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Phineas Gage o la truncada eternidad

Rodrigo Sáenz | Agencia Uno
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Francisco Aravena hace su debut literario con “La vida eterna de Phineas Gage”, novela que posee atisbos de thriller, facilísima de leer, a ratos entretenida por la cantidad de datos que entrega, pero en general tediosa donde el eje central es difuso en casi su totalidad y que toma algo de fuerza ya en la recta final, ofreciendo dificultades en la construcción coherente de una historia que pudo ser tremendamente emocionante.

Por Priscila Alarcón

La novela relata la vida de un personaje real, Phineas Gage, un trabajador norteamericano de una empresa ferroviaria, que es todo un ícono dentro de la historia médica de a mediados del siglo antes pasado. Un caso de supervivencia excepcional, porque este hombre pudo recuperarse tras un terrible accidente laboral cuando su cráneo fue atravesado con su herramienta de trabajo, una barra de hierro, perdiendo un ojo y parte de masa encefálica. Desde ahí la vida de Phineas, evidentemente, ya no fue la misma, y su personalidad tampoco. Las historias que se construyeron alrededor de él, desde los comentarios de quienes lo conocieron hasta los registros médicos de época constituyen en sí una fuente enorme para levantar un mito alrededor de su corta vida. Ese es el núcleo y desde ahí se desprenden los tentáculos de esta historia que transita desde los intentos de rigor científico hasta las supersticiones de las creencias populares atravesando el paso del tiempo y el Pacífico.

Aravena organiza su novela en tres partes y un epílogo. El puntapié inicial ocurre cuando el narrador-investigador recibe un correo electrónico de un estudiante secundario desde EE.UU. interesado en el caso de Phineas para un trabajo escolar acerca de su permanencia en Valparaíso. Frente a la imposibilidad de recabar información fidedigna de este hecho, Aravena decide relatar una realidad novelada al establecer un interesante paralelo temporal entre Gage y el doctor Manuel Antonio Carmona, el mismo médico tratante de la endemoniada de Santiago.

“Damasio básicamente hacía un resumen del caso: el curioso accidente en Cavendish en 1848, la atención del doctor Harlow, su asombrosa recuperación, sus secuelas. Luego leí el párrafo que desataría todo.
Gage partió a Sudamérica. Pudo haber trabajado en establos de caballos, y en algún momento fue conductor de diligencias en Santiago y Valparaíso. Se sabe poco más de su vida de expatriado, excepto que en 1859 su salud se estaba deteriorando” (pág. 22)

Desde ahí, hasta la página 260, la novela transita en un errático zigzagueo entre capítulos que relatan por separado la vida de Phineas, su milagrosa recuperación, su presentación en la sociedad médica junto al doctor Harlow, para ser prácticamente utilizados por el egocéntrico doctor Bigelow: “Phineas, ya lo sabía él, no era un hombre sencillo de acompañar, mucho menos tomar responsabilidad por él, y los distinguidos médicos de Harvard lo habían decepcionado, hasta ese momento, con una recepción menos que fría, cargada de un paternalismo algo elitista, mirando a su paciente, a su caso, al hombre cuya vida él mismo había rescatado, como una mera curiosidad circense” (pág. 121); y la vida del doctor chileno Manuel Antonio Carmona, su periplo como cirujano en el Ejército Restaurador del Perú, su interés por la frenología, su amistad y camaradería con Sazie, su intervención en el caso de Carmen Marín, la endemoniada de Santiago, como una forma de imponer la verdad científica contra el oscurantismo religioso y superstición popular. Es mas, si establecemos un sencilla comparación, la construcción de los personajes es desigual, Aravena, desatiende la oportunidad de describir a un Phineas Gage extraordinario, centrando su esfuerzo en diseñar a un despampanante Carmona, lleno de vitalidad y lucidez. Como mencionaba, recién en la página 260 coinciden las vidas de los dos protagonistas cuando Phineas llega a Valparaíso contratado como cochero de una diligencia por el talento extraordinario que tenía para cuidar y manejar a los caballos. En rigor, los encuentros entre ellos se reducen a no más de tres, donde Carmona en su afán investigador, intenta infructuosamente, establecer un vínculo con Gage para ganar su confianza y poder observarlo con mayor acuciosidad, hecho que por cierto no ocurre porque la personalidad de Phineas es impredecible, a ratos retraída, a ratos violenta. Las 130 páginas restantes de las 380, y me atrevo a decir restantes, aluden a correspondencia, relatos de descubrimientos científicos (como el éter, que es sencillamente maravilloso, una perla dentro del libro), descripciones de episodios paralelos de la vida de ambos y episodios del presente con personas interesadas en el caso, que el autor sencillamente no sorteó con buen puerto, disminuyendo sustantivamente la posibilidad de congruencia, cambiando el tiempo abruptamente entre capítulos lo que jugó en contra al quitarle profundidad, riqueza y belleza textual.

En síntesis, La vida eterna de Phineas Gage, no logra salir a flote. Es una novela fallida, que relega su planteamiento primigenio a una dimensión tan desconocida como la propia mente de su protagonista: la posibilidad auténtica de obsequiar trascendencia y majestuosidad a una historia formidable y un personaje inigualable.

La vida eterna de Phineas Gage
Francisco Aravena
Ediciones B
Santiago de Chile, 2015
390 páginas
ISBN 9789563041958
Novela
Valoración: solo para los amantes de la novela histórica y best seller

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