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Yo soy el asco que es Charlie Hebdo

Charlie Ebdo (c)
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Nada. Nada puede justificar el asesinato de doce personas. Nadie tiene derecho a evitar la condena. Todos tenemos la obligación de pensar en la relación entre la fe, la sátira ofensiva y el asesinato. Aún si Charlie Hebdo era un asco, yo soy ese asco.

Texto de Fernando Balcells

Aun cuando explicar no es justificar, la comparación se parece al amparo. ¿Porqué condenamos estos asesinatos y no los muertos palestinos? ¿Quién dice que no lo hacemos? ¿Quién dice que no debemos conmovernos especialmente con la muerte de nuestros vecinos? Esto se trata de compasión, no de juicio. Cada uno puede tener la opinión que quiera de Charlie Hebdo y seguir defendiendo la vida.

La condena a los asesinatos no puede ser un expediente ritual, que se dice y luego se abandona para seguir con lo importante y juzgar a las víctimas como culpables de su propio crimen.

Nada justifica estas muertes porque hemos tomado la decisión de defender la vida más allá de toda crítica. No hay en esto ninguna verdad histórica y ninguna necesidad científica que nos obligue. Es una oscura inclinación ética que debe batallar para hacerse un lugar más permanente que el del evento en nuestras vidas.

Hay una vieja discusión entre el humor y la ironía que estos asesinatos terminan de zanjar. La ironía es efectivamente ofensiva y a pesar de que me disguste, tiene pleno derecho a ejercerse, y yo la considero importante en la república a la que aspiro. Lo que sigue, es una reflexión sobre esa afirmación.

Vivimos en el asco de los asesinatos de Charlie Hebdo

Charlie Hebdo, semanario francés de denuncia, de sátira política y de humorcorrosivo, ha construido su identidad desde el irrespeto, la ironía y la estética del asco. Sus dibujos se la juegan en el impacto de lo grotesco. Para que se entienda, Charlie Hebdo puede haber inspirado a The Clinic, pero hoy representa a una cultura de la libertad y la identidad que no se deja ofender desde la caricatura por brutal que esta sea.

Jean Baudrillard, sociólogo francés escribió hace años, a propósito del atentado a las torres gemelas: “Los terroristas han tenido éxito al convertir sus propias muertes en armas absolutas en contra de un sistema cuyo ideal es excluir la muerte”. Para un sistema que valora la vida como contraria a la muerte es incomprensible una cultura que afirma, ‘nuestros hombres están tan deseosos de morir como los occidentales de vivir’.

Ante tales convicciones no hay equivalencia postulable, no hay trato ni guerra posible. El camino de Charlie Hebdo fue enfrentar a los terroristas desde su única debilidad; el ridículo.

Baudrillard insinuaba que la apuesta del terrorismo no es la de ganar una guerra real sino que el sistema ‘de dominación global’cometa suicidio, que se traicione y se sature como efectivamente ha estado sucediendo desde las invasiones a Afganistán y a Irak.

Los enfrentamientos han sido llevados por el terrorismo al terreno simbólico, al desafío de lo que nos identifica a través del aumento de las apuestas de muerte. Ganar territorios no significa nada en esta confrontación. Ellos apuestan a desafiar al sistema con el obsequio de muertes que nos lleven de vuelta al honor del duelo, al mundo del trueque, de la charia y del sacrificio ritual.

Los terroristas se sacrifican y asesinan en nombre del honor de su fe pero ellos mismos se sienten inmunes al deshonor. Quien tiene la autoridad para juzgar el honor son las instituciones islámicas. A ellos les pertenece una parte importante de la tarea de aislar a los terroristas.

Era previsible que el par de siglos positivistas que nos han precedido fueran seguidos de un período de religiosidad que aun está en desarrollo. Sin embargo, la religiosidad humillada, se ha despertado con su peor cara. La del Dios excluyente, celoso, vengativo y sediento de sacrificios.

Nuestra tarea es perseverar y, como lo intentó Charlie Hebdo a su modo, acoger a la comunidad islámica desde la raíz. Insistir en la tolerancia a la sátira y en la vida multifacética implica reescribir un mejor pasado, aun a costa de recomponer los fundamentos de nuestras creencias.Crear un mundo donde podamos coexistir y mezclarnos, y donde las diferencias que se cuidan no son la tristeza, el encierro y la venganza sino la ofrenda de la amistad y la hospitalidad local. Esta es la tarea que se nos viene, salvo que creamos que esta es una batalla en la que el islam son los malos y nosotros los buenos o que, creamos que esta es una guerra que se puede ganar a golpes.

El valor simbólico de Charlie Hebdo es que constituyendo un extremo del lenguaje en la sociedad, representa justamente su límite y su corazón. Eseextremo es el lugar desde el cual se bombea el aire de lo posible a la sociedad, un lugar en el cuál se empuja regularmente el límite al serprovocado por una estética radical y un sarcasmo agresivo. Charlie Hebdo era el símbolo de lo lejos que puede llegar unasociedadlibertaria. Perseverar es la única respuesta posible que podemos tenerante el desafío de estos asesinatos.

Nuestra deuda con Charlie radica en que todos nos debemos a la valentía de la libertad en el límite. Toda prensa, toda publicación libre, guarda una reserva de humor, de iconoclastia y de amor a la buena vida pública que es lo que nos enlaza.

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