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El extraño caso de la fragata portuguesa

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Aquel día, Holmes se había mantenido enclaustrado en su laboratorio. No es que aquello fuera algo inusual, dado que en ocasiones pasaba días enteros con sus noches estudiando toda clase de situaciones o elementos en completo aislamiento. Sin embargo, esta vez había algo diferente.

- Dios bendito, doctor Watson -exclamó como siempre exaltada la señora Hudson- desde que recibió esa extraña caja que le trajeron los mocosos esos…

- Los Irregulares, querrá decir…

- Llámeles como quiera. Desde que le trajeron aquella caja, el señor Holmes no se ha aparecido ni siquiera para comer o beber una copa de oporto. Me tiene muy preocupada que tenga entre manos algo peligroso.

- ¿Y qué le hace pensar en ello? -le inquirí.

- Pues quizá sea porque la caja traía escrita en sendas letras advertencias de “PELIGRO”, “CUIDADO”, “MANIPULE CON EXTREMA PRECAUCIÓN”- agregó con un evidente tono de sarcasmo.

- Aguda observación, Madame – concedí.

Y mientras colgaba mi sombrero y abrigo en la percha, la veterana mujer cambió de modos y utilizó su expresión más suplicante.

- Por favor doctor Watson, se lo ruego. Averigüe qué está realizando el señor Holmes allí dentro. Temo que esté manipulando explosivos o quizá algo peor. Una ya no está en edad de soportar estas angustias -suplicó mientras sacaba su delicado pañuelo para secarse las pequeñas gotas de sudor que aperlaban su frente.

- Tranquila, señora Hudson. Me encargaré de averiguar de qué se trata.

The Independent

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Sin embargo yo sabía que aquello no sería tarea nada fácil. Cuando Holmes se encerraba en su laboratorio, ni siquiera un incendio como el de 1666 le habría hecho salir. Dubitativo, me acerqué a la tosca puerta de madera que llevaba al sótano y golpeé suave pero firmemente con el mango de mi bastón.

- Holmes. Holmes… ¿se encuentra usted allí?

Como era de esperar, no hubo respuesta. Aunque no fuera la maniobra propia de un caballero, acerqué mi oído a la madera de la puerta esperando escuchar algún indicio de actividad, pero las tablas eran tan gruesas que no permitían el paso de sonido alguno, de haberlo.

- Holmes. Por favor conteste. Soy yo, Watson. Necesito hablar con usted – insistí.

Esperé algunos momentos infructuosamente. De pronto, mi mente se vio abrumada por la posibilidad de que a mi amigo le hubiera ocurrido alguna desgracia al trabajar con el contenido de la misteriosa caja, y que cada segundo que perdiera en acudir en su ayuda fuera un paso más hacia su condena. Mi corazón dio un sobresalto y comencé a azotar la puerta a golpes de puño.

- ¡Holmes!¡Holmes! ¿Se encuentra usted bien? Escuche, ¡voy a entrar!

Comenzaba a observar con nerviosismo el cerrojo y las vetustas bisagras de la puerta buscando una debilidad que me permitiera forzarla cuando, suave pero inexpresiva, la voz de Holmes emergió desde lo profundo de la habitación.

- Mi querido Watson, por favor no permita que su cortesía le juegue bromas que no son propias de su posición. La puerta ha estado abierta todo el tiempo. Pase usted.

Ruborizado, di vuelta a la manilla y comprobé que, en efecto, el paso nunca estuvo vetado. Al penetrar en aquel espacio lóbrego y húmedo, cualquier extraño se habría horrorizado ante la cantidad de objetos que formaban parte de aquella colección. Desde animales disecados hasta partes de órganos flotando en frascos de formaldehído, mapas de lugares irreconocibles y máscaras de pueblos salvajes. Todo salpicado por innumerables cuadernos de notas y fichas que sólo Holmes tenía el poder de encontrar cuando las requería.

Acostumbrado ya a aquel panorama, di vuelta a algunos estantes hasta llegar a la mesa principal, donde Holmes realizaba sus exámenes más delicados. Allí le encontré envuelto en un delantal engomado y provisto de guantes, los que usaba sólo cuando -tal como temía la señora Hudson- algo delicado se traía literalmente entre manos.

- Por favor mantenga su distancia, Watson- advirtió secamente mientras me acercaba para saludarle, lo que me hizo detenerme en seco.

- Holmes, la señora Hudson está muy preocupada por usted. Dice que no ha dormido ni probado bocado en varios días.

