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El socialismo y la lucha de los trabajadores: “Liberar al trabajador es liberación humana”

CONTEXTO | Sebastián Beltrán | Agencia UNO
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El 1 de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, resulta ser una sana ocasión para rememorar el sentido ético que tiene para el socialismo, como fuerza política, de ideas y vertiente cultural, su unidad fundacional con la lucha por los derechos fundamentales de los trabajadores.

Las ideas socialistas se unen en sus raíces con el llamado de “Proletarios de todos los países uníos”, que formularon Marx y Engels, y otros grandes pensadores, hacia la mitad del siglo XIX, cuando caía en las espaldas de los trabajadores, con total brutalidad, el costo social de la revolución industrial, desde la que emergió el capitalismo como la fuerza rectora y el motor principal de la formación económica y social que marcó con su impronta el desarrollo de la humanidad a escala mundial.

Desde las páginas del Manifiesto Comunista en 1848, describe este proceso histórico, y luego en su obra monumental El Capital, apoyándose además en sus antecesores los socialistas utópicos, fue cobrando vida el movimiento que llamó a la creación de una nueva sociedad, en que fuera posible poner termino a la despiadada explotación de la época.

El objetivo desde las luchas del movimiento obrero fue que se fueran echando las bases de ese ideal, que “la tierra sea el paraíso de toda la humanidad”, estableció diferencias de principios con otras vertientes revolucionarias, como el anarquismo, los bakuninistas de la época, para quienes el uso de la bomba y el atentado eran el instrumento esencial de su estrategia de lucha, contra el Estado, el Capital y la población, los factores cuya destrucción haría posible el nuevo orden social, sin Estado, ni patrones. Sin Capital, ni policía, ni burocracia: la anarquía.

La teoría del humanismo socialista formuló otro camino, al querer la emancipación del movimiento obrero se proponía la liberación de la humanidad toda. Liberar al trabajador de sus cadenas constituiría un acto universal de liberación humana. Con ello, esa vertiente de pensamiento, se propuso una utopía de alcance civilizacional, inspirándose en los grandes valores de Libertad, Igualdad y Fraternidad de la revolución francesa, concluyó que para realizar la justicia social: “no hay que interpretar, de lo que se trata es de transformar el mundo”(Marx, Tesis sobre Feuerbach).

Al plantearse ese propósito no tenía otra alternativa que no fuera la formación de un Partido político que inspirado en ese objetivo de validez internacional, fuera capaz de aunar y darle sentido a esas luchas obreras, espontáneas, dispersas y aisladas, muchas de ellas anarquizadas o irracionales por la ignorancia y la dureza de la explotación; al invocar la razón y la justicia, el socialismo debía unirlas y canalizarlas en un proyecto político que permitiera la conducción del Estado y encauzar el régimen político hacia la justicia social. Con esas ideas, un primer intento fallido de tomar el poder, se vivió en París de 1870.

Ahora bien, el mundo cambió mucho más de lo que aquellos gigantes del pensamiento estaban en condiciones de prever. Desde entonces pasó mucha agua bajo los puentes, como la revolución rusa en octubre de 1917, desde la cual surgió la formación de un Estado que se definió a sí mismo como un Estado Socialista, en el territorio de la antigua Rusia zarista, que por su carácter multinacional se denominó desde 1922 como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, nombre que le acompaño hasta su disolución en Agosto de 1991.

Antes de dos siglos, el movimiento socialista, en sus diversas vertientes organizadas, desde el Estado o la sociedad civil, fue testigo y/o protagonista de dos crueles y devastadoras guerras mundiales; de luchas por la independencia nacional que llevaron a la formación de decenas de nuevos Estados y al colapso de los imperios coloniales que dominaron el planeta durante siglos, a la proclamación de la República en China, el país más poblado del planeta que vivió el auge y declinación del maoísmo; un periodo histórico en que tuvo lugar la feroz guerra civil en España y la victoria de Vietnam contra la guerra de la principal potencia mundial.

El sueño socialista de justicia social fue el factor primordial que inspiró la formación del Estado de bienestar social, que formó sociedades más igualitarias y prosperas en el centro y norte de Europa durante más de medio siglo; pero también esas ideas sufrieron la saña de la persecución y resurgieron con el vigor de indómitas bregas libertarias en un mundo que se hizo global, más poderoso y a la vez más necesitado de justicia y paz. A

sí, desde su dura experiencia el socialismo integro el valor esencial de los Derechos Humanos como un pilar inamovible de su opción de sociedad y un rasgo fundamental de su identidad constitutiva y de su fisonomía política.

Por ello, impulsó la igualdad de la mujer en un esfuerzo formidable de terminar una inequidad milenaria, al tiempo que promovió el fin de toda forma de opresión por razones de raza, credo religioso o condición sexual; al calor de tales avances, el movimiento socialista fue capaz de anticipar y promover el auge de las fuerzas productivas que impulsaron la conquista del espacio y la mayor transformación demográfica del orbe: el cambio de la población desde el campo a la ciudad y una nueva mirada sobre la familia y el medio ambiente. Así mismo, fueron años en que brotó la revolución tecnológica, y de modo especial, irrumpió internet con un impacto en la cultura y la vida social que está en pleno despliegue.

