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La gente a medias: cáncer de la sociedad

Agencia UNO
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Detrás de la desigualdad social, la discriminación, el rechazo y otras falencias que trae lo retrógrada y/o individual, se esconde tras muchas ideas “legítimas” la gente “a medias”. Factores y características de ellos son los que hacen que instituciones completas se desmoronen y que la sociedad pierda la fe en sí misma, dejando lo humano. Ellos son, en parte, así:

1. Son amigos sólo en las buenas, son socios de clubes deportivos o de sindicatos solamente cuando se gana. Cuando el amigo está atormentado, cuando el equipo pierde o los colegas no consiguen reajuste salarial, se sienten incómodos y los dejan solos.

2. Valoran más la acción conjunta, perdiendo en un mundo cada vez más conectado, el sentido más personal de dar la mano a otro. Cuando hay tragedias nacionales, cada uno aporta un grano de arena, van a colaborar en grupos, pero si se trata de ellos mismos haciendo el esfuerzo de ayudar a un borracho tirado en la calle, sus ganas se esfuman. En ese sentido, por sí mismos no hacen esfuerzos por sus valores y convicciones, no los viven: en deportes como el fútbol celebran a grupos, equipos, siendo más populares que deportes en que sólo uno lo da todo. Eso es un pequeño síntoma. Son los que dicen ser seguidores de algún Dios o profeta, pero solamente los ven como figuras espirituales a quienes agradecer mediante la oración u obras caritativas, entes a los que piden fuerzas: pero ellos no practican el ejemplo de esas figuras al darle la mano al prójimo, al aceptar y amar al que el resto llama “diferente”. No viven las palabras. Son a medias.

3. La gente a medias vela por su seguridad y tiene miedo: posponen, por ejemplo, la voluntad de ir a ver a un enfermo o cumplir compromisos porque “está lloviendo”, “hace frío”, “me dijeron que no lo hiciera”, “me incomoda que me vean en tal lugar o con tal persona”, porque piensan en su seguridad, en sí mismos, se arropan en una cama bajo las frazadas del bienestar personal, las metas propias (auto, casa, carrera) y se ocultan de la diversidad del mundo, rechazándola, acogiendo la ignorancia y los miedos de otros. Las cosas simples de la vida los atormentan, al final del día se ven el bolsillo y están pendientes de chismes. Son voluntarios y tienden la mano bajo el alero de instituciones como iglesias, beneficencias, etc., pero fuera de la institución no son capaces de salvar vidas con urgencia dejando la suya propia de lado al dar de su tiempo o dar la mano.

Nunca darán la vida por otro en el día a día, la darán sólo tras dar un juramento, no por convicción ni valor propios. Son los que se juntan con alguien más para colaborar en causas justas, pero no se juntan cuando la otra persona les incomoda de alguna forma (o los cansa; su amor y fuerzas tienen límite). Son los creadores de las consultas psicológicas: la gente a medias no quiere tener mucho rato cerca a los “diferentes”, se les hace fácil etiquetarlos como que tienen “autismo”, “Síndrome de Down”, “Asperger”, “depresión”… Son los padres y profesores cansados que hablan de “déficit atencional”. Y les resulta conveniente derivar esos “cachos” de amigos y familiares a especialistas, porque su amor no es suficiente para darles ellos mismos un abrazo sin importar lo demás. Son el sacerdote con poder que no hace nada cuando recibe denuncias de abusos, porque sus valores y convicciones son menos que las individualidades de otros. La gente a medias no es fuerte.

4. Viven el día a día, no les nace adelantarse a tener listo un abrazo de cumpleaños para un compañero de trabajo, de interesarse por esos detalles sin ayuda de tecnologías actuales. Por eso son gente que no da seguridad: cuando te los encuentras les pides verlos un día, pero no son capaces de darte un fecha para ponerse de acuerdo. Son ese café que nunca se toma, esa visita que nunca llega. Y llegan tarde, sin cuidado. Celebran internamente la cancelación de una cita, para quedarse sin hacer nada. Se dicen libres, pero no asumen su libertad. Son la ignorancia, son los que descubren grandes sociedades cuando salen al extranjero, porque están durmiendo en su propio país. Se van lejos para escapar de una sociedad injusta, no se quedan para ellos mismos hacerla justa y libre.

5. Es la gente que reclama porque no los atienden como se debería. No tienen paciencia, son los que cruzan a mitad de cuadra, los que saltan vallas en la carretera, los que presionan el acelerador, porque sencillamente se cansan. Piensan en metas que se han legitimado mucho: la casa propia, el bienestar de su círculo familiar (hijos, padres). El dinero les vale tanto que hasta darle cinco mil pesos a alguien que pide en la calle, es desmedido. La gente a medias es miserable. Y su mismo miedo no los deja dar más, porque es raro, porque el resto lo verá mal, porque ellos mismos se limitan y agotan.

6. Son los que todos saben que trabajan, pero nadie sabe qué hacen: sólo buscan dinero como primer punto. Sus pasiones para producir las dejan de lado. Sólo consumen, son pasivos: felices cuando reciben. Síntoma de esa educación que recibieron en que sólo uno tenía la razón, el resto la recibía.

7. Son los que no tienen libertad: viven lo que el resto quiere que vivan y cuando ven a alguien distinto, lo atacan y lo ven raro, porque ellos no son felices como ese raro que sí es libre.

Pero esta gente a medias son el equilibrio: las grandes personas no son gente a medias, son los que dan su vida muchas veces en silencio a los demás (con mérito, porque se entregan a desconocidos, a causas e ideas, porque ayudar a un padre o un hijo es obvio). La sociedad es un gran edificio, lleno de detalles, pero las columnas son menos: son la gente completa que la sostiene, la que da esperanza, la que hace que esta máquina de ejercicios sociales funcione para hacernos crecer.

Gonzalo A. Luengo O.

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