- Esto es fascinante, Watson. Realmente fascinante – dijo mi amigo, haciendo caso omiso a mis palabras anteriores.

Conocedor de que no le sacaría de su ensimismamiento hasta que descubriera cuál era el último juguete de Holmes, y también, debo aceptarlo, curioso a esas alturas, decidí acercarme lentamente para averiguar de qué se trataba.

- Por favor, vea esto – dijo de repente, y se apartó para que yo pudiera contemplar sin necesidad de seguir avanzando.

US Department of Commerce (DL)

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Allí, sobre una caja de cristal con agua a manera de acuario, flotaba una criatura como jamás había visto. A primera impresión parecía una medusa, como aquellas que con tanto placer ingieren los animales marinos, sin embargo esta parecía tener una cresta transparente que terminaba en hermosas puntas teñidas de azul y violeta. Bajo ella, se hundía una serie de barbas de colores de las cuales una o dos sendas más gruesas se interbana hacia el fondo, dándole el aspecto de una médula espinal atada a un cerebro. Aquel monstruo era notable y aterrador al mismo tiempo.

- Pero Holmes, ¿qué es eso? ¿de dónde lo sacó?

Mi amigo gesticuló brevemente en algo que interpreté como orgullo al provocarme tal asombro y se apresuró en tapar la caja de vidrio con otra lámina, para sellarla.

- Es un regalo de un cliente al que ayudé hace unos años. Se trata de una Physalia Physalis, más conocida en los mares tropicales como fragata portuguesa. Desde luego no es propia de nuestras costas.

- ¿Se trata de una especie exótica de medusa? – pregunté aún fascinado por la sinfonía de colores que el animal exhibía.

- No, Watson, en absoluto. De hecho se la suele confundir con una y por ello también se la llama falsa medusa. Es una especie de hidrozoo con algunas propiedades muy particulares.

- ¿A qué se refiere? – le dije, cambiando de posición para observar mejor a aquel ser gelatinoso, que flotando pareciera provenir de otro mundo.

- Pues, recordará usted a Culverton Smith, supongo.

- Vaya si no he de recordarlo -alegué volviendo a sentir la humillación de aquella tarde- Si fue cuando usted puso en duda mis habilidades como médico.

- Mi querido Watson -clamó Holmes entre risas- ¿no me dirá que aún se siente ofendido por aquella charada? Recuerde que si no hubiera sido por mi actuación, jamás habríamos obtenido la confesión de aquel perverso investigador sobre el asesinato de su sobrino, Victor Savage.

- Sí, tiene usted razón, Holmes -admití tratando de dejar atrás mi orgullo herido- pero no entiendo qué tiene eso que ver con esta extraña creatura.

- ¿Recuerda usted que Savage fue asesinado al contagiársele deliberadamente la desconocida enfermedad de los coolíes de Sumatra. Pues bien, este animal posee una toxina muy superior a aquella. Si ese mal podía matarle en 4 días, el contacto con una fragata portuguesa puede dejar en pocos minutos a un hombre robusto en el suelo, gimoteando como un bebé por el dolor y los espasmos y, aunque es más raro, también puede matarle si se dan las condiciones.

- ¡Dios santo, Holmes! ¿Y por qué trae usted a una cosa así a su casa?

- Por curiosidad, desde luego. Si Smith fue capaz de concebir un plan tan macabro, debo estar al tanto de todos los mecanismos que puedan matar a un hombre, por más intrincados que parezcan. Además, nuestro gelatinoso amigo tiene otra particularidad que lo hace realmente notable entre la fauna conocida hasta nuestros días…

Holmes hizo deliberadamente un silencio, para escudriñar con atención a la fragata mientras deambulaba pacientemente en su acuático encierro. Su mirada estaba tan fija en los tejidos transparentes que asemejaban una pequeña masa encefálica, que se diría que ambos podían comunicarse en forma telepática.

- ¿Y bien, Holmes? – clamé impaciente por la respuesta.

- Que en realidad no se trata de un animal… sino de cuatro.

- ¿Pero qué dice, Holmes? -exclamé asombrado mientras olvidaba su peligrosidad y me acercaba para observarla con la mayor detención posible- Si es evidente que se trata de una sola creatura.

- Eso en apariencia, mi estimado doctor, y aquel razonamiento es correcto entendiendo que usted proviene del mundo de la anatomía humana, donde cada una de nuestras células cumple una labor altamente especializada. Sin embargo no todos los seres vivos funcionan de la misma manera. ¿Ha escuchado hablar alguna vez de los organismos coloniales?

