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“Iolanta” y “El Castillo de Barba Azul” desde el MET: buenas voces y acertada dirección escénica

Iolanta (C)
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Las óperas en un acto cada una, “Iolanta” de Tchaikovsky y “El castillo de Barba Azul” de Bartok, que se ofrecieron el reciente sábado 14, son las producciones que llegaron hasta la pantalla del Nescafé de las Artes, en una doble función que formó parte de la Temporada 2014/2015 de transmisiones en directo vía satélite, desde el Metropolitan Opera House de Nueva York.

Ambas obras son poco conocidas para los aficionados chilenos y tampoco han sido muy difundidas en nuestro medio. En realidad, “Iolanta” es un estreno en el MET de Nueva York y una novedad en Chile y “El Castillo de Barba Azul” tiene como antecedente haber sido presentada en nuestro Teatro Municipal de Santiago, el año 2008, con la regie del argentino Marcelo Lombardero y cantantes europeos poco conocidos.

El programa permitió a un grupo no muy grande de espectadores, conocer en una misma función, a dos producciones a cargo de Mariusz Trelinski, director polaco de cine y ópera quien según “The New York Times” vuelca en ambas obras toda su experiencia en el Séptimo Arte. En general, se vieron dos puestas en escena envueltas en la estética del cine negro, con la presencia de voces de excepcional brillo y calidad y, muy especialmente las sopranos: la rusa Anna Netrebko como Iolanta, la princesa ciega que conoce el amor y luego la alemana Nadja Michael como Judith, la víctima involuntaria de Barba Azul. Dos voces excelentes aunque muy diferentes, dados los tipos de música que deben interpretar.

Del mismo modo, el tenor polaco Piotr Beczala es el enamorado de la princesa ciega, un belcantista de hermosa voz, que ofreció brillantes arias y un notable duo con la Netrebko y el recio barítono ruso Mikhail Petrenko, con un caudal impresionante de voz, un amante que sabe que la mujer que lo ama y lo visita, viene a morir, tras ir conociendo el significado de las siete puertas del castillo.

La transmisión comenzó con “Iolanta”, ópera de Piotr Ilitch Tchaikovsky (1840-1893) estrenada el año 1892 en San Petersburgo que narra la historia de una princesa ciega de nacimiento quien se crió en el aislamiento y sin saber de su condición hasta que aparece Vandémont (el tenor polaco Piotr Beczala), caballero que entra en su morada, se enamora de ella y le habla acerca de la luz y de la grandeza visual que posee el mundo.

“Iolanta” fue compuesta después de terminar La dama de pique” y estrenada casi exactamente once meses antes de su muerte aun no aclarada, por envenenamiento. Tchaikovski se preocupaba por haber perdido su inspiración creativa después de tan magno proyecto. Comenzó Iolanta con el dueto final en junio de 1891, y a pesar de sus preocupaciones, terminó la composición en septiembre y la orquestación en noviembre. La recepción del público fue bastante favorable, aunque Chaikovski quedó disgustado y sentía que se estaba repitiendo a sí mismo, especialmente cuando lo comparaba con su obra anterior, “La hechicera”.

Tchaikowsky es dramaticamente representado en “Iolanta”. Ésta fue su última ópera y en ella se advierte la depresión que lo envolvía y que muy pronto lo llevaría a una trágica muerte. La puesta en escena es relativamente sencilla y moderna y refleja las vivencias de su figura principal, que pasa de la oscuridad a la luz. Del inocente temor al goce pleno del amor.

De regreso del intermedio en el Nescafé de las Artes, la jornada continuó con “El castillo de Barba Azul”, la única ópera que escribió el célebre compositor húngaro Béla Bartók. Calificada como un thriller erótico y psicológico, esta obra que data de 1918 muestra a Judith, una mujer enamorada de Barba Azul (el excelente bajo ruso Mikhail Petrenko), quien llega hasta su castillo -un lugar con características antropomórficas que gime, suspira y tiembla- y se convierte en víctima de su amado.

Bartok 1881-1845), fue el gran compositor húngaro del siglo XX, así como Liszt (sin duda el más famoso de todos), fue el mejor del siglo XIX. Bartok, gran estudioso (junto a otro grande, Zoltan Kodaly), fue un gran investigador del folklore de su patria. Serio, conservador e introvertido, su música en la etapa que nos preocupa, tuvo una relación muy intensa con lo orquestal. Los estudiosos de su obra consideran que él creó un original lenguaje artístico, en el que tanto la tradicional musical centroeuropea como el folkllore de distintos pueblos (principalmente el húngaro rumano y eslovaco), desempeñan un papel determinante. Bartok no se sometió a ningún tipo de moda, sino que desarrolló una genial mezcla de modernidad y arcaísmo.

Se ha señalado que “El castillo de Barba Azul”, posee un texto profundamente simbólico que escribió Bela Balaz, pariente de Bartok. La forma y el idioma de una balada popular no impulsaron al músico húngaro, a crear una ópera romántica, sino que le permitieron buscar estructuras de marcado carácter sinfónico. Los motivos y la instrumentación, son tan gráficos y expresivos, que incluso a menudo, las representaciones en forma de concierto excitan la fantasía visual.

Tanto Nadja Michael, como Judith, com Mikhail Petrenko como Barba Azul, logran inspiradas interpretaciones y dan en el clavo con la idea expuesta por Bartok, en medio de un clima siniestro, que tanto atemoriza como fascina al espectador.

Finalmente, grandes aplausos también, para la Orquesta del Metropolitan ópera House, dirigida por el maestro ruso Valery Gergiev, conductor principal del Teatro Mariinsky de San Petersburgo y a todo el equipo encargado del admirable montaje y puesta en escena de la obra.

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