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Crítica de Teatro: “El cerco de Leningrado”

Gran Circo Teatro
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Una antigua expresión latina afirma que nadie habla mejor como cuando el corazón lo siente. Sin lugar a dudas, la afirmación puede aplicarse a los personajes de “El cerco de Leningrado” (1994), del dramaturgo español José Sanchis Sinisterra (“¡Ay, Carmela!”, “El lector por horas”).

También a las actrices Rosa Ramírez y María Elena Ovalle, y a la directora Ingrid Leyton, las mujeres que se juegan la vida para instalar sobre el escenario un instante de resistencia cultural y humana.

La historia ocurre al interior de una sala de teatro que ya no tiene cartelera, habitada por dos mujeres maduras que no quieren soltar sus conexiones vitales con el inmueble en el que ejercieron su trabajo creativo, pese a que va a ser demolido.

Tienen una obsesión: encontrar el texto de “El cerco de Leningrado”, obra que no pudieron estrenar debido a la extraña muerte del director, esposo de una y amante de la otra.

No quieren moverse de allí. Asumen el recinto como la última trinchera desde donde quieren defender la dignidad como seres humanos y artistas, denunciar la sociedad de consumo, la cultura de lo desechable y la corrupción de las instituciones.

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Un material que las actrices traspasan dialogando con fluidez un texto que combina formas simples y más elaboradas del hablar cotidiano.

Todas las edades

Priscila (la esposa) y Natalia (la amante), aunque tienen encuentros y desencuentros, y más de una vez caen en algunas trampas consumistas que ellas misma denuncian, nunca llegan a las intrigas personales ni se ahogan en la marea emotiva.

Exhiben sus temores y frustraciones, es cierto, pero en ellas prevalece el entusiasmo y la alegría, recostadas en la necesidad absoluta de apoyarse para lograr sus ideales.

Con la dirección de Ingrid Leyton, las protagonistas se muestran a través de conductas cotidianas que traspasan todas las edades. Algo pueriles y absurdas en ciertos momentos, adolescentes nostálgicas o reflexivas, en otros. También son soñadoras, enérgicas, convencidas y convincentes, rozando lo absoluto, sobre todo, porque no renuncian a querer ser felices.

El muro y las ventanas de un sector de la casona del Gran Circo Teatro, cubiertos por la carpa teatral, forman parte de la ambientación escenográfica del montaje, algo que otorga profundidad y ayuda a crear un espacio escénico que sugiere algo de tesoro escondido entre sus paredes.

Aunque el montaje exhibe suficiente energía física, la obra y la directora subrayan el mundo interior de las protagonistas, lo que piensan y sienten respecto de la realidad que les toca vivir. Es el factor más valioso del montaje, ya que la credibilidad escénica traspasa a actriz y personaje, razón y sentimientos, ficción y realidad… como si se hablara de Chile y los chilenos.

Leopoldo Pulgar Ibarra
Periodista

Centro Cultural Gran Circo Teatro. República 301. Teléfono celular: 95 04 60 81. Horario: Sábado y domingo a las 20:30 horas. Entrada general $ 5.000; estudiantes $ 3.500. Reservas grancircoteatro@hotmail.com. Hasta el 6 de Diciembre.

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