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Los pequeños secretos de vestuario de la Dama de Hierro

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Nicolas Asfuri | AFP

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La “Dama de Hierro” adoraba el terciopelo, los botones y zapatos de tacón, y cuidaba su imagen de mujer poderosa, explicaron los colaboradores de Margaret Thatcher con ocasión de la subasta de sus efectos personales.

Su secretario privado, Charles Powell, comentó, en el catálogo de la casa Christie’s, que la primera ministra británica “sabía que sus decisiones en el vestuario iban a ser minuciosamente escrutadas y construirían su imagen”.

Ropa, joyas, bolsos y un total de 350 efectos personales de Thatcher (1925-2013) serán subastados en Londres el 15 diciembre. Una gran parte de ellos, doscientos, saldrán a la venta en internet a partir del 3 de diciembre y hasta el 16.

Georges Bendrihem | Adam Butler | AFP

Georges Bendrihem | Adam Butler | AFP

Su imagen, “tenía que reforzar el sentimiento de que era una mujer poderosa en un mundo de hombres”, añadió Powell, que la acompañó entre 1983 y 1990.

Su coquetería llegó a inquietar a los servicios secretos rusos el día en que llegó a Moscú y su guardaespaldas tenía unos bultos en los bolsillos de su chaqueta que les hizo pensar en armas de gran calibre: eran los zapatos de tacón de la primera ministra, y se los puso en cuanto entró en el Kremlin, tras despojarse de las botas de piel.

“Detestaba los pantalones”, explicó Cynthia Crawford, una asistente personal. “La única vez que se puso unos fue para bajar a una mina”.

Maggie, cuya madre era costurera y su padre tendero, tenía debilidad por los botones y Crawford se los compraba constantemente, en Londres, Nueva York, Nueva Orleans… “Los quitábamos de un vestido para coserlos en otro. No los tirábamos, porque eran muy caros”, precisó la asistenta.

Cuando iba de viaje, trataba de que el color de sus vestidos tuviera un mensaje: en Polonia, un verde que representaba la esperanza, en Israel, vestidos azul celeste y blanco, como la bandera.

Su fiel asistenta anotaba en su diario sus indumentarias para que la primera ministra no apareciera dos veces seguidas con la misma ropa, sobre todo en las sesiones del Parlamento televisadas.

En cuanto a sus emblemáticos bolsos, “tenían que ser lo suficientemente grandes para contener una polvera, un pintalabios, un peine y un pequeño cuaderno con una estilográfica o una hoja tamaño A4 plegada”.

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