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Crítica de Teatro: “La última línea”

Teatro del Puente
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No todo el mundo hace suyo el famoso cliché “juventud divino tesoro”. Tampoco lo creía el dramaturgo Ferdinand Brückner (1891-1958), seudónimo de Theodor Tagger, judío nacido en Bulgaria, fallecido en Alemania, representante del teatro austríaco, cuando propone en la obra “El mal de la juventud” una visión descarnada y dura de sus protagonistas.

Tenía sus razones. Conoció la época antes y después de la Primera Guerra europea de 1914, la crisis económica posterior y las ansias irrefrenables de la gente del periodo entre guerras de reemplazar la depresión por una vida entretenida, con todos los desbordes posibles.

Aunque más de alguien piensa que es propio de la juventud reventar los límites como única oportunidad de zafarse de las convenciones, antes de someterse en cuerpo y alma a la sociedad establecida.

Adaptación local

Esta es la referencia que tuvo el director Jaime MacManus en “La última línea”, adaptación libre del original, un montaje que instala a un grupo heterogéneo de hombres y mujeres jóvenes en el subterráneo de un departamento de Santiago.

La fauna es espesa mientras que cada uno y una arrastra una motivación, un temor, una ansiedad. Está la exitosa, la responsable, la que vive la vida, el que reniega de su profesión por un grave incidente laboral, la abusada, el idealista y apasionado, el chistoso (y reventado) que se burla y se aprovecha de todo y de todos.

Sin embargo, algo mantiene unida a esta tribu urbana de hecho, pese a que sus integrantes cohabitan un espacio claustrofóbico, cuyos códigos no siempre se respetan, y que a menudo chocan entre sí.

Teatro del Puente

Teatro del Puente

Como punto de vista de la obra se advierte un desesperado deseo de pertenencia, lo que permite superar lo heterogéneo y las dificultades.

Una opción, tal vez, como única forma de enfrentar esa realidad que está fuera del subterráneo y del departamento, que en esta producción se adivina como una invisible y poderosa existencia.

La escenografía (diseño de Anastassia Wilhelm) y la iluminación (diseño de Juan Ananía) crean un ambiente que coincide con esta sensación.

Una sala de estar estrecha y atiborrada de objetos con acceso lógico a una cocina que no se ve y a otra pieza, al costado de las butacas (un actor entra y sale por ahí).

Leopoldo Pulgar

Leopoldo Pulgar

Aunque no se ve, la conexión con el exterior es una escalera de caracol, un ducto hacia un mundo que asoma como algo más insoportable todavía que el agobio del subterráneo.

Así, más que divertirse de manera desenfrenada, más que sexo y alcohol, la obra perfila a un grupo de jóvenes por cuyas cabezas revolotea un cierto nihilismo, una fuerte sensación de soledad y, sobre todo, las pocas ganas de ponerse el uniforme que exige de manera irreversible la sociedad en que vivimos.

Leopoldo Pulgar Ibarra
Periodista

Teatro del Puente. Parque Forestal s/n. Viernes y sábado, 21:00 horas; domingo 20:00 horas. Hasta el 03 de Mayo (excepto el 01). $ 6.000 general, $ 4.000 tercera edad, $ 3.000 estudiantes.

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