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El Lenguaje del Sexo: El día que conocí la casa de la tía Olga

Max P. | Flickr (CC)
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Una de las ventajas que tiene ser hijo de un comerciante, es que puedes conocer muchos lugares y situaciones acompañándolo durante sus viajes. Pero sin lugar a dudas, la travesía que quedará por siempre más latente en mi memoria fue aquel viaje a Concepción.

Mi viejo ya había visitado uno a uno a todos sus concesionarios. Durante aquellas transacciones yo me quedaba escuchando música en la camioneta o bien le ayudaba a cargar o descargar cajas, según fuera preciso. Terminamos bien entrada la noche y se suponía que nos iríamos a comer y dormir a un hotel antes de regresar temprano a Valdivia al día siguiente.

Él, sin embargo, tenía otros planes.

- Muchacho, hoy te portaste como todo un hombre -me dijo palmeándome la espalda- y creo que mereces un premio como tal.

No entendí a qué se refería hasta que comenzamos a recorrer barrios oscuros, llenos de mujeres desgarbadas paradas en las veredas, cuál más repelente que la otra.

- Esas son prostitutas callejeras -me indicó con desprecio mientras hacía los cambios para virar en una esquina- pero habría que estar muy desesperado para meterse con ellas.

Más adelante el panorama mejoró: las chicas se veían más contorneadas y abundantes. Me guiñaban el ojo al verme por la ventana. Se lo hice notar a mi padre.

- No seas tonto. Esos son travestis. Tengo algo mucho mejor en mente…

Y repentinamente lo comprendí todo. Puede que fuera sólo un chico valdiviano de 21 años, pero aquel inmenso portón rojo tenía fama nacional. Materia de mitos escolares y leyendas universitarias, estaba frente a la mismísima casa de la tía Olga.

Como la Catedral guardada por Cuasimodo, un sujeto corpulento y deforme abrió las puertas de la fortaleza para dejarnos estacionar. Se notaba que conocía a mi padre pues lo saludó por su nombre. Él le alcanzó algunas monedas.

Diario La Cuarta

Diario La Cuarta

Para ser francos, el interior del recinto se veía mucho menos glamoroso de lo que contaban las historias. A un lado del patio de estacionamientos, una gran construcción de madera prácticamente sin ventanas. Al opuesto, cruzando el patio, una serie de habitaciones pequeñas, también de madera.

- Mira -me dijo al apagar el vehículo, como advertencia antes de bajarnos- No creas que vengo acá para engañar a tu madre. Esto es como un… restaurante de amigos. Uno se encuentra con gente conocida, hay buena comida, buena compañía… y claro, si uno quiere puede tener algo más pero no es necesario. Vamos a pasar un rato agradable, de padre e hijo.

Yo sólo lo seguía en silencio, curioso e intimidado al mismo tiempo.

Al abrir la puerta de la nave central, fue como entrar a otro mundo. En otra época.

El local estaba lleno de hombres y mujeres que conversaban, bebían y se reían, con música chilena de fondo. Las mesas se repartían por todo el lugar, salvo el inmenso bar al extremo derecho. El aire era denso, como una nube donde recargada de perfume femenino, humo de cigarrillo y alcohol.

No hubo necesidad de buscar mesa. Apenas pusimos pie dentro, varias manos masculinas se alzaron y llamaron a mi viejo por su nombre, reclamando su presencia. Nos acercaron rápidamente sillas.

Era evidente que mi padre iba allí a menudo. A comer. Supongo.

- ¿Y este joven quién es? -le preguntó un sujeto de terno, una vez que terminó la ronda de abrazos de rigor.
- Les presento a mi hijo Carlos. Cumplió su mayoría de edad y pensé que era hora de que conociera el lugar.

Hubo una risotada general y me acercaron una cerveza. Mientras la tomaba a sorbos di otro vistazo. En una pared había un hermoso mural de la Plaza Independencia de Concepción que ya se lo habría querido un museo. Las demás paredes también estaban pintadas con motivos alusivos a la ciudad. El bar en tanto, era una extraña mezcla de botellas de todas las formas y tamaños, conteniendo quizá qué tipo de elíxires. Me paré a indagar más de cerca con el permiso de los comensales.

LUN

LUN

Entre ellos había recuerdos en muchos idiomas. Destacaba una gran y vistosa fotografía de un barco de guerra estadounidense que tenía decenas de firmas sobre el vidrio y una inscripción: “Thank you dear tía Olga! – UNITAS 48-2007”.

Cuando me devolví, mi silla y otras alrededor habían sido ocupadas por mujeres maduras con vestidos escotados. Lucían provocativas, pero no al punto de ser vulgares. Conversaban y se reían a carcajadas, mientras los tragos y los dados del cacho cruzaban la mesa.

