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Las luminarias de San Miguel: una tradición que sobrevive 4 siglos en Isla Tenglo

Christian Leal | BioBioChile
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Si durante la noche de este lunes caminaste cerca de la costanera de Puerto Montt, quizá te haya llamado la atención ver como a la distancia, en las orillas de la playa de isla Tenglo, surgían poderosas llamaradas que se elevaban hasta el cielo.

No se trataba de un incendio ni menos de un espejismo. Son los últimos remanentes de una tradición tan antigua como la colonización española en la zona. Una tan importante que, de hecho, los conquistadores estaban dispuestos a defender con sus vidas: la fiesta de San Miguel Arcángel.

Tuvimos la suerte de participar de esta curiosa ceremonia y la captamos en video, de la boca de sus propios protagonistas.

El ángel que protegía a los españoles

Luego de que los mapuche volvieran a reclamar su territorio desde el río Bío Bío hacia el sur alrededor del año 1600, las tropas españolas se replegaron, atrincherándose en la Isla Grande de Chiloé y el adyacente archipiélago de Calbuco. Con ellos llevaban la imagen del arcángel San Miguel, entregados a su fe ante la nula posibilidad de recibir ayuda.

No se trataba de cualquier santo. En la tradición católica, San Miguel es considerado el ángel más poderoso, al mando de los ejércitos alados y contrincante directo de Lucifer. Nadie mejor para representar la fuerza que requerían los soldados hispanos para sobrevivir en tan inhóspitas tierras.

San Miguel Arcángel

San Miguel Arcángel

Convencidos los indios de que el poder de los españoles residía precisamente en su venerado tesoro, hicieron varias incursiones para intentar despojarlos de la figura. De ahí que durante las noches, los españoles encendieran grandes piras de fuego para iluminarse y detectar cualquier ataque.

Este fue el inicio de una tradición que perdura hasta hoy en la zona, donde los habitantes de Calbuco y sus alrededores encienden las mismas hogueras que sus antepasados cada 28 de septiembre en la noche, víspera de San Miguel, en recuerdo y agradecimiento al patrono que los protegió.

Las llamas siguen vivas en Isla Tenglo

Pero mientras en Calbuco la fiesta congrega a miles de personas que honran a la figura religiosa, en la periferia esta tradición comienza lentamente a extinguirse. Un ejemplo de ello es Isla Tenglo, un territorio tan cercano pero a la vez tan lejos de Puerto Montt, separado por un delgado brazo de mar que es atravesado por frágiles navíos que transportan a sus habitantes.

Con no más de un centenar de casas y su mirador coronado por una cruz que se ve desde toda la intercomuna, Isla Tenglo parece el recordatorio de aquellas avanzadas de españoles que vivían al límite de la civilización, incluso en términos religiosos.

Allí nos encontramos con Raúl Tapia, un habitante de la isla desde hace más de 30 años, quien había pasado los últimos dos días reuniendo ramas y coligües para armar la pira más alta de la playa. Con orgullo nos invita a quedarnos para observar el espectáculo.

“Si ustedes estuvieran en Calbuco verían la playa llena de hogueras. Acá la gente ya casi no participa. Se ha ido perdiendo”, nos dice con algo de amargura.

Pero él sigue firme en su mezcla de fe y de honrar las tradiciones de sus antepasados. Comprueba que los cables con los que aseguró la pira estén bien tensos y anclados. Cuanto más tiempo se mantenga erguida ardiendo, mayor es la satisfacción.

“Además -nos asegura con cierta picardía- si ustedes piden deseos mientras la hoguera arde, estos se cumplen”.

Poco a poco se congregan algunos vecinos, la mayoría familiares. Algunos sonríen como lo harían frente a alguien que ha enloquecido, otros, le advierten que tenga cuidado pues la pira se le puede venir encima. Raúl no se preocupa y rodea el montón de ramas rociándolo generosamente con combustible para asegurarse de que arda de forma pareja.

Cuando llegan las 20:30 horas y resignado a que no vendrá nadie más que la decena de amigos que se congregaron a su alrededor, se acerca con un encendedor a la base de la pira.

Ha llegado el momento.

Las llamas comienzan a abrirse paso tímidamente y de pronto, como un rugido, escalan la estructura hasta apoderarse de ella. Sus lenguas danzan en forma bella y caótica, iluminando la noche.

Raúl observa con satisfacción cómo su esfuerzo de dos días se consume en pocos minutos. En sus ojos arden las mismas llamas de la pira, que mantienen viva esta tradición, mientras sonríe suavemente.

Estamos seguros de saber cuál es fue su deseo. Ojalá se cumpla.

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