Cultura


Memorable debut en Chile del tenor Javier Camarena

Javier Camarena en Frutillar, foto de Juan Millán (c)
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La velada del sábado 4 en el Teatro del Lago de Frutillar no será olvidada por los asistentes al único concierto que ofreció en nuestro país uno de los cantantes líricos más cotizados del último tiempo a nivel internacional. Primero por la emoción de vibrar con la infartante final de la Copa América transmitida en pantalla grande, y a continuación por todo el talento y sensibilidad desplegados por el intérprete mexicano, quien demostró en vivo por qué está convertido en una de las revelaciones operísticas de la actualidad.

Por Joel Poblete

Fue una jornada única e inolvidable la del pasado sábado 4 en el Teatro del Lago de Frutillar. Y por partida doble. En un principio, porque el esperado debut en Chile, con un único recital en el escenario sureño, de uno de los tenores más solicitados y elogiados de la actualidad, el mexicano Javier Camarena, coincidía con la final de la Copa América, lo que en los días previos motivó a los organizadores no sólo a postergar el inicio del espectáculo de las 19 a las 20 horas, sino además a transmitir el partido de fútbol en directo y en pantalla grande para quienes tuvieran sus entradas al concierto, para que así los espectadores interesados se aseguraran de no perderse ninguno de los dos eventos.

Y la transmisión fue ya de por sí todo un espectáculo, lleno de pasión y ansiedad. En un principio compuestos aunque de todos modos entusiastas, los alrededor de 300 espectadores que llegaron antes del concierto para ver el partido en el Anfiteatro Lago Llanquihue fueron poco a poco dejándose llevar por la emoción, en especial a medida que se acercaba el término del segundo tiempo sin ningún gol. Y cuando se confirmó el alargue, en particular luego de que el director del Teatro del Lago, Uli Bader-Schiess, avisó oportunamente a los presentes que Javier Camarena había entendido tan particular situación y estaba dispuesto a atrasar un poco más el inicio de su concierto dependiendo de cómo evolucionaba el partido, todos dieron definitivamente rienda suelta a sus más intensos sentimientos deportivo-patrióticos. Los “Ceacheí” y los cánticos de “Vamos chilenos” se hicieron cada vez más frecuentes, espontáneos y unánimes, y fue en verdad notable ver a un público que había ido a un concierto de un cantante lírico, liberar previamente su fervor gritando, cantando y protestando como el resto de la hinchada nacional, culminando en la infartante tensión de los penales y el vitoreado triunfo final.

Luego de este primer momento memorable, vino el espectáculo que convocaba originalmente, y que se elevó a igual o mayor altura que el despliegue de “la Roja” en el Estadio Nacional. Habiendo recibido a otros cientos de espectadores que llegaron directamente al concierto, y luego de aguardar que los asistentes se repusieran de la emoción futbolística y se ubicaran en sus asientos, la función comenzó al fin a las 20:20 horas. Y la espera valió absolutamente la pena, porque si bien el teatro no se llenó, considerando la fecha tan especial eso no restó méritos a la velada, no sólo porque las alrededor de 700 personas (muchas de las cuales eran santiaguinos venidos especialmente al evento, así como gente de otras zonas del país) terminaron aplaudiendo de pie al tenor mexicano, sino además porque en compañía del pianista cubano Ángel Rodríguez, éste ofreció un espléndido recital, lleno de pasión, emoción y talento.

A sus 39 años, con una década de carrera en los escenarios y presentaciones en algunos de los principales escenarios de Estados Unidos y Europa, el cantante radicado en Suiza está en su mejor momento a nivel internacional, en particular desde que el año pasado terminara de consagrarse gracias a aclamadas actuaciones en dos de los teatros más prestigiosos del mundo lírico, el Metropolitan Opera House de Nueva York y en su debut en el Real de Madrid, en los que debió ofrecer bises que fueron ampliamente comentados en la prensa mundial. Que un cantante de su nivel logre hacerse un espacio en su abultada agenda para venir exclusivamente a dar un concierto en el sur de Chile (además de una valiosa e interesante clase magistral en Santiago para jóvenes estudiantes de canto, que ofreció el pasado miércoles en la casa central de la Universidad Católica), en la que es apenas su segunda incursión en un país sudamericano luego de previas actuaciones en Colombia, es un gran mérito para el Teatro del Lago, que se une así a otras ilustres visitas que han debutado en Chile anteriormente en su escenario, como el director de orquesta Helmuth Rilling o el cellista Yo-Yo Ma, a quienes en noviembre se añadirá el alabado violinista ruso Maxim Vengerov, quien vendrá a su gala anual.

La primera parte del programa estuvo compuesta por cuatro exigentes escenas solistas de ópera, incluyendo los dos “hits” que ayudaron a impulsar aún más la carrera del cantante el año pasado, en las ya mencionadas actuaciones en Nueva York y Madrid. Pero antes de esos dos “caballitos de batalla” vinieron un par de números que ya permitieron apreciar lo mejor del cantante. De partida, abrir un recital con un momento tan expuesto en lo vocal como “Ah! lève-toi, soleil!”, de la ópera “Romeo y Julieta” de Gounod, es un desafío para cualquier tenor, más aún si está acompañado sólo por piano; por ahora, por el tipo de voz y el estilo y repertorio que frecuenta, esa ópera completa está fuera del alcance de Camarena, pero si es sólo por esa romántica y hermosa página solista, le queda muy bien para exhibir sus más destacadas cualidades: la belleza de su timbre y su voz de buen volumen y proyección, la sensibilidad de su fraseo y muy especialmente las deslumbrantes y seguras notas agudas. Y reafirmó la buena impresión con una pieza mucho más ligada a las obras que interpreta habitualmente: “È serbato a questo acciaro”, de “Los Capuletos y los Montescos”, de Bellini, muy bien resuelta.