Tímido, me aparté con mi vaso de cerveza a un rincón con cojines, flanqueando la pared. Observé que la mayoría de los hombres se veían mayores y elegantes, con apariencia de empresarios o autoridades. Incluso creo haber reconocido a un senador, pero no lo mencionaré por temor a equivocarme.

Al menos en ese sentido mi padre tenía razón. El lugar no se venía diferente de un restaurante típico chileno, donde la gente conversaba, bebía, comía y jugaba en compañía femenina. No vi nada que pudiera considerarse… inapropiado.

- Hola, ¿me puedo sentar? -sonó entonces una voz suave a mi lado.

Era una chica joven, de pelo rubio, no sé si teñido o natural. Tenía unos ojos preciosos, perfectamente delineados. Al igual que el resto de las mujeres de la sala, llevaba un vestido blanco corto y escotado que delineaba su cuerpo a niveles… razonables.

Sin duda era muy atractiva.

- Claro – le dije balbuceando.
- Mi nombre es Lucía. ¿Cómo te llamas?
- Carlos -respondí aún embobado por la situación.

Turkairo | Flickr (CC)

Turkairo | Flickr (CC)

Durante unos instantes sólo me dediqué a observarla, tratando de no ser lascivo. La chica tenía rasgos muy cuidados, acentuados por el maquillaje. Sus labios también eran finos y el brillo la hacía ver aún más joven de la edad que tuviera. De haberla llevado a casa podría habersela presentado a mi madre como mi polola sin ningún reparo.

- Tú… ¿trabajas aquí? -pregunté desesperadamente buscando algún tema de conversación.
- Jaja… claro que sí -me dijo con una sutil risa que dejó entrever lo estúpida de mi pregunta.

Me contó que era de Santiago. Tenía la misma edad que yo, pero ya había recorrido varios prostíbulos en distintos lugares del país. Sin embargo para ella haber llegado a la casa de la tía Olga era un hito profesional. Una especie de consagración. Ahora estaba feliz porque un empresario argentino -en tiempos en que los trasandinos aún tenían paridad con el dólar- le había ofrecido llevársela para trabajar allá. Era todo un prodigio.

- ¿Me invitas algo de tomar? -soltó de repente.

Estuve a punto de decirle que ni siquiera tenía dinero, pero mi padre, que había seguido todas mis escaramuzas, captó y le ordenó un trago. “Yo pago todo”, gritó guiñando un ojo.

- ¿Así que eres hijo de don Luis? -me dijo mientras recibía su vaso.
- Sí… venimos de Valdivia -observé provincianamente.
- Lo sé. Es un hombre muy amable. Todo un caballero.

Como no supe bien qué cara poner ante aquel comentario, Lucía se apresuró en aclarar.

- No te preocupes. Nunca he estado con él.

Le pregunté cómo había llegado a ejercer de prostituta. Me dijo que en Santiago vivía con su madre y sus hermanos, pero que ella y su padrastro la tenían harta. Además, el sujeto -un ebrio asqueroso- siempre trataba de propasarse. Un día echó sus cosas en un bolso, partió al terminal de buses y eligió un destino al azar: Calama. Buscando donde dormir, le ofrecieron trabajo en un club nocturno. No les importó que fuera menor de edad pues ya estaba bien desarrollada y los propios carabineros iban al lugar, no precisamente a fiscalizar. Le pagaban por desnudarse y bailar. Pronto le tomó el gusto al asunto.

- Una cosa llevó a la otra -me dijo sorbiendo lentamente su Daikiri- Un día un tipo me ofreció dinero por acostarme con él. Mucho dinero. Yo había perdido la virginidad hace tiempo así que no me importó. Aquel día hice el doble de plata. Ahí estaba el negocio.

Prefería trabajar en prostíbulos porque tenía protección. Sabía de otras chicas que por tratar de ganar más dinero como independientes habían terminado en el hospital o en el cementerio. Además aquí el ambiente era bueno. “La Tía es un amor. Es como una madre. Los hombres son respetuosos. Si no me gusta uno, le digo que no y punto. No insisten y se van con las más viejas. Esas sí que me odian porque les he quitado a los mejores clientes”, me confidenció con aquellos ojos maliciosos de mujer que se siente dueña del mundo.

- ¿Y no extrañas a tu madre? ¿La has visto desde que te fuiste? -le pregunté.
- Nah -me dijo haciendo una mueca de desprecio- Y no me interesa si no la vuelvo a ver.
- ¿Y a tus hermanos?

Entonces supe que había tocado algo sensible dentro de ella porque se quedó callada. Sus ojos se perdieron en el tablado del piso y uno de sus labios tembló ligeramente. Como inmersa en una ensoñación, su voz cambió a un tono trémulo y dijo:

- A veces, en las noches, marco el teléfono por si responde uno de ellos. Me quedo escuchando en silencio hasta que me corta y…

Lucía supo que estaba transgrediendo sus propias normas. Exhaló como si vaciara aquella melancolía en el aire. “¿Te parece si cambiamos de tema?”, dijo cortante.

