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Respuesta feminista al artículo “Salve a su hija de ser una weona de mierda”

Scott Swigart (CC)
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Las redes sociales se han convertido en un canal más que propicio para compartir reflexiones en torno a diversos temas que constituyen el eje de nuestras sociedades. Por eso, no es de extrañar que los discursos cuestionadores en materia de género y crianza gocen de considerable aceptación entre un público ansioso por “consumir la crítica”. Sí, se trata sólo de consumir la crítica cuando no se sobrepone a ese ejercicio un abordaje también cuestionador y propositivo. Por ello, hay razón en esa dolorosa aseveración que escuché alguna vez en boca de un compa: “Nos venden la cultura y también la contracultura”.

Hace días topé por la web con un post titulado “Salve a su hija de ser una weona de mierda”, artículo firmado por la bloguera Pamela Arce. En principio habría que reconocer que los cuestionamientos de base que eleva Pamela Arce son aceptados por la mayoría de sus lectores porque, de hecho, se sostienen sobre observaciones constatables: La construcción de una ‘femineidad’, la imposición de estereotipos de género, configura una imagen de mujer vulnerable y terriblemente ‘rosa’. Y si bien eso es cierto, no debemos dejar de reconocer también que la sátira de Pamela Arce eleva un moralismo heterocéntrico y con cierto tufillo misógino.

Por una parte, la autora reconoce que han sido las mujeres las principales receptoras de las críticas en torno a la crianza de los hijos. Pero por otro lado, no se atreve a poner en cuestión ese rol impuesto sino que lo asume como natural y eleva sus observaciones críticas dirigidas a otras madres criadoras. Madres criadoras de niñas. Niñas, por supuesto, que habrán de responder a lo que socialmente significa ser niñas, aunque no se vistan del rosado que incomoda tanto a Pamela. Son entonces las madres las ‘culpables’ de que las niñas sean ‘weonas de mierda’. Ni los padres ni el sistema capitalista y patriarcal pintan allí. Para Pamela todo se reduce a que ciertas mujeres ‘no están haciendo bien su trabajo’.

Pamela Arce afirma: “Por lo que he conversado con amigas y conocidas que tienen hijos e hijas, criar a uno y a otro es muy diferente. Así como las que tenemos niños podemos evitar que sean machistas, frescos, violentos, entre otros, las mamás de niñas podrían hacerle un gran favor a la humanidad y criar sin tanta maña a sus hijas.” Según esta autora, lo que cabe siempre será criar “niños” y “niñas”, un binomio diferenciado que sea capaz de continuar perpetuando la sociedad heteropatriarcal. Ella hará su parte para que su “niño” no sea tan “macho”, pero de seguro gozará al decir de acá a unos años: “Amarren a sus vacas, que mi toro anda suelto”. Y entonces las madres criadoras de las ‘weonas de mierda’ tendrán que salir al trote para seguir cuidando de sus frágiles crías.

El amor propio de las “niñas”, según Pamela Arce, deberá consolidarse -palabras más, palabras menos- con:

La prohibición de escuchar a Arjona. La autora no hace una crítica de las letras misóginas del cantautor sino que invita a las mujeres a dejar de exigir imposibles y quejarse de las mentiras de los machos. Pamela Arce nació de la cabeza de su padre.
La prohibición del llanto. Las niñas lloran para manipular y el resultado sólo será para ellas arrugas y bolsas en los ojos, un desmedro visible de su único capital: el cuerpo.

El abandono de las aspiraciones monárquicas. Porque según Pamela Arce, en este mundo las princesas de verdad, como la Leticia o la Bolocco, ‘sufren’. Sufren mucho estas mujeres de las clases poderosas porque deben leer las noticias, se ponen nerviosas, les da anorexia y son acosadas hasta cuando quieren tomar el sol. “Mejor pasar piola de plebeya”, dice Pamela y una ha de suponer que si las princesas ‘sufren’ tanto, las mujeres del vulgo seguro no tienen que leer noticias ni ser noticias, no sufren de los nervios, comen sin complejos y se lo pasan tomando el sol en las playas. ¡Sí, seguro!

Reconocer que maquillaje, fotoshop y dietas pueden hacerte ver “mejor de lo que son en la vida real”. Según la perspectiva de la ‘graciosa’ autora coleccionista de revistas de moda, estar ‘bien vestida’, maquillada y fotoshopeada es una opción que no garantiza algo de suma importancia: gustarle a los hombres. Porque según ella, ese modelo andrógino de las revistas no es atractivo para las masculinidades. A los hombres-hombres, diría Pamela Arce, deben gustarle las mujeres que parecen mujeres. Rafael Correa la aplaudiría de pie.

Si las niñas se pelan las rodillas, hay igualdad. Porque según Pamela, los niños son naturalmente sucios, bruscos, gritones y “comen lo que quieren” (¡Eso será para los niños de tu clase, Pamela!). Y que las niñas dejen de ser “cuidadosas” y abandonen un poco su valiosa “femineidad” para ensuciarse, subir a un árbol y pelarse las rodillas con un niñito, las hará “conocer cómo funciona la mente masculina” (¡). Para Pamela Arce, “el mundo es mixto”. No diverso, no, “mixto”, que quiere decir aburridamente dividido entre “hombres” y “mujeres”.
Consumir mucha basura en colores varios. Porque para Pamela, clienta re pussy de Victoria’s Secret, para las niñas está bueno comprar mucho, siempre y cuando no sea sólo en color rosado.

Asumir que el amor duele y que implica alejarse de las amigas. Es una pena además porque “no es para siempre”. Desde este punto de vista, el amor sólo puede ser romántico. Pamela pretende cuestionar el amor a través de la imagen que según ella ofrece Hello Kitty. Pero su intención se diluye en un par de preguntas sin ninguna vinculación coherente: “¿qué es eso de ser tan cabezona y no tener boca? ¿Tuvo mino alguna vez la ridícula?” Nos preguntamos: ¿Hay que ‘tener boca para “tener mino”’ o nos perdimos de algo?

Hay que vivir la sexualidad “con la mayor naturalidad”. Esto es, según la autora: “No queremos frígidas ni adictas al pene. Todo extremo hace daño.” Desde este punto de vista, hay una forma “natural” de vivir la sexualidad (¡la heterosexualidad!). Lo demás, es digno de estigmatización.
Asumir ciertos “códigos” para ser “mejores mujeres”. Esto es indispensable porque así, según Arce, “evitaríamos que de veinteañeras anduviesen mirando pololo ajeno, pelándose entre mujeres y traicionando a la mejor amiga de pura caliente y vanidosa.” Así, cada mujer sabrá que ‘su’ pololo es sólo ‘suyo’ y tendrá amigas a las cuales será totalmente leal porque no se impondrá entre ellas la calentura ni la vanidad. Sí, porque las mujeres siempre compiten por hombres y si cada una se apropia solo de uno, todo estará en sana paz. ¡Sororidad al fin!

Hasta aquí hemos querido hacer frente a los razonamientos de Pamela Arce para contribuir a un abordaje crítico de un texto que se ha hecho viral en las redes sociales gracias a su difusión a través de un medio de amplio alcance como lo es El Ciudadano. Creemos que en la medida en que nos comprometamos con una lectura de este tipo de textos podremos encender un alerta para que la lucha y propaganda feminista no se diluya en un mar de discursos liberales, burgueses y heteropatriarcales sino que profundice en su comprensión de una sociedad dividida en clases sociales que impone un sistema económico capitalista y cultural patriarcal.

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