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Sociólogo Fernando Balcells: Charlie y el asesinato del gusto

SIA KAMBOU / AFP
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Nada puede justificar el asesinato de doce personas. Nadie tiene derecho a eludir la condena limpia y tajante de estas muertes. Aún si Charlie Hebdo es un asco, yo soy ese asco, respondiendo a la estupidez de los que creen que el mal gusto se merece la muerte.

Explicar no es justificar, pero hemos asistido en estos días a comparaciones que se parecen al amparo y la disculpa de los asesinatos. ¿Por qué condenamos estos asesinatos y no los muertos palestinos? Hay un discurso que nos prohíbe conmovernos con la muerte de nuestros vecinos porque no seríamos dignos de la compasión. La compasión nos haría cómplices de la barbarie europea. Esto se trata de amor propio y de compasión, no de juicio. Cada uno puede tener la opinión que quiera de Charlie Hebdo y seguir defendiendo la vida.

La condena a los asesinatos no puede ser un expediente ritual que se dice y luego se abandona para seguir con lo importante y juzgar a las víctimas como culpables de su propio crimen. La condena no puede ser el punto de apoyo que me autoriza a hablar de mi mismo, de mis obsesiones, mis resentimientos y mi escepticismo.

Este no es el momento de enjuiciar a Charlie Hebdo. Hay mucha gente que tiene problemas con el mal gusto, de modo que no ha visto como Charlie representa a los franceses. Son censores sensibles que se escandalizan con los mismos malos olores que ofenden a las damas burguesas. Lo ‘políticamente correcto’ en estos días es justamente el desafío de la ética solidaria, de sentido común, y la transferencia de la condena de los terroristas a la culpa colectiva del occidente colonialista. Hay muchas maneras de decir “se lo merecen” y todas son infames.

Nada justifica estas muertes. Nada las hace aceptables, porque hemos tomado la decisión de defender la vida más allá de toda crítica y de todo conflicto. No hay en esto ninguna verdad histórica y ninguna necesidad científica que nos obligue. Es una oscura inclinación ética que debe batallar para hacerse un lugar más permanente que el del evento en nuestras vidas. No hay ninguna verdad absoluta que pueda guarecernos y evitarnos la responsabilidad de tomar partido.

La verdad no está en el descubrimiento extemporáneo de las atrocidades del colonialismo francés, sino en decidir lo que hacemos ahora con la violencia asesina. Y no podemos exculpar a los asesinos en la perversidad del plan de Dios ni en la prolongación infinita de las culpas de las cruzadas. El éxito del terrorismo no es la venganza puntual, es la exacerbación del odio, de la xenofobia y del racismo que los justifica y los alimenta.

La historia nos desmiente, la injusticia brutal repartida en todo el mundo y que clama por venganza tampoco nos apaña. Estamos solos, cada uno, ante la responsabilidad de decir: ‘no aceptamos más muertes’. La muerte no tiene signo y nos iguala en su verdad biológica y en lo inaceptable de su política. No hay asesinatos buenos, ni menores.

Todos tenemos la obligación de pensar en la relación entre la fe, la sátira ofensiva y el asesinato. No santifico a Charlie, ni a los yihadistas. Quisiera poder llorar por ellos y por nosotros.

Los argumentos de los que niegan su solidaridad, dicen ‘se lo buscaron’. Eso es inaceptable. Eso es un pensamiento colonizado por la violencia. Esa era la manera de pensar de la ‘mayoría silenciosa’ durante la dictadura de Pinochet.

Hay una vieja discusión entre el humor y la ironía que estos asesinatos terminan de zanjar. La ironía es efectivamente ofensiva y a pesar de que me disguste, tiene pleno derecho a ejercerse, y yo la considero importante en la república a la que aspiro. Ella no es solo agresiva, es también un argumento ético, una convicción de que es necesario cambiar la relación entre las imágenes y las cosas estremeciendo su sentido.

El gesto editorial de Charlie Hebdo, en el peor de los casos, es parecido en su estrategia argumental y en el impacto de lo grotesco, al implacable argumento del señor Gutierrez que niega la mano a las víctimas de estos asesinatos.

Fernando Balcells
Sociólogo, escritor y director de la Fundación Chile Ciudadano.

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