Sociedad


Las verdaderas razones por las que nuestros antepasados no sonreían en las fotografías

Charles Darwin
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Actualmente las fotografías se han convertido en todo un fenómeno social, una especie de imagen que viene a patentar momentos importantes de un gran número de la población.

Sin embargo, con el auge de las selfies y los aparatos celulares, hoy sacarse una foto es algo tan normal pero para nuestros antepasados era casi una especie de ceremonia. Y frente a esta alza que se vive hoy, es que surge una pregunta un tanto misteriosa que viene a invadir las mentes de las personas, la cual apunta a ¿por qué la gente no sonríe en las fotos antiguas?

Tal interrogante surge debido a que existe una misteriosa ausencia de sonrisas en las primeras fotografías de la historia. Si en 1852, una chica posó para un daguerrotipo con la cabeza ligeramente girada entregando al lente una mirada firme y segura, pero sin ninguna sonrisa de por medio. Severidad que se repite en todas las imágenes victorianas a lo largo de ese periodo, es lo que publica el medio español de noticias El País.

En ese mismo plano Charles Darwin, que según cuenta la historia era hombre risueño y cariñoso se ve completamente congelado en la melancolía en las imágenes que se le tomaron en aquel entonces.

Algo similar es lo que se puede ver en el retrato del astrónomo John Frederick William Herschel realizado en 1867 por Julia Margaret. En aquella imagen su profunda introspección taciturna y su pelo enmarañado le daban el aire de un rey trágico que carecía de sonrisas en su rostro.

John Frederick William Herschel

John Frederick William Herschel


Razón por la que surge la gran interrogante, ¿por qué nuestros antepasados, ya sea famosos o desconocidos se ponían tristes y melancólicos frente al lente? La respuesta está a la vista, muchos congelan sus caras para poder aguantar los largos tiempos de exposición que significaba tomarse una foto, ya que debido a las técnicas usadas en ese tiempo, todo no era tan rápido como ahora.

Escenario en que se debe destacar que nuestros antepasados no necesariamente eran más pesimistas que nosotros, la tristeza al igual que ahora era solo un estado de ánimo pasajero en el que nadie vivía eternamente. De ser así, estarían justificados, por vivir en un mundo con altísimas tasas de mortalidad en comparación con el Occidente actual, con una medicina deficiente para nuestros estándares. Pese a ello, se tomaban con humor aspectos de la vida cotidiana que para hoy son un completo caos cargado de estrés y depresiones.

Si incluso el libro de Jerome K. Jerome “Tres hombres en una barca” ofrece una imagen reveladora del sentido del humor irreverente de la época. Si se puede ver que cuando el narrador bebe un trago de agua del río Támesis, sus propios amigos lo molestan diciendole que se puede infectar de cólera; broma o no, eran palabras bastante fuertes para 1889, momento en que dicha enfermedad era el mayor índice de muerte en Londres.

Si es solo leer la historia para darse cuenta que la risa y el regocijo eran costumbres muchos más cotidianas que hoy en día: desde los carnavales medievales en que comunidades enteras bailaban y reían en torno a los carruajes; asimismo, habían instancias en que las personas se juntaban para disfrutar de los últimos chistes del momento.

Datos por los que la seriedad de la gente en las fotografías que datan del siglo XIX no puede ser prueba de una tristeza y depresión generalizada que se vea plasmada en una imagen. No podemos decir que era una sociedad que reía a cada rato, pero la risa estaba más presente que en nuestros días, por lo que, la verdadera respuesta tiene directa relación con la actitud hacia el retrato en sí.

Quienes sucumbian ante el lente (en aquella época), desde las familias de clase alta que dejaban constancia de su estatus hasta los famosos captados por los expertos en el área, concebían aquella sesión como un momento especial. Y debido a su nivel de importancia, tomarse una foto no era algo de todos los días, por eso querían salir perfectos en esta experiencia única.

Se decía que posar para la cámara era la oportunidad de sus vidas, ya que la otra opción era el óleo cuyo valor era más alto y por lo tanto mucho más exclusivo. Pese a ello, las personas se lo tomaban con la misma seriedad, y a diferencia de hoy en día, no era algo instantáneo, sino que se concebía como un registro atemporal de la vida de alguien.

Algo similar en los óleos de aquella época, los cuales están carentes de sonrisas, y eso se ve en las obras de Rembrandt, las cuales serían muy diferentes si todo el mundo estuviera sonriendo. La excepción más famosa a la regla se podría decir que es la Mona Lisa, óleo en que Leonardo da Vinci se esforzó durante años para que esa sonrisa funcione a la perfección.

Mona Lisa de Leonardo da Vinci

Mona Lisa de Leonardo da Vinci

En el siglo XVIII, los artistas pintaban a personas risueñas —el escultor Houdon incluso dio a la estatua de mármol de Voltaire una sonrisa — para captar la nueva actitud, sociable y alegre, de la Ilustración. No obstante, por lo general es la melancolía y la introspección las que dominaban el retrato al óleo, y esa sensación de la seriedad de la vida pasó de la pintura a los albores de la fotografía.

Por lo que, nos podríamos preguntar, ¿por qué las fotografías del pasado son mucho más conmovedoras que las actuales?

Hoy en día nos sacamos tantas fotos sonriendo que la idea de que alguien pueda encontrar auténtica profundidad y poesía en la mayor parte de ellas es absurda.

Una selfie risueño es la antítesis de un retrato solemne, una mera representación momentánea de la felicidad que no necesariamente representa nuestro estado de ánimo, es la respuesta al mundo de lo que se desea transmitir pero en el fondo puede ser una sonrisa un tanto fingida, algo que no era así en el pasado, pues ellos no necesitaban demostrarlo en una imagen.

Al contrario, cuando posaban para una fotografía pensaban en el tiempo, la muerte y la memoria que tendría esa imagen y en las repercusiones que podría generar en el resto de la población. La presencia de esas realidades solemnes en las fotografías del pasado las hace mucho más valiosas que las instantáneas con una felicidad “falsificada” que a los pocos minutos compartimos a través de las redes sociales.

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