Es que en verdad el belcanto italiano es el elemento donde mejor puede lucirse en la ópera el intérprete mexicano, y así lo demostró a continuación con sus dos “caballitos de batalla”, ambos ya muy difundidos en videos de YouTube que han circulado entre los fanáticos de la ópera en todo el mundo: primero, “Si, ritrovarla io giuro” de “La cenicienta”, de Rossini, en la que tan pronto luce bravura como sutileza e ímpetu; y luego, “Ah! mes amis”, de “La hija del regimiento”, de Donizetti, tan temida por muchos tenores por sus 9 do agudos, pero que Camarena ofrece con soltura y entusiasmo. Nunca es bueno establecer comparaciones, pero hay que decir que previamente destacados tenores internacionales abordaron de manera excelente ambas partituras en presentaciones en Chile: entre otros, John Osborn y Juan Diego Flórez la primera, y Rockwell Blake, Alfredo Kraus y nuevamente Flórez la segunda… sin embargo, en todos esos casos contaban con el apoyo de una orquesta, mientras en este caso el mexicano tenía como compañía exclusivamente a su gran aliado y atento y dedicado cómplice en el concierto, el pianista (con quien se complementan muy acertadamente), lo que hizo aún más meritorio su desempeño y los logros interpretativos de su entrega.

Por todo ello, no fue de extrañar que las entusiastas y efusivas ovaciones del público se fueran ofreciendo una y otra vez y de manera creciente. En verdad Camarena ya los tenía de su lado desde el principio, porque con su simpatía, sencillez y carisma indiscutibles, antes de cantar una sola nota apenas llegó al escenario aprovechó de sonreír, bromear y felicitar a los espectadores por el triunfo futbolístico de Chile. Y luego del intermedio, ya en la segunda parte del programa e internándose en un repertorio más popular, estuvo aún más desenvuelto y divertido, haciendo reír de buena gana e incluso arrancar aplausos cuando tuvo la paciencia y buen humor de esperar a los rezagados que aún no se sentaban, diciéndoles “Pásele, pásele” e incluso preguntando “¿Ya estamos?” para retomar el espectáculo.

Desfilaron así dos conocidos fragmentos de zarzuela española: la jota “Te quiero, morena”, de “El trust de los tenorios” de José Serrano, y “No puede ser”, de “La tabernera del puerto” de Sorozabal, en los que Camarena se oyó muy cómodo y resolvió de buena forma las tonalidades medias y graves. En todo momento, tanto en las arias de ópera como en estas obras, el cantante no sólo brilló en la entrega vocal más fluida y directa, sino además hizo gala de gran inteligencia para resolver cualquier ocasional detalle, como el ataque de alguna nota, al alargar alguna frase o dotar de más fuerza a un pasaje. Y junto con contentar a los operáticos que querían apreciarlo en vivo, también supo llegar a un público más amplio y transversal al incluir canciones populares de autores mexicanos del siglo XX, como el encantador popurrí de Consuelo Velásquez (que unió las canciones “Enamorada”, “Amar y vivir” y “Que seas feliz), o “Bonita” de Luis Arcaraz, que fue presentando simpáticamente al público aprovechando de hacer nuevas bromas. Y la culminación vino con las tres canciones que cerraban oficialmente el concierto, compuestas por su compatriota Roberto Cantoral: si ya en las bellas “Regálame esta noche” y “La barca” consiguió conmover con la delicadeza y emoción de su canto mezclando lo lírico con lo popular, en “El triste” llegó a altas cotas de expresividad y apasionado dramatismo.

Junto con la belleza de la voz, la pasión del canto de Camarena es uno de sus atributos más llamativos, y junto con sus increíbles y generosos agudos y delicados y extendidos “pianísimos” determinaron el triunfal recibimiento del público en Frutillar, que le prodigó una sonora ovación, gritos de “bravo” y fervorosos aplausos de pie, obligando al cantante a regresar en varias ocasiones, y a ofrecer cuatro bises, incluyendo material dedicado especialmente a Chile. Porque en cuidados y lucidos arreglos del propio Ángel Rodríguez preparados para la ocasión, que las hicieron sonar muy atractivas, los espectadores pudieron disfrutar de tres emblemáticas canciones chilenas cuya fama ha traspasado nuestras fronteras y que el tenor interpretó con cariño y buenas cuotas de dulzura y lirismo: “Si vas para Chile”, de Chito Faró, el “Ay ay ay” de Osmán Pérez Freire (que ha sido cantada por voces líricas como las de Tito Schipa y Plácido Domingo) y la tradicional “Yo vendo unos ojos negros”. Como cierre definitivo, y comentando en broma que la incluyó para que no se quejaran los operáticos luego de tanto repertorio popular, cantó la celebérrima “La donna è mobile” del “Rigoletto” de Verdi; otra ópera que aún no ha cantado completa y exige una voz y un estilo que por ahora no son los suyos, pero al menos en este fragmento se acomoda muy bien a sus condiciones. Y por supuesto, a sus notas agudas.

“Estamos de fiesta” dijo Camarena en un momento del concierto aludiendo al ánimo festivo luego del triunfo futbolístico, y el comentario finalmente fue mucho más allá de la Copa América. Porque en verdad lo que se vivió el sábado en el escenario del Teatro del Lago fue una fiesta, un privilegio artístico que no se da tan a menudo como quisiéramos por estos lados y que de seguro los espectadores no olvidarán jamás: disfrutar en Chile, en vivo y en directo, de una de las figuras más solicitadas del canto internacional, en pleno dominio de su talento y condiciones vocales.

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