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La cachorra que tuvo que morir

Vicente Riffo | Facebook
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A propósito del caso de rabia confirmado este viernes 8 de mayo en Lorenzo Arenas, Concepción, quisiera contar los sucesos desde otra perspectiva. Desde la visión de quienes vivieron este proceso.

Era el domingo 19 del mes pasado. Era una noche fría, claro que nunca nos pudimos imaginar lo difícil que podría llegar a ser, ni las consecuencias de ella. Veíamos como todos los domingos de ese mes la serie de moda, cuando sentimos los quejidos de la cachorra ahí afuera.

Hace unas semanas ya habíamos recogido a otra perra bebé que fue abandonada en el sector donde vivimos. La atendimos, la cubrimos del frio, le dimos agua y comida y obviamente le hicimos cariño. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo ser nosotros también responsables del triste destino del animal?

Así la encontramos | Vicente Riffo

Así la encontramos | Vicente Riffo

Quedó en el antejardín de la casa de la familia R.A., quienes le brindaron atención y protección. Sin embargo se quejaba. Tenía una herida.

El veredicto del veterinario no fue para nada bueno. A la pequeña no le quedaba más esperanza que el descanso: los síntomas no evidenciaban nada claro y se barajaban posibilidades. La autopsia daría el resultado y las respuestas finales.

La pregunta a realizarse es la siguiente: ¿acaso un cachorro debería pasar por todo lo que pasó ella? Considero que no. ¿Qué opinión nos merecería que a un bebé humano le suceda lo mismo? Pienso que existen dos posibilidades de la llegada de este animal al sector: o la botaron en el humedal o bien es parte de la cadena interminable de reproducción de perros callejeros que no han sido esterilizados, lo que igualmente apunta al fondo de esta problemática: el abandono animal.

Si existiesen mejores medidas (como por ejemplo mayor control y fiscalización de la tenencia responsable) por parte del municipio, si existiese una concepción generalizada de respeto hacia el animal, si tan solo por el hecho de ser humanos no nos considerásemos superiores y con facultad de poder sobre otros –en este caso, de poder abandonar perros- quizás hoy quienes estuvimos involucrados en este caso no estaríamos vacunándonos contra la rabia ni se debería realizar un operativo para los animales del sector. No estaríamos expuestos nosotros ni los animales ante este virus.

Después me acuerdo que estamos en Chile y me olvido de todo el discurso de situaciones hipotéticas que he tratado de exponer. Me acuerdo de que probablemente este discurso llegue de momento a personas y luego se olvide.
Después me acuerdo que la única esperanza de algunos es que por las noches les dejemos comida para que puedan capear el frío.

Después me acuerdo que así como tuvo que morir la pequeña, han muerto muchos más, que probablemente ni siquiera han logrado toparse con quien se compadezca y les pueda brindar algo de ayuda.

De todas maneras aún guardo la esperanza de poder lograr aunque sea un pequeño mensaje: no boten más perros en Laguna Redonda ni en ninguna otra parte. No es justo que tan sólo algunos debamos cargar el peso de la miseria de otros en nuestros adentros.

No quiero que existan más antejardines que evidencien la miseria humana.

Vicente Riffo
Estudiante de Historia y Geografía en la Universidad de Concepción

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