para el final dejó a su madre. Levantó la mirada del estrado y vio a la mujer entrando en llanto. “No estábamos destinados a estar acá. Tú nos hiciste creer (a él y sus hermanos). Nos mantuviste lejos de la calle. Nos vestiste y pusiste comida en la mesa. Te aseguraste de que comiéramos y tú te fuiste a acostar con hambre. Te sacrificaste por nosotros. Tú me hiciste Jugador Más Valioso, pero tú eres la real MVP”, dijo el jugador.

Durant dejó Oklakoma a mitad del año pasado y se fue a Oakland para conseguir el título que con el Thunder siempre se le negó. En la Bahía su mamá le sigue regalando mimos después de cada partido. Como en Oklahoma. Como en Texas. Como en Washington. Como toda la vida. Sale a la pista luciendo el 35, el que lo ha acompañado toda su carrera en la NBA. Él cree que “Big Chuky” está en algún lugar observándolo, lleno de orgullo. No ha perdido la costumbre de rezar antes del partido. En su espalda lleva tatuado un Cristo sufriente en la cruz y va a la iglesia cada vez que puede. Se siente muy bendecido. Por lo que ha logrado y por esos héroes cotidianos que lo impulsaron.

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