- Claro -acoté, algo arrepentido de haber hecho la pregunta.

Conversamos animadamente varios minutos más. Le conté sobre mi recién iniciada vida universitaria. Lucía sabía manejarse muy bien en la charla pues siempre sabía cómo continuarla. Cuando algo le hacía gracia, sonreía hermosamente y se alisaba el pelo. Era encantadora.

Creo que ella presintió el efecto de su hechizo, pues como una cobra, de pronto me miró con sus grandes ojos y supo que era hora de atacar.

- ¿Y bien? ¿Quieres que nos vayamos a acostar?

La pregunta me recorrió como un choque eléctrico. A una edad en que mis tan escasas como escuetas aventuras sexuales sólo habían ocurrido tras largos esfuerzos amorosos -como, cuando y con quien la oportunidad lo dispusiera- de pronto una chica hermosa y experimentada se me ofrecía en bandeja. ¿Cómo sería desnuda? ¿Qué se sentirían sus brazos a mi alrededor? ¿Sus pechos desnudos sobre mi pecho? ¿Sus piernas a mi alrededor?

Una mujer que estaría ahí sólo para mí. Por mí.

No cabe dudas que uno se puede hacer adicto a esto.

Pero me asusté. Algo en mi interior me hizo dudar y sentir que si tomaba aquel camino, nunca regresaría. Era tomar un atajo en un juego que -quizá- nunca más me permitiría volver a apreciarlo.

- ¿Sabes? -le dije intentando no ser grosero- Eres preciosa y créeme que me tientas, pero prefiero que no.

Ella sólo sonrió y bebió un poco más de su trago antes de responder dulcemente.

- Sabía que dirías eso. No eres como ellos.

No supe si aquello fue un halago o un insulto.

- Fue un gusto conocerte. Adiós, Carlos.

Y así, perdido todo interés en mí. Lucía se alejó para siempre, serpenteante, hacia otra presa más prometedora.

Avergonzado, regresé a la mesa donde estaba mi padre y me senté en un borde, junto a una prostituta más vieja, a quien uno de los hombres abrazaba por la cintura pero prácticamente sin prestarle atención.

Nadie pareció haberse dado cuenta del trance… a excepción de aquella mujer.

- Hijo, no te preocupes -se dirigió a mí, de sorpresa, con una ternura maternal- Esas cosas pasan. Aún eres muy joven.

Luego respiró una bocanada de humo de su cigarrillo y agregó para sí misma: “Ojalá siempre lo sigas siendo”.

Su nombre era Raquel, y era una de las más antiguas en el local. Me quedé atónito cuando me contó que tenía sólo 45 años, ocultos tras un rostro enjuto y ojeroso, que la hacían ver casi como una abuela.

- Este trabajo te mata, muchacho -me confesó- Esa chica cree que esta es la gran vida. Claro, los hombres te desean, te buscan, te pagan por acariciarte. Alguna vez todas nosotras también pensamos lo mismo… pero dura poco. La noche, el alcohol, el sexo. Todo te va consumiendo. Y al final, esto que ves es lo que queda.

No supe qué decirle.

- Pero… usted no se ve tan mal -fue la única torpeza que se me ocurrió.

Por suerte Raquel ya había recibido demasiados agravios en su vida como para ofenderse por algo tan pueril.

- Lindo… -se sonrió con dulzura antes de perder la mirada- Tengo un hijo como de tu edad, ¿sabes? No lo veo hace muchos años. Creo que es mejor así.

El tiempo había pasado rápidamente. Mi padre se levantó de la mesa y me preguntó:

- ¿Y? ¿Te gustó alguna de las chicas?

Yo lo miré, esta vez con más confianza y le dije: “No, gracias, Papá. Creo que yo mismo me encargaré de eso”.

- ¿No será maricón? -observó en voz no lo suficientemente baja uno de sus acompañantes, ya algo bebido.

- No seas huevón, Mataveri. Él es tanto o más hombre que su padre. Y sabe lo que quiere.

Así abandonamos el famoso portón rojo, sin probar sus mejores platos. Años, muchos años más tarde y por mera casualidad, volvería a pasar por allí, a plena luz del día. Vi que el local había cerrado. Ahora el portón lucía demacrado, con un gran cartel de “Se Vende”.

¿Qué habrá sido del trago, de la comida y los bailes nocturnos? ¿De las risas, las confesiones y los gemidos? ¿De Lucía y de Raquel? Todo se había desvanecido junto con el humo que alguna vez respiraron.

Christian F. Leal Reyes
Periodista
Director de BioBioChile

Bosc d'Anjou | Flickr (CC)

Bosc d'Anjou | Flickr (CC)

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