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Sábado 23 diciembre de 2017 | Publicado a las 14:10

Crítica de cine: "La puerta abierta", toda la luz de la medianoche

La Puerta Abierta
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La directora argentina Marina Seresesky, y en su debut como realizadora de un largometraje de ficción, construye una capital española llamativamente sin luz y atravesada por el deseo de comunión de unos personajes desarraigados, entre inmigrantes latinos, eslavos, travestis asesinos, prostitutas románticas y niñas huérfanas, que recuerdan al Pedro Almodóvar en su mejor cosecha.

Por Enrique Morales Lastra

“Me voy, como te digo, a vacunarme de mis amarguras a la mismísima calle de la Amargura, trabalenguas que no deja de tener su miga sarcástica. La vida, hasta cuando la vemos más negra, puede ofrecernos estas compensaciones lingüísticas capaces de arrancarnos una sonrisa momentánea”. Carmen Martín Gaite, en Nubosidad variable

La grata sorpresa tiene por nombre Marina Seresesky (Buenos Aires, 1969), y con su ópera prima, esta cinta que reseñamos, obtuvo dos nominaciones para los premios Goya fallados hace casi un año justo, a la mejor actriz principal y a su colega femenino de reparto. Porque una de las características principales de este filme se desprende de la calidad de su elenco interpretativo, anotemos al pasar: Carmen Machi, Terele Pávez y Asier Etxeandia.

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El último de los mencionados, por ejemplo, encarna a una travesti (Lupita) en lo que significó un esfuerzo mayor, sin duda, para sus habilidades artísticas y profesionales, acerca de un personaje que recuerda a primera vista, a la sensacional Lola encarnada por Toni Cantó en “Todo sobre mi madre” (1999), de Pedro Almodóvar, una película ícono de esa década de final de siglo.

Clase media baja y de esfuerzo, familias monoparentales conducidas por prostitutas que se disponen y se ofertan en la calle, para recibir a sus clientes, en las inmediaciones de lo que parece ser el céntrico barrio de La Latina, hoy “tomado” prácticamente por la diáspora de inmigrantes venidos desde América y África en búsqueda de una nueva historia personal y biográfica, a fin de escribir junto a sus descendientes, en un Madrid como el de “La puerta abierta” (2016), sin luz, y donde prevalecen los planos y encuadres capturados en la noche de invierno, cercana a la Navidad y a la Noche Vieja, como denominan a la fiesta de Año Nuevo los españoles. Pura ilusión angustiante.

La orfandad y la pobreza, entonces, son acompañadas por una banda sonora que recalca letras y notas de honda y bailada melancolía, con acordes de boleros y otras baladas sentimentales, que describen la pérdida, amores imposibles, y despechos criminales. El cine de Marina Seresesky referencia al de un autor español que nos conmovió y sorprendió a inicios de la década pasada por la dureza de sus argumentos y temáticas: Benito Zambrano, el cual con “Solas” (1999), describió magistralmente el desamparo y el aislamiento de un grupo familiar integrado exclusivamente por mujeres.

Drogas, vulnerabilidad, falencia de estructuras filiales y antropológicas primarias, confluyen en el escenario de una cámara que registra la cotidianidad de un conventillo habitado por núcleos identitarios, transformados en la rebeldía y en la apuesta por un futuro más amable. Los blancos pobres que se aúnan con los inmigrantes de “color”, en la vivencia de una experiencia dotada de épica y de lucha por la sobrevivencia, pero también de hermandad y de una latente emoción de la posibilidad, que la directora expresa a través, insistimos, de esa nostálgica y escogida banda sonora, y de diálogos desnudos, hechos de puro “nervio” y velados por miradas grises y golpeadas, en las actuaciones de ese trío fenomenal que componen los ya anotados Carmen Machi (Rosa), Terele Pávez (Antonia) y Asier Etxeandia (Lupita).

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A lo largo del filme, el montaje une planos y encuadres cerrados y medianos, que se disponen a relatar esa historia de dolor extasiado y de anhelos vitales truncos, en la cual una niña persigue el evento improbable de ser adoptada por una familia desconocida, y una prostituta que cerca del retiro, espera la ocurrencia del milagro que condone su pasado y las deudas afectivas y emocionales que guarda consigo misma y con su entorno.

La transgresión fílmica de la clandestinidad y de la marginalidad, así, se expanden en una reverberación audiovisual que recoge esas malas noches sobre el espacio diegético y ficticio de ese Madrid dibujado en base a líneas cardinales exclusivamente vespertinas, rayadas con las lágrimas y las esperanzas de un clan de mujeres azotado por el abandono, y dueñas de una genealogía que confunde y se pierde dentro de brazos apurados, besos gastados, apretados, sin saliva, y un deseo satisfecho y abonado con la lujuria del dinero escaso y proletario.

En la liberación final, sin embargo, cuando los sueños ceden a los hechos verdaderos, se asume un cuadro, una plasticidad de pura luz, música poética, lánguida y feliz a la vez, con el sol, con el fondo del mar, venidero, señalando un horizonte que se llama libertad.

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