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De terno y corbata, evangélicos revolucionan las cárceles chilenas

Ex Penitenciaría de Santiago | Francisco Castillo/AgenciaUNO
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Mario Ibáñez cumple su condena de terno, corbata y Biblia en mano. Es uno de los reos evangélicos que están revolucionando las cárceles chilenas, donde obtienen seguridad y comodidades a cambio de disciplina y devoción.

El fenómeno comenzó en Brasil y siguió en Argentina, que incluso cuenta con una cárcel -la Unidad 25- exclusiva para evangélicos. Este es el próximo objetivo de los evangélicos chilenos, que ya han pedido a Gendarmería que les ceda un penal.

En la Ex Penitenciaría de Santiago, los portones con rejas chorrean líquidos oscuros. Un vaho de humedad reina en el ambiente y la pintura descascarada evidencia la dejadez del sitio, maltratado por los propios internos, según Gendarmería.

Pero en la denominada Calle 4 se aprecia un mundo aparte: 252 reos de pie y ordenados en filas oran y cantan con las manos alzadas en un largo corredor con celdas a cada lado. Se han levantado a las seis de la mañana, aseado y lavado su ropa por turnos; luego han trabajado en talleres en el mismo pasillo con olor a desodorante ambiental durante toda la mañana.

Las paredes están recién pintadas, los baños nuevos y el suelo es de cerámica o parqué flotante. Son todas reformas hechas por ellos mismos.

SOLUCIÓN PARA LA CONVIVENCIA

“Aquí hay principios, buenas costumbres. En los módulos que no son de ‘hermanos’, es una vida donde se baten a muerte día a día”, explica a la AFP Mario Ibáñez, un reo evangélico con 15 años de condena por robo con intimidación proveniente de la cárcel Colina, donde también existe una torre exclusiva para evangélicos.

Para los gendarmes, sobrepasados por la presión de su trabajo en un sistema que sufre un hacinamiento del 70%, los evangélicos son una solución para la convivencia interna.

Los pastores que llegan a evangelizarlos son en su mayoría ex reos como ellos, como Guillermo Cáceres: media vida perdida en la cárcel por asesinar a un joven, y hoy capellán de la Ex Penitenciaría, respetado y aclamado en el patio.

“Sé lo que es estar aquí, pasar hambre”, explica. “La población penal que nos conoció a nosotros en la vida pasada, y nos ve como estamos ahora, creen. Y se van sumando cada día más”, agrega.

En su corredor los religiosos cuentan con equipos de música de alta fidelidad, un televisor de 52 pulgadas y lavadoras. Todo es propiedad de la Iglesia Evangélica, financiado con donaciones de sus fieles.

Cuando alguno de ellos no sigue las normas, es expulsado del pabellón evangélico por el pastor y los reos.

LO QUE NO LOGRA EL ESTADO

La misma Gendarmería ha pedido el traslado de pequeños grupos de reos evangélicos a otras cárceles del sur para crear otras comunidades. “Son los más pacíficos y sirven como neutralizador de problemas en el penal”, explica el obispo de la Catedral Evangélica de Chile, Eduardo Durán.

Según Clemir Fernandes, sociólogo del Instituto de Estudios de la Religión (ISER) brasileño, “con las actividades y el lenguaje que usan (los evangélicos), parece que atendieran más la realidad del preso”.

Para el obispo Durán, en tanto, “el Estado ha fracasado en muchas de estas áreas”, mientras la iglesia evangélica ofrece recursos, atención y reinserción social.

El seguimiento a los reos sigue fuera de la cárcel, con una red de empresarios practicantes que les dan trabajo y ayudan a limpiar sus antecedentes, siempre que exista voluntad de su parte.

Ocho de cada diez reclusos evangélicos no vuelve a delinquir según datos de la iglesia, que no han sido confirmados de forma oficial por Gendarmería.

Un reciente informe del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) alaba la labor y logros de los evangélicos, pero se pregunta por el riesgo de coerción y la necesidad de que todos los presos aspiren a esas condiciones de bienestar, no únicamente por ser fieles.

En las cárceles chilenas esos fieles representan un 39% de los internos, según el INDH, en un país de tradición católica con creciente secularización, donde los evangélicos suman una décima parte de la población. En los últimos diez años, los evangélicos se han triplicado en América Latina.

¿Pero cómo logran convivir con los “gentiles”, como llaman a los no creyentes? “Es complicadísimo, pero hay estrategias. Como atenderlos cuando llueve o hace frío, abrirles las puertas de la Iglesia”, explica Hernán Romero, un reo evangélico que se puso la primera corbata de su vida en la cárcel.

“La comunidad es un refugio. No todos queríamos llegar aquí, pero cuando uno llega termina por caer vencido”, sonríe.

Vice capellán evangélico, Ricardo Arredondo, junto a reos | Felipe Fredes/AgenciaUNO

Vice capellán evangélico, Ricardo Arredondo, junto a reos | Felipe Fredes/AgenciaUNO

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