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Mi instituto testimonial

ARCHIVO | Hans Scott | Agencia UNO
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Para hablar del Instituto Nacional no es necesario ser exalumno. Pero la institución es intimidante y no he leído opiniones de ex alumnos de otros liceos emblemáticos o de los equivalentes privados del Nacional. Los primeros detestan la soberbia de los institutanos y por lo tanto se inhiben de opinar. Los segundos, si no lo desprecian se callan, porque hablar, sería confesar que son ellos, los privados, los que hace rato forman a los dirigentes del país. El Instituto permite desviar la atención del elitismo imperante y queda solo en su reclamo.

La discusión parece darse entre los iniciados por alguna forma de pertenencia a esta institución nobiliaria. Lo que pasa hoy con el Instituto Nacional es una pena y una vergüenza. Es triste ver a los jóvenes defendiendo ventajas elitistas. Es triste ver la satisfacción con la que ‘casi’ se compara a los mejores colegios privados.

Me tocó entrar al Instituto Nacional en el último año del edificio de adobe. Era una construcción austera y poderosa. Al año siguiente, primero de humanidades, en el edificio nuevo se nos presentó por primera vez el concepto de maximización del espacio. Pasamos toda la enseñanza de humanidades, seis años en la mitad de un colegio y sin una brizna de pasto.

A mi padre, empresario más bien laico, educado en el Colegio Alemán y en el Internado Barros Arana, ante mi negativa al internado, le pareció una buena alternativa el Nacional. Cada vez que podía me decía…’este es el fruto del Instituto ayayay que bruto, ayayay que bruto..” A él le gustaba el ingenio poético de los años 40, ingenuo y habiloso como chiste argumentado.

En mis interminables siete años, me tocó presidir el Centro de Alumnos, la Academia de Letras, y la Academia de Ciencias Sociales, además de capitanear el equipo de atletismo y codirigir con J.E. Forch el periódico El Huemul. Quiero decir que tengo experiencia abundante en lo que describo. Alguna vez hicimos una toma (año 67) en apoyo al magisterio y terminamos todos presos en la comisaría de Ñuñoa. La brutalidad policial de esa época, como todo, era de juguete. Ya tendría tiempo después para desplegarse.

Nunca funcionó un gimnasio, ni un laboratorio de ciencias, ni la biblioteca. Había una estupenda sala de música pero nunca hubo un instrumento que tocar. Salvo el voleibol que se jugaba en los patios, para los deportes al aire libre se recurría a las instalaciones del Estadio Nacional. La pobreza de recursos era contrapesada por la mística histórica de un grupo de profesores y administrativos que traspasaban con éxito su fervor a los estudiantes.

Tuve compañeros por los que guardo el afecto de las complicidades infantiles. Echo de menos su voz en estos tiempos impúdicos. Algunos eran brillantes, otros muy estudiosos, otros éramos regulares en el estudio y hasta lentos. En todos los cursos, como en todos los colegios, había jóvenes que resistieron, abierta o discretamente, a la aplanadora educativa. Esos fueron los que lograron desarrollar lo que su carácter les proponía.

Recuerdo a un pequeño grupo de profesores que se destacaban por la pasión que transmitían. Esos eran los que activaban la Academia de Letras, la de Ciencias Sociales, los equipos de atletismo, el grupo de teatro y los campeonatos de ajedrez. Ernesto Diaz, Benjamín Piña, Ariel Peralta. Don Juan Hernández Guzmán, profesor jefe y de matemáticas, comunista, formador de carácter. Seis meses inolvidables en la fórmula del cuadrado del binomio. Enseñaba dos o tres conceptos al año que todos aprendíamos y era considerado un mal profesor en su ramo. Decía esas provocaciones inconcebibles; ‘la regla de tres simple, no es una regla, nos es de tres sino de dos y no es simple sino compuesta’. Me acuerdo haber pedido la palabra en un consejo de curso y haber empezado…”yo creo que…”, de inmediato interrumpido: “siéntese, a nadie le interesa lo que usted crea; si sabe hable y dígalo, si no sabe quédese callado”.

No aprendí a quedarme callado pero fue una gran lección de humildad y responsabilidad.

El IN fue una marmita en la que las fuerzas creativas de los jóvenes eran potenciadas a veces y reprimidas la mayor parte de las veces. Lo que el sistema educacional hace es retrasar la preparación de los jóvenes para la vida social, política, cultural, laboral, empresarial, sexual y familiar. En ese juego de espejos y engañiflas victorianas el IN era el mejor.

Al menos es posible distinguir dos Institutos, el preuniversitario que prepara para la PSU y el otro, que educa y forma a los jóvenes en sus tiempos libres. Ese es el que valoro. En esos espacios robados a los saberes fósiles y a la pérdida de tiempo, se desarrollaba la capacidad de investigar y de experimentar.

Lo que ha quedado del IN no es una historia, que está por escribirse, sino una mística republicana de la educación y profesores capaces de transferir su pasión por el arte, la literatura, la historia, los deportes y la gente. Ninguna selección tiene que ver con eso.

Esto no se trata de hacer de la ‘selección’ un concepto de lo socialmente perverso. Se trata de no aceptar desviaciones adjetivas e indocumentadas, que sustituyen las conversaciones de fondo. Si alguien quiere rescatar el capital cultural del Instituto, hay que partir por construirlo, separando su rica experiencia en la educación de la estupidez satisfecha en los líderes y presidentes que agotarían su historia.

Recuerdo de haber visitado una vez los restos de la biblioteca y de la sala de ciencias naturales. Todo lo que había ahí era polvo acumulado sobre libros que no se permitía tocar y animales embalsamados y apolillados a los que nadie, nunca les devolvió la vida.

Fernando Balcells
Sociólogo, escritor y director de la Fundación Chile Ciudadano.

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