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Sudor: un Fuguet “joven y alocado”

Newsweek
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La última novela de Alberto Fuguet, Sudor, es un larguísimo relato sobre un editor gay (Alf, Alfredo Garzón), sus aventuras sexuales (descritas con prolijidad y pasión) y su relación, durante la FILSA 2013, con el hijo de un gran escritor (colombiano radicado en México) del Boom Latinoamericano, Rafael Restrepo Carvajal (con características que remiten Carlos Fuentes).

Fuguet mezcla realidad con ficción, juega con los límites, dejando en la duda y a la imaginación de cada cual saber quién es quién en Sudor. O qué partes corresponden a quién en el mundillo de las editoriales, de los escritores y de ese grupo de gays.

Un mundo centrado en el sexo, rozando lo porno, donde la desconexión llega a brumar:

“Eso es lo bueno, piensa, de las fiestas, de los saunas, incluso de las aplicaciones: son como no-lugares donde uno no es del todo uno, donde uno deja de ser el que es y juega un rato, se transforma en otro, en una suerte de turista, hasta que conecta con alguien y debe sacarse el disfraz y la máscara y mostrarse y entonces todo tiende por lo general a derrumbarse.” (pp 175)

Lo anterior se ve reforzado por la permanente escritura en primera y en tercera persona, donde lo que piensa, percibe y siente el protagonista tuviera que ser ratificado por un tercero, por un observador externo, para validarlo:

“Alfredo sonrió y sintió un cosquilleo.
Sonreí y sentí un cosquilleo.”
(pp 563)

Fuguet se permite deslizar críticas ácidas a diestra y siniestra en voz de los diversos personajes, incluidas Alfaguara (comprada por Random House, que lo edita) y muchos connotados escritores nacionales. Un punto de humor en el que se incluye y que le da sabor al libro, pero refuerza un cierto aire de banalidad.

“¿Pichula? Aprobado.” (pp 516) (Literatura Random House).

Si Fuguet ha destacado por su manejo de los diálogos, en varios pasajes de Sudor se hace cansador y confuso, difícil de seguir. Esto se ve aumentado por lo largo del texto, que se puede hacer repetitivo y tedioso en partes para muchos. No es gratuito que los 4 días de visita de los Restrepo a FILSA recién empiecen pasada la página 370 de las 604 que tiene el libro… Recién ahí empieza, a mi juicio, lo mejor del libro. Es paradójico que a Fuguet le haya faltado un Alf, un editor de Sudor, y se haya quedado aparentemente con el juicio tajante de Rafael Restrepo Carvajal respecto a la inutilidad de éstos.

También puede resultar agotador, agobiante, casi claustrofóbico, este darse vueltas en un Santiago inmerso en una ola de mucho calor, reducido básicamente al Parque Forestal, barrio Lastarria y parte de Providencia, a un segmento limitado de los escritores y editoriales, y a unos gays que prácticamente se centran en lo físico, la ropa que usan, los perfumes y desodorantes, en las marcas de la ropa, sus colores, lo que escriben en las redes, las palabras que usan, las fotos que suben, a si son peludos o están depilados, si son circuncidados o no…

El propio autor lo plantea: “¿En serio no hay más? ¿Todo acaso es moda, minos, baile, trago, ropa, poca ropa? ¿Dónde están los pintores, los poetas, el arte, los libros, las ideas? ¿En qué momento ganó absolutamente la partida lo frívolo y la lujuria?” (pp 388)

El vacío que transmite Fuguet (53 años) puede, en cierto modo y en un aspecto, quedar reflejado en la siguiente cita:

“Cumples 50 y chao. Adiós. Puedes ser sabio o poderoso, pero dejas de ser carnada. Dejas de ser deseable. Al menos envejecemos mejor que las minas.” (pp 304)

A lo anterior se suma el que Fuguet incorpora gran cantidad de palabras, expresiones, frases y párrafos en inglés, lo que es odioso para el altísimo porcentaje de personas que no leemos en ese idioma. Algo similar pasa con la enorme cantidad de marcas de todo tipo, incluidos lubricantes, como nombres de músicos, cineastas, actores, etc., que menciona, constituyéndose en un idioma paralelo que no tiene, en el libro, una traducción –o pie de página- que permita comprenderlo mejor. Y esto parece particularmente válido cuando se refiere a códigos de un grupo reducido de la población (a menos que se escriba sólo para ellos o se quiera ser “incomprendido”).

Quizás el mayor valor del libro es precisamente mostrar en detalle el ambiente antes mencionado, adentrarse en ese particular mundo gay, hipersexualizado, casi enfermizo en centrarse en las apariencias, describir escenas de amor, pasión y sexo entre hombres sin tapujos, con detalles que pueden resultar chocantes. Pero 600 páginas pueden ser un abuso, una extensión excesiva que se hace cuesta arriba. Algunos pasajes pueden resultar fuertes y hasta chocantes para algunas personas, incluso considerar que rozan lo porno no por las palabras o las descripciones en sí, sino por lo innecesario de muchas de ellas y por lo repetitivo. Aunque lo innecesario y lo repetitivo abunda.

Son, a mi juicio, demasiadas páginas en un relato poco fluido con demasiados fluidos en un libro que puede hacer pensar en el film Calígula (en términos de lo sexual y del desperdicio de talento).

Para apreciar mejor Sudor, recomiendo leer Soyputo, de Josecarlo Henríquez.

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