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Crítica de Teatro: “La tempestad”

Jorge Sánchez
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“Qué bueno, ¿eso es mejor, no?”, responde Juan Radrigán, Premio Nacional de Artes de la Representación 2011, cuando se le comenta que en su versión de “La tempestad”, de Shakespeare, se nota más su voz dramatúrgica que la del inglés.

Y tiene razón. Porque la propuesta del destacado director Rodrigo Pérez se instala en la reescritura del texto clásico, a partir de la fábula o anécdota central shakespereana.

Próspero fue despojado de su ducado por su hermano y, luego de naufragar, habita una isla junto a su hija Miranda, manteniendo como esclavo a Calibán, un autóctono.

Como domina la magia, desata una violenta tempestad que hace naufragar el barco del usurpador mientras navegaba cerca de la isla.

Sin embargo, cuando tiene a los traidores a su merced, y a punto de ejercer sus deseos de justicia e implacable venganza, perdona a sus enemigos, retorna a su trono y casa a su hija con un príncipe.

La voz de Radrigán

Interesante resulta que la voz de Radrigán no asume circunstancialmente estos temas shakespereanos. En realidad, forman parte del material que siempre ha estado presente en sus obras.

Lo que cambia son sus énfasis y sentido: las ansias y usurpación de poder, la condición humana de destierro permanente, la traición como factor que se repite en la historia, la escasez y lejanía de la justicia y, sobre todo, la imposibilidad del perdón.

Temas que aborda en esta escritura, ficción metafórica, pero enraizada en la materialidad política, social y humana, cuya referencia es nuestro país.

Algunas aproximaciones

No se adviertte con claridad por qué se optó por una mujer para interpretar al protagonista. Las cualidades dramáticas de Claudia di Girólamo no se ponen a prueba en este rol.

Por su composición corporal, semi encorvada de preferencia, lo que destaca sus músculos en tensión y huesos, la kinética empleada, más algo de vozarrón y agresividad, la actriz parece querer darle un perfil más masculino a su realidad de mujer. O dejar en suspenso ambas condiciones.

Destaca también Francisco Ossa como Calibán, que en esta versión asocia el perdón de Próspero y no hacer justicia, como una típica conducta política de conveniencia, a cambio de recuperar (o mantener) el poder. Aunque tiene giros irónicos, burlescos y populares es difícil percibir como comedia a “La tempestad”.

Densa, pausada e intensa en su desarrollo, cargada de símbolos, con un ejercicio actoral sobrio, hermoso y poético lenguaje, la propuesta adquiere una visualidad predominante.

Leopoldo Pulgar

Leopoldo Pulgar

Se muestra en un espacio escénico desolado, con la gigantografía de una pintura de fondo, cuyos detalles no se perciben; más bien penumbrosa en su iluminación (ambas, diseñadas por Catalina Devia); sobria, funcional y algo solemne en su vestuario (diseño de Pablo Núñez); monumental en su sonido y música (de Santiago Farah).

Y como “La tempestad” que reescribió Juan Radrigán no tiene esa carga moralista que tiñen algunos de sus últimos trabajos, su voz dramatúrgica permite que el relato vuele alto, proyectando la grandeza y trascendencia humana a través de un texto tan potente y poético como el original.

Leopoldo Pulgar Ibarra
Periodista

GAM. Alameda 227. Miércoles a sábado, 21:00 horas. $8.000, entrada general; $4.000 estudiantes y tercera edad. Hasta el 27 de Junio.

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