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El extra√Īo caso de la fragata portuguesa
Publicado por: Christian Leal
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Aquel día, Holmes se había mantenido enclaustrado en su laboratorio. No es que aquello fuera algo inusual, dado que en ocasiones pasaba días enteros con sus noches estudiando toda clase de situaciones o elementos en completo aislamiento. Sin embargo, esta vez había algo diferente.

- Dios bendito, doctor Watson -exclam√≥ como siempre exaltada la se√Īora Hudson- desde que recibi√≥ esa extra√Īa caja que le trajeron los mocosos esos‚Ķ

- Los Irregulares, querr√° decir…

- Ll√°meles como quiera. Desde que le trajeron aquella caja, el se√Īor Holmes no se ha aparecido ni siquiera para comer o beber una copa de oporto. Me tiene muy preocupada que tenga entre manos algo peligroso.

- ¬ŅY qu√© le hace pensar en ello? -le inquir√≠.

- Pues quiz√° sea porque la caja tra√≠a escrita en sendas letras advertencias de “PELIGRO”, “CUIDADO”, “MANIPULE CON EXTREMA PRECAUCI√ďN”- agreg√≥ con un evidente tono de sarcasmo.

- Aguda observación, Madame Рconcedí.

Y mientras colgaba mi sombrero y abrigo en la percha, la veterana mujer cambió de modos y utilizó su expresión más suplicante.

- Por favor doctor Watson, se lo ruego. Averig√ľe qu√© est√° realizando el se√Īor Holmes all√≠ dentro. Temo que est√© manipulando explosivos o quiz√° algo peor. Una ya no est√° en edad de soportar estas angustias -suplic√≥ mientras sacaba su delicado pa√Īuelo para secarse las peque√Īas gotas de sudor que aperlaban su frente.

- Tranquila, se√Īora Hudson. Me encargar√© de averiguar de qu√© se trata.

The Independent

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Sin embargo yo sabía que aquello no sería tarea nada fácil. Cuando Holmes se encerraba en su laboratorio, ni siquiera un incendio como el de 1666 le habría hecho salir. Dubitativo, me acerqué a la tosca puerta de madera que llevaba al sótano y golpeé suave pero firmemente con el mango de mi bastón.

- Holmes. Holmes‚Ķ ¬Ņse encuentra usted all√≠?

Como era de esperar, no hubo respuesta. Aunque no fuera la maniobra propia de un caballero, acerqu√© mi o√≠do a la madera de la puerta esperando escuchar alg√ļn indicio de actividad, pero las tablas eran tan gruesas que no permit√≠an el paso de sonido alguno, de haberlo.

- Holmes. Por favor conteste. Soy yo, Watson. Necesito hablar con usted Рinsistí.

Esper√© algunos momentos infructuosamente. De pronto, mi mente se vio abrumada por la posibilidad de que a mi amigo le hubiera ocurrido alguna desgracia al trabajar con el contenido de la misteriosa caja, y que cada segundo que perdiera en acudir en su ayuda fuera un paso m√°s hacia su condena. Mi coraz√≥n dio un sobresalto y comenc√© a azotar la puerta a golpes de pu√Īo.

- ¬°Holmes!¬°Holmes! ¬ŅSe encuentra usted bien? Escuche, ¬°voy a entrar!

Comenzaba a observar con nerviosismo el cerrojo y las vetustas bisagras de la puerta buscando una debilidad que me permitiera forzarla cuando, suave pero inexpresiva, la voz de Holmes emergió desde lo profundo de la habitación.

- Mi querido Watson, por favor no permita que su cortesía le juegue bromas que no son propias de su posición. La puerta ha estado abierta todo el tiempo. Pase usted.

Ruborizado, di vuelta a la manilla y comprob√© que, en efecto, el paso nunca estuvo vetado. Al penetrar en aquel espacio l√≥brego y h√ļmedo, cualquier extra√Īo se habr√≠a horrorizado ante la cantidad de objetos que formaban parte de aquella colecci√≥n. Desde animales disecados hasta partes de √≥rganos flotando en frascos de formaldeh√≠do, mapas de lugares irreconocibles y m√°scaras de pueblos salvajes. Todo salpicado por innumerables cuadernos de notas y fichas que s√≥lo Holmes ten√≠a el poder de encontrar cuando las requer√≠a.

Acostumbrado ya a aquel panorama, di vuelta a algunos estantes hasta llegar a la mesa principal, donde Holmes realizaba sus ex√°menes m√°s delicados. All√≠ le encontr√© envuelto en un delantal engomado y provisto de guantes, los que usaba s√≥lo cuando -tal como tem√≠a la se√Īora Hudson- algo delicado se tra√≠a literalmente entre manos.

- Por favor mantenga su distancia, Watson- advirtió secamente mientras me acercaba para saludarle, lo que me hizo detenerme en seco.

- Holmes, la se√Īora Hudson est√° muy preocupada por usted. Dice que no ha dormido ni probado bocado en varios d√≠as.

