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“Diamantes de sangre”: Las esmeraldas de Colombia limpian su reputación

LUIS ACOSTA / AFP
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Las esmeraldas de Colombia son consideradas las más bellas del mundo pero, como los “diamantes de sangre” de África, su imagen se ha desteñido por décadas de violencia en su explotación, una reputación turbia que algunos quieren cambiar.

“La imagen de la esmeralda está ligada a la de Colombia, tradicionalmente identificada con la guerra, la droga, los tráficos”, enumera Corentin Quideau, experto en joyería.

Después de haber trabajado para Cartier, Boucheron, Vuitton y otras marcas de lujo, este francés tomó en mayo las riendas de la estrategia de marca de la compañía minera Muzo.

Y pretende, según dijo a la AFP, “darle de nuevo sus cartas de nobleza” a esta joya de un sector socavado por violentas luchas de poder entre esmeralderos.

En pleno corazón de Colombia, 200 km al norte de Bogotá, la mina del municipio de Muzo fue explotada inicialmente por indígenas y luego por los conquistadores españoles a partir del siglo XVI. De allí se extrajeron piedras míticas como la “Fura”, una esmeralda bruta de 11.000 quilates y cinco libras, expuesta al público en 2011.

A lo largo de los años, la producción de Colombia ha representado entre 50% y 90% del total mundial. En 2014, fue de 1.966.550,44 quilates, por los cuales el país obtuvo 146,5 millones de dólares en exportaciones, según estadísticas oficiales.

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“El color y la pureza de estas piedras las hace únicas”, señala el experto norteamericano Ronald Ringsrud, quien habla de las esmeraldas colombianas como si fueran flores raras.

“Crecen en un suelo sedimentario, un ambiente geológico más suave”, lo que permite al cristal expandirse mejor que en un suelo granítico como el de Brasil, dice.

Estas maravillas han suscitado rivalidades e incluso una “guerra verde”, que provocó 3.500 muertos en la década de 1980, por el control del departamento de Boyacá, al que pertenece Muzo.

En esa confrontación, el controvertido Víctor Carranza, “zar de las esmeraldas”, impuso su monopolio. Este hombre fue acusado de haber patrocinado paramilitares de ultraderecha que, en alianza con narcotraficantes, cometieron decenas de masacres de civiles, con el combate a guerrillas de izquierda como excusa.

Tras su muerte por cáncer en 2013, se revivieron los fantasmas de la “guerra verde”, con nuevos asesinatos de esmeralderos en la zona.

Devolver el esplendor

Antes de morir, Carranza se asoció con la única persona en quien confiaba: Charles Burgess.

Este exdiplomático estadounidense, casado con una colombiana de Boyacá, se afianzó en Muzo para poner a la “esmeralda colombiana al mismo nivel del café: un producto del que todos los colombianos estén orgullosos”, eslogan que repitió la semana pasada en el Primer Simposio Internacional de Esmeraldas en Bogotá.

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Más de 400 profesionales intercambiaron allí las maneras de devolver su esplendor al tesoro verde de Colombia.

Gabriel Angarita, presidente de la Asociación de Exportadores de Esmeraldas (Acodes), anunció el lanzamiento de una marca genérica “Mothergem” (la madre de las piedras). “Queremos ser auténticos y exaltar a las esmeraldas colombianas como un regalo único de la naturaleza”, dijo en un comunicado.

Otro proyecto: un Comité Internacional de la Esmeralda, como el del Café, para “promover el desarrollo sostenible, el aporte a las políticas públicas que fomenten el crecimiento de la industria y la creación de estrategias” de crecimiento, según la Federación Nacional de Esmeraldas de Colombia.

Para Quideau, la piedra angular del cambio reposa en la “trazabilidad” con la venta directa a los joyeros, en vez de pasar por los mayoristas.

Con la transparencia como fin, Charles Burgess invirtió más de 100 millones de dólares y suspendió la producción durante dos años para modernizar la extracción y la gestión del personal.

“La esmeralda de Muzo es estructuralmente muy compleja, casi perfecta. Pero cuando se usaba dinamita, a las piedras les provocaba fisiones”, recuerda Dante Valencia, maestro tallador que luce el uniforme blanco de la compañía, en un sofisticado taller de Bogotá.

“¡Antes era el Far West!” agrega Corentin Quideau. Segun él, 750 mineros “pasaron de un sistema arcaico con una remuneración basada en el robo consensual de esmeraldas (…) a contratos de trabajo, salarios”.

Sin embargo, esta vía llena de buenas intenciones no está exenta de “dificultades debido a fuerzas tradicionales”, dice púdicamente, que no quieren por ningún motivo permitir la formalización de la industria.

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