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Una puede tener amigos, ¡asúmanlo!

Frazer Harrison / GETTY IMAGES NORTH AMERICA / AFP
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¿Soy la única que cree que existen amigos con los que una nunca tuvo nada ni quiere tener? Que tiene amigos como hermanos, compañeros de idas a la playa, padrinos ad honorem de la hija y a quien una recurre SÓLO porque los une una profunda amistad.

A mis 40 años, pensé que esto ya era un tema superado. Pero no. A propósito de la amistad de Juan Pablo II con una filósofa, me sigo encontrando con opiniones femeninas que argumentan que porque una mujer se junta con un hombre resulta que tiene un romance sórdido y en el fondo, lo que quiere es estar con él. Sin consideraciones del estilo quitárselo a una esposa. Pues les informo que no!

Es MUY posible ser mujer y tener amigos niñitos varones con los cuales juntarse a conversar, ir al cine, ir a comer, a tomar unas cervezas o cualquier actividad de mutuo acuerdo y conveniencia que implica cualquier cosa, MENOS romance. Porque para esa parte, eligió a otro hombre como ellos eligieron a otras y NO a una. Y que en esas elecciones ni ellos ni una están en una patética espera porque la relación contraria fracase con la secreta esperanza de tener una relación que sea más que amista. No, gracias.

Aclaremos que desde la infancia siempre me resultó más fácil tener amigos hombres. Compinches como somos con mi hermano, el género masculino me parece más simple, directo y leal que la mayoría de las congéneres. Entonces, entenderán que tengo amigos desde los 10 años que hoy son como mis hermanos, como otros grandes tipos que he conocido con el paso de los años.

Pero resulta que con el paso del tiempo, juntarme con mis amigos se hace cada vez más complejo. Como si la vida, las profesiones y los hij@s no fueran obstáculo suficiente para ver a cualquier persona. En la adolescencia eran los pucheros de las pololas de turno, que hoy parecen insignificantes comparados con el tremendo caracho que ponen las esposas (en mi cara o a mis espaldas) cuando se enteran que una de las del lote de los amigos tiene ambos cromosomas XX. Peor aún si en verdad se juntaron sólo conmigo.

¿Lo peor de todo? Es que no son sólo ellas. Tengo amigas a las que aparentemente debo rendir explicaciones de semejantes juntaciones. Es que, ¿soy la única que cree que existen amigos con los que una nunca tuvo nada ni quiere tener? Que tiene amigos como hermanos, compañeros de idas a la playa, padrinos ad honorem de la hija y a quien una recurre SÓLO porque los une una profunda amistad? NADA más que la amistad.

Hay marinovias que me han odiado desde el momento que saben que existo. Algunos amigos han sucumbido a esas presiones “por el bien de la familia” y los veo poco. Otros, más habilosos, se han emparejado con mujeres seguras de sí mismas y de la relación que tienen, que ni se despeinan cuando ellos les dicen “Hola! Acá, viendo una peli con la Clau”.

¿Por qué es que ciertas mujeres creen que una puede venir y destruir su relación en sólo unos minutos? O sea, si yo pensara que mi hombre se va con la primera que le parece suficientemente atractiva, pues me cuestiono el hombre, no la sujeta en cuestión, ¿no? Menos aún si es amiga de él antes que ellas, o sea, me dan unas ganas terribles de decirle “Loca, a mí me quiere más y me quiere de antes. Pero no me tiene ganas ni yo a él”. Pero seguro que eso no arregla mucho la cosa.

John Crider (CC)

John Crider (CC)

En el otro extremo, están los maridos de las no tan amigas. Que en alguna ocasión han dicho “te llevo” cuando efectivamente la casa de una está en la ruta de ellos y reciben severas miradas de reprobación mientras que a mí me llevan aparte para preguntarme “Por qué me voy con él”. Pero claro, cuando les digo que es porque me acerca a mi casa, no me cree nadie.

He tenido que poner amigas en copia oculta de conversaciones en correos electrónicos para cuando la mujer se entere que el marido conversa conmigo dé fe de que las conversaciones no tienen carácter sexual alguno. He tenido que dejar de ir a comprar con maridos de amigas cuando necesito traer algo porque una vez la tienda estaba cerrada y nos demoramos media hora más de lo presupuestado y arriesgo perder la amiga.

He tenido que empezar a hablar en clave y juntarme “sin que nadie se entere” para evitar problemas. Como si conversar fuera un pecado capital. O peor aún, no decir nada y ver una película. He tenido que hacer como si tuviera la culpa de algo que NUNCA he hecho, sólo por esa maldita construcción del consciente colectivo femenino. Y me agota. Pero, a ratos, es la única manera de beber una cerveza tranquila con ese amigo adorado que veo cada día menos.

Claudia Farah S.
Periodista, escritora amateur, madre polisilábica de una adolescente, crítica de realidades y creyente fanática de que se puede cambiar el mundo. Viví en Inglaterra después de hacer el Magister en Filosofía, Política y Economía en la Universidad de York. Actualmente, me encuentro en Chile.

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