- Esto es fascinante, Watson. Realmente fascinante – dijo mi amigo, haciendo caso omiso a mis palabras anteriores.

Conocedor de que no le sacar√≠a de su ensimismamiento hasta que descubriera cu√°l era el √ļltimo juguete de Holmes, y tambi√©n, debo aceptarlo, curioso a esas alturas, decid√≠ acercarme lentamente para averiguar de qu√© se trataba.

- Por favor, vea esto Рdijo de repente, y se apartó para que yo pudiera contemplar sin necesidad de seguir avanzando.

US Department of Commerce (DL)

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All√≠, sobre una caja de cristal con agua a manera de acuario, flotaba una criatura como jam√°s hab√≠a visto. A primera impresi√≥n parec√≠a una medusa, como aquellas que con tanto placer ingieren los animales marinos, sin embargo esta parec√≠a tener una cresta transparente que terminaba en hermosas puntas te√Īidas de azul y violeta. Bajo ella, se hund√≠a una serie de barbas de colores de las cuales una o dos sendas m√°s gruesas se interbana hacia el fondo, d√°ndole el aspecto de una m√©dula espinal atada a un cerebro. Aquel monstruo era notable y aterrador al mismo tiempo.

- Pero Holmes, ¬Ņqu√© es eso? ¬Ņde d√≥nde lo sac√≥?

Mi amigo gesticuló brevemente en algo que interpreté como orgullo al provocarme tal asombro y se apresuró en tapar la caja de vidrio con otra lámina, para sellarla.

- Es un regalo de un cliente al que ayud√© hace unos a√Īos. Se trata de una Physalia Physalis, m√°s conocida en los mares tropicales como fragata portuguesa. Desde luego no es propia de nuestras costas.

- ¬ŅSe trata de una especie ex√≥tica de medusa? – pregunt√© a√ļn fascinado por la sinfon√≠a de colores que el animal exhib√≠a.

- No, Watson, en absoluto. De hecho se la suele confundir con una y por ello también se la llama falsa medusa. Es una especie de hidrozoo con algunas propiedades muy particulares.

- ¬ŅA qu√© se refiere? – le dije, cambiando de posici√≥n para observar mejor a aquel ser gelatinoso, que flotando pareciera provenir de otro mundo.

- Pues, recordar√° usted a Culverton Smith, supongo.

- Vaya si no he de recordarlo -alegué volviendo a sentir la humillación de aquella tarde- Si fue cuando usted puso en duda mis habilidades como médico.

- Mi querido Watson -clam√≥ Holmes entre risas- ¬Ņno me dir√° que a√ļn se siente ofendido por aquella charada? Recuerde que si no hubiera sido por mi actuaci√≥n, jam√°s habr√≠amos obtenido la confesi√≥n de aquel perverso investigador sobre el asesinato de su sobrino, Victor Savage.

- S√≠, tiene usted raz√≥n, Holmes -admit√≠ tratando de dejar atr√°s mi orgullo herido- pero no entiendo qu√© tiene eso que ver con esta extra√Īa creatura.

- ¬ŅRecuerda usted que Savage fue asesinado al contagi√°rsele deliberadamente la desconocida enfermedad de los cool√≠es de Sumatra. Pues bien, este animal posee una toxina muy superior a aquella. Si ese mal pod√≠a matarle en 4 d√≠as, el contacto con una fragata portuguesa puede dejar en pocos minutos a un hombre robusto en el suelo, gimoteando como un beb√© por el dolor y los espasmos y, aunque es m√°s raro, tambi√©n puede matarle si se dan las condiciones.

- ¬°Dios santo, Holmes! ¬ŅY por qu√© trae usted a una cosa as√≠ a su casa?

- Por curiosidad, desde luego. Si Smith fue capaz de concebir un plan tan macabro, debo estar al tanto de todos los mecanismos que puedan matar a un hombre, por m√°s intrincados que parezcan. Adem√°s, nuestro gelatinoso amigo tiene otra particularidad que lo hace realmente notable entre la fauna conocida hasta nuestros d√≠as…

Holmes hizo deliberadamente un silencio, para escudri√Īar con atenci√≥n a la fragata mientras deambulaba pacientemente en su acu√°tico encierro. Su mirada estaba tan fija en los tejidos transparentes que asemejaban una peque√Īa masa encef√°lica, que se dir√≠a que ambos pod√≠an comunicarse en forma telep√°tica.

- ¬ŅY bien, Holmes? – clam√© impaciente por la respuesta.

- Que en realidad no se trata de un animal… sino de cuatro.

- ¬ŅPero qu√© dice, Holmes? -exclam√© asombrado mientras olvidaba su peligrosidad y me acercaba para observarla con la mayor detenci√≥n posible- Si es evidente que se trata de una sola creatura.

- Eso en apariencia, mi estimado doctor, y aquel razonamiento es correcto entendiendo que usted proviene del mundo de la anatom√≠a humana, donde cada una de nuestras c√©lulas cumple una labor altamente especializada. Sin embargo no todos los seres vivos funcionan de la misma manera. ¬ŅHa escuchado hablar alguna vez de los organismos coloniales?

