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Hace cien años

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En el mes de Marzo de 1917 caía desplomado el zar Nicolás II, hasta entonces el intocable emperador del vasto e inabarcable territorio de Rusia, una autocracia aparentemente invulnerable, pero en los hechos un gigante con pies de barro.

Ese poder que parecía eterno fue devorado por los sufrimientos inenarrables del pueblo ruso y de las nacionalidades oprimidas por la dominación imperial de los zares, por la ausencia de libertad y la negación de cualquier átomo de democracia, así como por el agravamiento a grados de exasperante sufrimiento que, a las penurias existentes, vino a agregar la Primera Guerra Mundial al consumir totalmente las reservas materiales y morales que aún sostenían esa obsoleta monarquía.

El zar nunca llegó a comprender por qué desde lo más profundo de ese pueblo oprimido pudo brotar una energía tan devastadora que lo derrocó; esa fuerza solo es explicable por los siglos de miseria, hambre, ignorancia y opresión que la dinastía de los Romanov implantó, así como por el descontrol total que el sistema estatal de dominación experimento por el esfuerzo bélico, cuyo impacto el zarismo fue incapaz de resistir.

En Marzo de 1917, se movió la rueda de la historia y el pueblo ruso entró en ella, demandando paz, tierra y libertad; pero esos anhelos que inspiraron la tumultuosa ira popular, que fue creciendo y aumentando hasta convertirse en una crisis política generalizada, fueron postergados por la ceguera y las vacilaciones de los sucesores del zar.

Como tales sueños pertenecían a millones de seres humanos que en las barricadas y en las trincheras exigían un inmediato giro de 180 grados en la política del Estado ruso, y la guerra y él hambre imperaba en Rusia, la crisis siguió su ruta como un aluvión, cada vez más terrible.

La coalición que asumió la dirección del destartalado imperio, formada por parte de la alta burocracia civil y militar, grupos de terratenientes y los núcleos constitutivos de una burguesía industrial, limitada en extensión pero potente en su despliegue económico; fue un centro inestable de influencias donde se instaló la pugna por el mando de esa Rusia en crisis.

Fue un poder capturado por sus profundas contradicciones, al no haber una resolución del choque de intereses en juego, no hubo un acuerdo de paz para frenar la guerra y no se tomo resolución sobre el tema de la tierra, al vacilar en lo fundamental a resolver, el gobierno recién instalado fracaso en su tarea esencial de estabilizar la situación.

En resumen, ese conglomerado de fuerzas no tuvo la capacidad de dominar la crisis e ingresó a su vez en sucesivas y reiteradas pugnas que mermaron decisivamente su meta de transformarse en un nuevo núcleo hegemónico de la sociedad y del Estado. El gobierno que asumió luego de la caída del zar, pronto cayo también, así como el que vino a reemplazar al que recién se había constituido, corrió la misma suerte.

Por tanto, la crisis siguió una vía de progresiva profundización, como un vehículo sin frenos, que se desliza cuesta abajo sin control alguno. En el fondo, al no hacer la paz, no entregar libertad a los oprimidos y no resolver el problema de la tierra que ansiaban millones de campesinos, el bloque recién instalado en el poder se condenó a sí mismo a desaparecer de la escena en un corto plazo.

La extensión de la pobreza y del hambre debidas a la prolongación de la guerra y sus penurias, la indefinición en lo tocante a la propiedad de la tierra y la persistente porfía de no abolir para siempre la servidumbre, fueron hechos determinantes que pocos después, en el mes de Noviembre, llevaron a la insurrección bolchevique que proclamó la revolución socialista en el imperio de los zares.

La historia avanzó tan rápido que luego volvió a retroceder muchas décadas, desde los años veinte en adelante, el estalinismo aplasto la libertad y arrebató brutalmente la tierra a los campesinos, imponiendo la colectivización forzosa del campo; imponiendo un régimen sin democracia condenado a desaparecer.

El socialismo debe estar unido al fortalecimiento de la democracia. En consecuencia, queda como lección que ningún tipo de opresión podrá ser jamás el camino hacia la libertad y la paz de la civilización humana.

Camilo Escalona
Comité Central nacional

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