- Jamás – reconocí con cierta vergüenza.

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- No se apene, Watson -respondió Holmes percibiendo mi aplomo- La ciencia sólo supo de ellos recientemente. Se trata de colonias de individuos microscópicos que se agrupan para realizar funciones diferentes en pos del bien común. En el caso de la fragata portuguesa, puede contar usted a los neumatóforos, que componen aquella hermosa vela que se yergue orgullosa sobre el agua y le permite impulsarse con el viento; luego tiene a los gastrozoides, que realizan la digestión de los alimentos; los gonozoides, que le permiten reproducirse; y finalmente los dactilozoides, a cargo de defender a los demás y capturar presas. Estos son los peligrosos, ya que forman esos largos tentáculos violáceos. Este es un espécimen juvenil, pero se han visto de hasta 50 metros.

- ¿Pero eso no es lo mismo que hacen las neuronas por nuestro pensamiento o los glóbulos rojos por nuestra oxigenación?

- No, Watson. Nuestras células son independientes y carecen de todo valor sin un sistema completo que las soporte. En los organismos coloniales en cambio, cada una de estas unidades tienen sus propios sistemas, pero colaboran para mejorar sus posibilidades de sobrevivir.

Al ver aún mi cara de confusión, Holmes fue un poco más allá.

- Piense por ejemplo en las hormigas. Toda hormiga es un ser individual, un organismo capaz de respirar, comer y transportarse; sin embargo una hormiga no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir fuera de su colonia. Las labores están tan demarcadas como obreras, nodrizas, soldados y reinas, que ninguna podría salir adelante sin las otras.

A continuación Holmes tomó un pequeño bote que tenía a su lado y, abriendo la tapa del acuario que contenía a la fragata, vertió cuidadosamente un cardumen de diminutos pececillos en su interior. Ambos observamos fascinados como el animal reaccionaba y rodeaba uno por uno a los peces con sus brazos, inmovilizándolos al instante gracias a su poderoso veneno y transportándolos para su digestión.

El proceso era tan aterrador como maravilloso.

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- Las fragatas portuguesas son animales increíbles, Watson. Están a medio camino en la escala evolutiva entre los organismos unicelulares, como las bacterias, y los pluricelulares, como usted o como yo.

Entonces una palabra del discurso de Holmes me hizo despertar de mi encantamiento.

Pirosomo

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- ¿Escala evolutiva? Holmes, no me dirá que usted también cree en aquellas teorías locas que expuso aquel naturalista el año pasado… ¿cómo es que se llama?

- Charles Darwin.

- Darwin. Aquel hombre que cree que los seres humanos descendemos de los monos.

- ¿Y por qué no, Watson? Es cierto, aún falta evidencia que demuestre su teoría, pero tal como le he dicho muchas veces al inspector Lestrade, cuando faltan piezas para completar el puzzle de un misterio, de lo que más carecemos no es de inteligencia, sino de imaginación. ¿O acaso usted sólo podría haber razonado que existía un animal tan curioso como este?

Aunque me costaba dar crédito a una teoría tan profana como la de Darwin, no podía negar que era precisamente aquel atrevimiento a pensar fuera de los marcos establecidos lo que componía el genio de mi amigo para resolver embrollos, en apariencia, imposibles. Quizá debería volver a darle un vistazo al escrito de Darwin, cuando mi esposa no se encontrara cerca.

Holmes miró durante un momento más a la fragata alimentarse, casi con el orgullo de un padre y luego reflexionó para sí.

- Quizá cuántas otras creaturas inimaginables se ocultan más allá de los límites de nuestra modernidad, Watson. En las profundidades, en las alturas, en las tierras inexploradas, en los mundos desconocidos…

Durante un momento se quedó rumiando sus sueños y luego, como llevado por un chispazo, su mente cambió rápidamente de dirección, cerrando nuevamente la tapa del acuario y cogiendo su abrigo.

- Pero bueno, creo que es suficiente de torturar a la señora Hudson con mi ausencia. Además, leí que hoy se estrena la última opera de Offenbach en el teatro de Londres y sería todo un detalle si usted pudiera acompañarme. Compraremos algo de comer por el camino.

- Mientras no sea de pescado -exclamé de forma casi instintiva, aún alterado por la forma de alimentarse de aquella creatura.

- Tiene mi palabra, Watson. No será pescado. Ni tampoco gelatinas.

Christian Leal | Facebook.com/christianleal
Periodista
Director de BioBioChile

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