- Jam√°s – reconoc√≠ con cierta verg√ľenza.

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- No se apene, Watson -respondi√≥ Holmes percibiendo mi aplomo- La ciencia s√≥lo supo de ellos recientemente. Se trata de colonias de individuos microsc√≥picos que se agrupan para realizar funciones diferentes en pos del bien com√ļn. En el caso de la fragata portuguesa, puede contar usted a los neumat√≥foros, que componen aquella hermosa vela que se yergue orgullosa sobre el agua y le permite impulsarse con el viento; luego tiene a los gastrozoides, que realizan la digesti√≥n de los alimentos; los gonozoides, que le permiten reproducirse; y finalmente los dactilozoides, a cargo de defender a los dem√°s y capturar presas. Estos son los peligrosos, ya que forman esos largos tent√°culos viol√°ceos. Este es un esp√©cimen juvenil, pero se han visto de hasta 50 metros.

- ¬ŅPero eso no es lo mismo que hacen las neuronas por nuestro pensamiento o los gl√≥bulos rojos por nuestra oxigenaci√≥n?

- No, Watson. Nuestras células son independientes y carecen de todo valor sin un sistema completo que las soporte. En los organismos coloniales en cambio, cada una de estas unidades tienen sus propios sistemas, pero colaboran para mejorar sus posibilidades de sobrevivir.

Al ver a√ļn mi cara de confusi√≥n, Holmes fue un poco m√°s all√°.

- Piense por ejemplo en las hormigas. Toda hormiga es un ser individual, un organismo capaz de respirar, comer y transportarse; sin embargo una hormiga no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir fuera de su colonia. Las labores están tan demarcadas como obreras, nodrizas, soldados y reinas, que ninguna podría salir adelante sin las otras.

A continuaci√≥n Holmes tom√≥ un peque√Īo bote que ten√≠a a su lado y, abriendo la tapa del acuario que conten√≠a a la fragata, verti√≥ cuidadosamente un cardumen de diminutos pececillos en su interior. Ambos observamos fascinados como el animal reaccionaba y rodeaba uno por uno a los peces con sus brazos, inmoviliz√°ndolos al instante gracias a su poderoso veneno y transport√°ndolos para su digesti√≥n.

El proceso era tan aterrador como maravilloso.

ForDivers.com

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- Las fragatas portuguesas son animales increíbles, Watson. Están a medio camino en la escala evolutiva entre los organismos unicelulares, como las bacterias, y los pluricelulares, como usted o como yo.

Entonces una palabra del discurso de Holmes me hizo despertar de mi encantamiento.

Pirosomo

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- ¬ŅEscala evolutiva? Holmes, no me dir√° que usted tambi√©n cree en aquellas teor√≠as locas que expuso aquel naturalista el a√Īo pasado‚Ķ ¬Ņc√≥mo es que se llama?

- Charles Darwin.

- Darwin. Aquel hombre que cree que los seres humanos descendemos de los monos.

- ¬ŅY por qu√© no, Watson? Es cierto, a√ļn falta evidencia que demuestre su teor√≠a, pero tal como le he dicho muchas veces al inspector Lestrade, cuando faltan piezas para completar el puzzle de un misterio, de lo que m√°s carecemos no es de inteligencia, sino de imaginaci√≥n. ¬ŅO acaso usted s√≥lo podr√≠a haber razonado que exist√≠a un animal tan curioso como este?

Aunque me costaba dar crédito a una teoría tan profana como la de Darwin, no podía negar que era precisamente aquel atrevimiento a pensar fuera de los marcos establecidos lo que componía el genio de mi amigo para resolver embrollos, en apariencia, imposibles. Quizá debería volver a darle un vistazo al escrito de Darwin, cuando mi esposa no se encontrara cerca.

Holmes miró durante un momento más a la fragata alimentarse, casi con el orgullo de un padre y luego reflexionó para sí.

- Quizá cuántas otras creaturas inimaginables se ocultan más allá de los límites de nuestra modernidad, Watson. En las profundidades, en las alturas, en las tierras inexploradas, en los mundos desconocidos…

Durante un momento se qued√≥ rumiando sus sue√Īos y luego, como llevado por un chispazo, su mente cambi√≥ r√°pidamente de direcci√≥n, cerrando nuevamente la tapa del acuario y cogiendo su abrigo.

- Pero bueno, creo que es suficiente de torturar a la se√Īora Hudson con mi ausencia. Adem√°s, le√≠ que hoy se estrena la √ļltima opera de Offenbach en el teatro de Londres y ser√≠a todo un detalle si usted pudiera acompa√Īarme. Compraremos algo de comer por el camino.

- Mientras no sea de pescado -exclam√© de forma casi instintiva, a√ļn alterado por la forma de alimentarse de aquella creatura.

- Tiene mi palabra, Watson. No ser√° pescado. Ni tampoco gelatinas.

Christian Leal | Facebook.com/christianleal
Periodista
Director de BioBioChile

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