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Crítica de Teatro: “Paso del Norte”

Paso del Norte
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El desierto y la (des) esperanza acogen a hombres silenciosos que, pese a todo, luchan por vivir o sobrevivir. Gran trabajo del director Cristián Plana, propietario de un estilo escénico que destaca en la cartelera.

El silencio, suficientemente denso para permitir que se escuchen los susurros del universo exterior e interior del ser humano, asoma como un rasgo de la poderosa voz literaria del escritor mexicano Juan Rulfo (1917-1986).

Un silencio que, junto a otros dos jinetes apocalípticos, siempre lo acompañan como el tatuaje a la piel: la soledad e, inevitablemente, la muerte.

Y con el desierto –en su más amplio significado- que sobrecoge de sólo mirarlo como gran escenario. Ese territorio -sol y calor agobiantes- donde los simples mortales tienen que probar sus fuerzas día a día, confrontados con la belleza temible de parajes que no caben en una sola mirada.

De este material concreto y poético se nutre también “Paso del norte”, historia mínima que relata este cuento del libro “El llano en llamas” (1953), que se traspasa radicalmente a la puesta en escena de Cristián Plana.

Porque la humilde solicitud de un hijo a su padre para que cuide a su familia mientras cruza la peligrosa frontera norte con Estados Unidos en busca de un trabajo para escapar de la miseria -junto con encararlo por no darle herramientas para sobrevivir-, adquiere un carácter de testimonio de nuestro tiempo, incluso, en las grandes urbes de hoy.

La propuesta literaria de Rulfo se aviene sin dificultad con la mirada teatral de Cristián Plana. Como director ha tenido la perspicacia de elegir textos clásicos de escritura brillante que potencia historias intra humanas, de hombres y mujeres que pululan como engranajes del cuerpo social.

A eso agrega recursos escénicos que maneja con habilidad y que, a estas alturas, forman parte de un estilo: síntesis, simplicidad en las formas y, sobre todo, un lenguaje escénico global que rescata la arista particular que pertenece a la cultura o sistema de ideas en que se mueven sus personajes.

“Werther (2003, de Goethe. Alemania), “Comida alemana” (2010, de Thomas Bernhard, Austria; adaptación, Amalia Kassai), “La señorita Julia” (2011, de August Strindberg, Suecia); “Castigo” (2013, basado en relato de “El hijo de la sierva”, de Strindberg); “Velorio chileno” (2012, basado en relato de “Nosotros, los de entonces”, de Sergio Vodanovic, Chile) son algunos de sus montajes.

Voces en el desierto

Como todo trabajo con aristas experimentales, “Paso del norte” recoge un concepto tradicional respecto de que la acción dramática pasa principalmente por el movimiento interno de los personajes.

En este montaje, la interioridad de ellos se manifiesta, cambia o confluye casi sin moverse físicamente. Mientras el hijo (el actor Moisés Angulo) lanza su discurso desolado de frente al público, con el cuerpo enhiesto, su padre (el actor Rodrigo Pérez) y un muchacho que lo acompaña en el canto (Felipe Vásquez) permanecerán sentados en el suelo, como durmiendo. Se apoyan e un muro escenográfico (diseño de Angela Venegas) que remite al frontis asoleado de una casa semi destruida, que más tarde asumirá una aparencia fantasmagórica.

Ambos hombres son mostrados a la usanza de la caricatura de una postal mexicana: con los grandes sombreros alones tapando sus cabezas y parte del cuerpo.

Desde esa posición el padre responde al hijo durante la primera parte de la obra. En la segunda, sin cambiar de posición, cuando el hijo ha regresado y le cuenta que él y otros campesinos emigrantes fueron asesinados, el hombre se quita el sombrero y muestra una expresión pragmática en su rostro, diciendo que vendió la casa para mantener a sus nietos y que la nuera se ha ido con otro.

Opciones escénicas

Siempre la voz –en un diálogo con largas pausas y canciones adoloridas interpretadas de principio a fin- será el instrumento para traspasar literalmente el texto y el único canal de conexión que no se ha deshumanizado del todo.

Y siempre, aproximándose a la cadencia hablada azteca, con su retintín campesino y expresiones localistas que, nuevamente, aluden a una cultura específica sin perder la universalidad.

Un recurso quizás extravagante y arriesgado, pero que resulta tremendamente efectivo, y que permite al actor Rodrigo Pérez filtrar la imagen de un hombre desconcertante, duro, incluso cruel, oportunista e individualista.

Entre ambos segmentos, Plana inventa una escena relativamente breve que rompe su propio esquema. La escenografía se abre como si fuera una cortina y el público accede a un espacio opulento-sensual-divertido, que ilustra la cultura del país del norte en contraste con la miseria del trasplantado: un show rutilante con una bailarina de cabaret (interpretada por Soledad Bórquez), en un ambiente colorido e iluminado electrónicamente, rodeado de espejos que multiplican y distorsionan la figura de la mujer.

Aporta una visión crítica respeto de las diversas formas de servidumbre a la que puede llegar un ser humano. En conjunto, son opciones que trasportan el punto de vista del director y las aristas particulares de una obra que por su atractivo escénico destaca en la cartelera.

Teatro La Memoria. Bellavista 0503. Miércoles, jueves, viernes y sábado horas. Entrada general $ 6.000; Tercer edad $ 4.000; Estudiantes $ 3.000. Hasta el 23 de Agosto.

L. Pulgar

L. Pulgar

Leopoldo Pulgar Ibarra
Periodista

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