Cultura


Marcelo Leonard y Pascua: el “pulento” que crea generoso y destruye sin compasión

Marcelo Leonart, foto Maglio Pérez, Tajamar Editores (c)
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La novela Pascua, de Leonart (Lacra, Tajamar 2013), no deja “títere con cabeza”. Desde Karadima y James Hamilton a Cristian Precht, de Álvaro Corbalán Castilla a Raquel Argandoña. Y lo hace en su estilo deslenguado, mordaz, ácido… siempre al borde, llevando al vértigo.

Leonart combina, mezcla y confunde historias y personajes hasta no saber qué es realidad novelada, qué es “legitima” creación del escritor y qué es “blasfemia”, desprestigio o calumnia. Porque la imaginación de Leonart –un verdadero dios creador de una religión primitiva, vengativa y sangrienta- es pródiga y fecunda en crear imágenes cargadas de humanidad y de rabia, rabia expresada como dentelladas que, a veces, asustan.

Un viejo maestro “chasquilla” -que hace de Viejo Pascuero los fines de año- pedófilo y su inquietante prostituta menor de edad; Karadima y Hamilton (Ojitos azules); Cristián Precht (Convertido en una “Vieja”), la Vicaría de la Solidaridad y la venida de Juan Pablo II a Chile en plena Dictadura; Álvaro Corbalán Castilla y la DINA; Yiye Ávila y la Yamilet; una trabajadora de “café con piernas”; Eduardo Jara, estudiante de periodismo de la UC asesinado en 1980; Raquel Argandoña, la Quintrala y Zamudio… son parte de las historias y personajes que sirven a Leonard para transformarse en un dios, en un “pulento” que crea y destruye personajes e historias en un afán angustioso por rememorar, capturar, asir y despedirse –definitivamente, para siempre- de su amigo “Gustavo”.

Pascua, en este aparente caos, tiene temas que la atraviesan: la sexualidad desenfrenada y prohibida, la homosexualidad, la religión, la fe, el catolicismo. Los prejuicios.

Algunas citas:

“Y yo lloro ahora, en esta pieza de vieja con mi cuerpo de vieja, cuando hago estos recuerdos de épocas tan bellas y horribles.” (Precht, pp 208)

“Porque esta mujer –que ahora el 2012 es una vieja de mierda que sigue matando por aparecer en la tele- en esta imagen que se aparece en la Alameda es joven y maléfica. Y es ni más ni menos que Raquel Argandoña, el rostro más famoso de la farándula chilena durante la dictadura de Pinochet.” (pp 422)

Un relato largo –quizás demasiado largo-, sofocante a ratos, angustioso, molesto, que busca, que insiste, que repite, reitera a veces hasta el cansancio imágenes y frases como letanías o conjuros, como pesadillas sin fin, como maldiciones de un país atrasado, clasista, estigmatizador, cínico y tantos calificativos negativos más…

Pascua, sin embargo, humaniza cuestionándonos, mostrando(nos) nuestros prejuicios, llevando las situaciones hasta el malestar. El malestar que surge de la reiteración de situaciones complejas y desagradables de los “otros” pero también de los “nuestros”, porque nadie queda bien parado.

Pascua se hace larga, pero surge la necesidad de terminarlo. Y cuando se termina, dan ganas que siga. Que nos salve, que de una salida….

Un punto negro (aunque sea mal de muchos): un escritor como Leonart y una editorial como Tajamar no debieran sacar libros con tantos errores de edición…. (por ejemplo, “…es El Evangelista dispuesto a a hacer su tarea.” pp 121).

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