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Camilo Escalona: Nuestro camino es la democracia

Contexto | ARCHIVO | Agencia UNO
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Las deliberaciones del XXX Congreso del Partido Socialista, concluido en la madrugada del recién pasado 31 de Enero, entre otros temas, dieron lugar a la reflexión acerca del sentido histórico de la acción del socialismo chileno, como actor comprometido con la razón y la justicia, y sobre la ruta a seguir en diferentes etapas, para llegar a los grados más altos de realización de ese gran propósito civilizacional.

En esas jornadas, volvió a estar en el debate la relación entre los objetivos de largo plazo con las tareas inmediatas a enfrentar en el tiempo político presente; sin ignorar las diferencias y tensiones, mi convicción es que lo que nos une es más fuerte que las divergencias, y que las convergencias prevalecerán, lógico si existe la voluntad política necesaria para que ello ocurra.

No cabe duda que el tema de la valoración de la democracia se sitúa, se quiera o no, en el centro de la reflexión del camino a seguir. Hoy no es posible que algún actor, en la amplísima diversidad del socialismo, pueda controvertir la gran síntesis de las luchas históricas del movimiento socialista a escala global y en Chile: nuestro camino es la democracia. Ahí esta la clave del futuro. A veces la discusión se desvía hacia otros temas, muy mediáticos o polémicos, pero en el rumbo histórico a seguir la definición es ineludible.

No hay atajos posibles, no hay “dictaduras positivas”, no hay “totalitarismos virtuosos” que abran la senda hacia la realización de la utopía de la plena realización del ser humano, que no sea la progresiva ampliación y profundización de la institucionalidad democrática que vaya cimentando el avance a la justicia social y crecientes espacios de libertad e igualdad.

Sólo el pueblo soberano es dueño de su futuro, el que se ejerce en democracia, no existe liderazgo providencial ni secta iluminada alguna que lo pueda reemplazar como protagonista de su historia. No existen los mesías infalibles.

En rigor, eso significa repudiar toda forma de opresión, discriminación o dominación que se ejerza desde un Estado autoritario. El camino que seguimos presupone una senda de libertad, que se realiza en el ejercicio de la diversidad cultural y el pluralismo político e ideológico.

Sin embargo, pareciera que en la ruta que conduce en esa dirección no hay la misma claridad o convencimiento, en el debate se registran grados preocupantes de intolerancia, rechazo destemplado a las opiniones diversas y una impaciente ansiedad proveniente del viejo afán de “quemar etapas” que deviene en mesianismo y abuso de una retórica radicalizada.

El socialismo chileno se reunificó en diciembre de 1989, a partir de un núcleo central de ideas, cuya premisa fundamental era la democracia como un medio decisivo y, a la vez, un fin esencial en la brega por los ideales del humanismo socialista.

Ahora, en el país, vuelven a surgir voces que cuestionan tal concepto. Hay grupos anarcos que desprecian la democracia. No es sólo una reedición de la esquemática idea de que cuando se habla de democracia representativa, simplemente se trata de “democracia burguesa”, como fue la terca crítica que impidió sacar pleno provecho, en los años setenta, al acierto teórico y conceptual del “allendismo”, de una vía chilena pluralista y libertaria, capaz de superar las limitaciones estructurales del capitalismo desde la propia transformación de la institucionalidad democrática para conseguirlo.

Somos testigos ahora de una crítica radicalizada, de un desapego hacia la estrategia de vía institucional, que se apoya en la desafección al sistema político que cruza la sociedad global, la que también se radicó en nuestro país. También hay rabia contra la corrupción y la burocratizacion del aparato público, pero es incoherente ver funcionarios mucho tiempo en labores directivas pregonando lo contrario de lo dicho largos años, y que desean ser ahora, los líderes más a la punta del discurso extra sistema.

Pero esa visión, además de esa incoherencia que genera la sospecha de simple oportunismo, tiene otra severa debilidad, conteniendo verdades evidentes respecto de las graves injusticias que crea la desigualdad, el encono generado por la desafección anti sistema carece de un horizonte programático y una estrategia que resuelva los desafíos, múltiples e integrales, que conlleva liderar el progreso social en democracia, que exige formar las mayorías necesarias para avanzar en cada etapa, sin ellas no hay avance progresista posible.