El colapso de la Unión Soviética hizo que sus adversarios proclamaran el término de la alternativa socialista. Se apuraron demasiado

Prácticamente sin adversario en la cancha, la sociedad neoliberal vio agravar sus fallas estructurales a un nivel sin precedentes, como la desigualdad que divide los países entre un núcleo exiguo y minoritario de poderosos financistas y una extensa multitud de personas, escindida en diversos grados de segregación social, en que unos disponen de lo que sea su capricho y los más ya no abrigan esperanzas.

Las secuelas culturales y políticas de ese quiebre societal son de apatía ciudadana, desencanto y violencia, y de radicalización de la subjetividad emocional como no se había vivido en décadas.

Una de las contradicciones más agudas de este sistema de exclusión social, es la enorme cantidad de profesionales e intelectuales que se ha formado y la falta de perspectivas a la que están condenados. Se masificó la enseñanza superior para provocar un nuevo tipo de persona segregada. La injusticia que esto significa y la extensión de este fenómeno acentúa el sordo malestar en nuevos sectores de la población, en los cesantes ilustrados, que viven en carne propia la sinrazón de una sociedad en que el mérito se ve reemplazado por el arreglín de bigotes y las conductas mafiosas.

La ineptitud del sistema para crear una cantidad suficiente de empleos valorados y decentes conlleva la desvalorización del trabajo humano y el deterioro de las condiciones de los trabajadores, realidad que se ha constituido en caldo de cultivo para el menosprecio del trabajo social y la extensión del parasitismo y la vagancia como nuevos paradigmas del comportamiento humano. Se vuelve atrás, a la época en que un tango constataba que “lo mismo vale un burro, que un buen profesor”.

Este debilitamiento de la ética social y la banalización del desafío cultural en el siglo XXI coincide (aunque no nace) con la caída del Estado soviético que instaló la hegemonía neoliberal por cerca de un cuarto de siglo. Se vivió una paradoja, la ideología neoliberal pudo ocultar y eludir el agotamiento de su proyecto de sociedad detrás del fracaso y la crisis del sistema comunista.

Sin embargo, esa crisis estructural lo que estaba señalando era que lejos de una ruta ciega hacia una opción ultra liberal lo que la crisis soviética venía a decir era que el socialismo no es una economía exclusivamente estatal y que tampoco es sólo un sistema político de partido único. Ese binomio lo llevó a la derrota.

La parálisis burocrática y la negación de la diversidad de formas de producción social y del pluralismo en las ideas, los mismos problemas de fondo que, en los años 80, el ciclo de reformas de Gorbachov se propuso solucionar pero no logró resolver, tuvo como efecto fatal que esa larga etapa de estancamiento, no tuvo oportunas respuestas alternativas, suficientemente preparadas para ser eficaces, al no haber ni pluralismo político, ni diversidad ideológica, capaces de crear los centros pensantes que las formularan.

Ha quedado claro que el socialismo es un proyecto de sociedad mucho más complejo, lleno de alternativas y de múltiples opciones, que acoge la diversidad y la multiculturalidad, en esencia distinto de que aquella burda deformación autoritaria que dejara el estalinismo. De modo que no es válido el dilema entre el dominio del capital o el de la burocracia. La diferencia de principios es básica, no hay socialismo sin democracia y en cada nación, la realidad es inimitable.

En tal sentido, la opción socialista es una brega tendiente a la sucesiva profundización de la democracia, sustentada en un proyecto social que, desde los intereses de los trabajadores como creadores fundamentales de la riqueza nacional, abarca a la sociedad en su conjunto, con una voluntad de integración social y no exclusión, con vistas a una superior comunidad humana, desprovista de las burdas y crueles formas de discriminación y opresión que la civilización humana no ha logrado superar hasta la fecha.

La experiencia ha demostrado que la opción socialista es una tarea de largo aliento, que tropieza con una fuerte resistencia, como la que ha levantado en Chile la derecha contra la reforma laboral; tampoco han ayudado en este arduo camino las deformaciones autoritarias ni los enconos extremistas, muchas veces la retórica crea enemigos donde no los hay y amenazas que no son tales.

Por ello, hay que insistir que se trata de una opción por la razón y la justicia, cuyo sentido de ser al luchar por los intereses nacionales de los trabajadores es un anhelo humanista, adverso al talibán, ya que proclama el pleno respeto a la dignidad de la persona, de forma que el afán de ciega revancha social es ajeno a su meta de alcanzar la justicia social.

Un primero de mayo, cuando en los cinco continentes desfilan orgullosos los trabajadores, las banderas socialistas flamean con vigor, energía y fortaleza, sin mesianismo ni ciego fanatismo, valorando el pluralismo y a quienes piensan distinto, pero con la certeza entregar un aporte decisivo a la lucha por una nueva sociedad, libertaria, justa y fraterna.

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