Mientras más reformas se pretendan, más crece la exigencia de una fuerza social mayoritaria. Por ello, como en democracia no es llegar y hacer, y la complejidad de la sociedad hace ardua la tarea, la crítica radicalizada se vuelve contestataria, quedando atrapada en su propio desconsuelo y muchos de sus seguidores caen en un sordo e infecundo resentimiento social que, una y otra vez, ha quedado claro que no es la ruta de la izquierda.

La desafección mezcla en una sola visión, tanto el sistema político y la gobernabilidad democrática, como el impacto social que producen el régimen económico y sus efectos. Se ha creado la tendencia de pasarle la cuenta por todo tipo de males y de materias a la democracia.

Es una mirada que simplifica, que no admite acuerdos o coincidencias, aunque sean parciales, se admiten los que están a favor y los demás deben estar en contra. Es paradojal, pero en el fenómeno de radicalizada desafección se trasluce una pretensión absurda, que todos piensen de la misma forma, como un pensamiento oficial, pero en el ámbito de izquierda, hay un ánimo de confrontar a los que están cerca, de darles algún tipo de sanción por que no son de opinión igual o incondicional, hay una crítica frontal, sectaria, similar al rechazo visceral de la derecha a las reformas.

Donde existen problemas e injusticias es porque se impulsan cambios y la izquierda está en el gobierno, esa es la simplificación de la derecha; en este otro caso, en la tesis desafecta, donde hay dificultades es porque la gobernabilidad democrática no sirve o es neoliberal.

La desafección hace gala de una gran retórica en la que se dice que se apoyan las reformas, pero esa es una verdad a medias, es una opinión con un alto grado de cinismo, pues lo que se quiere o respalda reside únicamente en aquello que gusta o se comparte, lo demás, aquellos “matices” en que se expresa la diversidad, finalmente se rechaza. La máxima política esencial, con que se derrotó el plan de perpetuación de la dictadura y se recuperó la democracia, aquella de siempre unir y jamás dividir, parece olvidada por algunos y por unos cuantos claramente despreciada.

En la reunificación del socialismo se advirtió certeramente que afianzar la estabilidad del régimen democrático es del mayor interés de los que menos tienen, de los oprimidos, de los que si se llega al terreno del uso de la fuerza, son los que más van a sufrir y padecer, porque del lado de ellos no está precisamente la capacidad del uso material de la fuerza; por eso que nuestro camino es la democracia.

El horizonte del humanismo socialista es asegurar que se haga posible la tarea civilizatoria que lo distingue, para que los débiles no se vean arrastrados a vorágines que los arrasan, para que los derechos fundamentales de las multitudes estén debidamente garantizados. Ese es el valor de este camino, del cambio social en democracia, sostenido en el criterio de la unidad social y política del pueblo, lo que lleva a contener el afán que divide y separa el entendimiento estratégico de las fuerzas democráticas de centro y de izquierda.

Estas certezas hay que repetirlas, como gustaba recordar Clodomiro Almeyda: “Las cosas por sabidas se callan y por calladas se olvidan”, el que siendo canciller del presidente Allende fue testigo que su gobierno no pudo contener el desborde de la ultraizquierda que tanta agua llevó al molino de la conjura golpista, nunca se hizo parte del subjetivismo y fue crítico del infantilismo de izquierda.

Ahora bien, sería muy desafortunado caer dos veces en la misma conducta; la necesaria tensión por las transformaciones en curso no puede ser sinónimo de precipitación o simples consignas; se trata que el radicalismo extra sistémico no haga caer la gradualidad de las reformas en la trampa de la ceguera, del rechazo visceral de todo avance parcial por la insatisfacción hacia la sociedad global.

Al entender que el camino es la democracia, la gradualidad dejará de aparecer como una bochornosa claudicación y será efectivamente una estrategia de victoria para derrotar la desigualdad.

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