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Bella música de la ópera francesa “Lakmé” se luce en su regreso tras un siglo de ausencia

Lakmé, Teatro Municipal de Santiago (c)
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Aunque la puesta en escena de Jean-Louis Pichon no convence por completo, el excelente reparto encabezado por la notable soprano rusa Julia Novikova y la dirección musical de Maximiano Valdés ayudan a destacar la atractiva partitura de Delibes en las funciones del elenco internacional en el Teatro Municipal de Santiago, trayendo de vuelta esta obra que no se presentaba en Chile desde 1904.

Por Joel Poblete

Junto con el estreno en Chile de “Katia Kabanova”, las funciones de “Lakmé”, la ópera francesa de Léo Delibes, son la mayor novedad de la temporada lírica 2014 del Teatro Municipal de Santiago. Considerando que la única vez que este título se había ofrecido en el país fue en 1904, su regreso tras 110 años tiene casi un carácter de estreno, por lo que había muchas expectativas con la premiere, que se realizó el sábado 05 y contó con la ilustre presencia en el público de Plácido Domingo, ya en Chile para preparar el recital gratuito que ofrecerá este lunes junto a Verónica Villarroel en el Movistar Arena.

Aunque hay títulos como “Carmen” y “Fausto” que son ineludibles en el repertorio de los teatros de todo el mundo, hay muchas obras de la ópera francesa que no han resistido el paso del tiempo de manera tan sólida, y se representan menos a menudo e incluso han desaparecido de las programaciones fuera de Francia. Estrenada en París en 1883 -menos de diez años antes de la muerte de su autor-, “Lakmé” es la ópera más famosa que compuso Delibes, quien es más conocido universalmente por la música del ballet “Coppélia”; pese a que con el tiempo dos de sus números musicales -el “aria de las campanas” y muy especialmente “el dúo de las flores”- han alcanzado una fama que ya traspasó el mundo de la ópera y ha llegado al cine y la publicidad, y si bien todavía sigue siendo muy habitual en escenarios galos, no es tan frecuente verla en otras latitudes, lo que explica su ausencia de más de un siglo en Chile, y por lo mismo aumentaba aún más las expectativas.

Fiel exponente de las obras “orientalistas” a través de las cuales el arte europeo reflejó en el siglo XIX el interés y fascinación por lo que en esos años era considerado exótico, la historia de “Lakmé” es bastante tradicional en su romance prohibido entre una sacerdotisa y un oficial inglés en el período de la dominación británica de la India. Si esta ópera aún sigue fascinando y encantando al público y a los melómanos hasta el día de hoy, no es tanto por su convencional argumento, sino especialmente por la hermosa música de Delibes, que a pesar de la ambientación exótica de la trama, es inequívocamente francesa en su mezcla de elegancia y delicadeza, pasión y romanticismo, con su exuberancia y sus irresistibles y encantadoras melodías.

En sus anteriores montajes en este escenario, el prestigioso y experimentado director de escena francés Jean-Louis Pichon ha destacado especialmente por su abordaje de los títulos galos: así lo demostró su debut en Chile con el memorable estreno en nuestro país de “Diálogos de carmelitas” de Poulenc en 2005, y posteriormente en “Los pescadores de perlas” (2009) de Bizet y el año pasado con “Romeo y Julieta”, de Gounod, mientras en obras italianas como “Rigoletto” en 2010 y “Lucrezia Borgia” en 2012 los resultados fueron mucho menos convincentes. De acuerdo a eso, al ser una pieza emblemática del repertorio francés, esta “Lakmé” debería haber sido nuevamente un acierto de Pichon, pero lamentablemente su puesta en escena, en la que predominaron el azul y el blanco, fue menos inspirada de lo esperado; la dirección teatral fue plana y muy poco imaginativa, en especial en el uso del coro y los desplazamientos de los protagonistas. En esto sin duda influyó la escenografía minimalista y simbólica de Jérôme Bourdin, un diseño único -que según se desprende del texto explicativo del director teatral en el programa de sala de la obra, representaría al aura de la sacerdotisa- que se mantuvo a lo largo de los tres actos en que se divide la obra, lo que hizo aún más monótona y reiterativa la propuesta escénica, además que limitó mucho el uso del espacio, sobre todo para el coro. Sin embargo, gracias a la lograda y atmosférica iluminación de Michel Theuil, de todos modos el diseño escenográfico logró algunas variaciones y momentos muy bellos y sugestivos en lo visual, y el vestuario del propio Bourdin es en verdad hermoso, llamativo y muy adecuado.

Ya hace mucho que las producciones de ópera no tienen que ser necesariamente figurativas para ser efectivas como espectáculo, y lo abstracto y minimalista es a menudo una opción muy estimulante y potente; pero en una ópera como “Lakmé”, que transcurre en un lugar geográfico tan evocador y reconocido como la India y en espacios tan determinados como un jardín,un mercado público y un bosque, quizás podría haberse desarrollado más la ambientación y el espacio que le dan la atmósfera y el color a la trama más allá de la música, sobre todo considerando que acá no se presentaba desde 1904. Eso sí, teniendo en cuenta que esta obra podría fácilmente prestarse para el desborde visual, lo recargado e incluso el kitsch, puede ser valioso como propuesta haber optado por un enfoque más sobrio y minimalista (como el que Pichon desarrollara en 2009 con “Los pescadores de perlas”), pero de todas formas eso le restó lucimiento dramático a la obra, que si logró destacar fue especialmente por los sólidos logros musicales.

El maestro chileno Maximiano Valdés, quien fuera director titular de la Orquesta Filarmónica de Santiago entre 2002 y 2006, ha regresado en distintas ocasiones al Municipal, pero no dirigía una ópera en el teatro desde 2005, precisamente cuando estuvo al frente de ese estreno en Chile de “Diálogos de carmelitas” que contó con el debut local de Pichon. En esta ocasión su batuta atenta y detallista fue un gran apoyo para los cantantes, y supo resaltar toda la belleza y refinado romanticismo de la partitura de Delibes (que se ofreció con algunos cortes, por ejemplo en las escenas de danza), subrayando tanto los momentos de pasión, poesía y lirismo, como aquellos que desarrollan cierto color local para representar la tradición de la India.

Desde que en 2009 ganara el primer lugar y el premio del público en el cada vez más cotizado concurso de canto de Plácido Domingo, Operalia, la trayectoria de la soprano rusa Julia Novikova ha ido en constante ascenso, llevándola a algunos de los más prestigiosos teatros líricos e incluyendo logrados hitos como su excelente interpretación de Gilda en el “Rigoletto” de Verdi en 2010, protagonizado por el legendario tenor -en su muy discutible faceta de barítono- filmado en los lugares donde transcurre la historia en Mantua y transmitido a 148 países. Afortunadamente, en su debut en Chile y además interpretando por primera vez en su carrera a la protagonista de esta ópera, Novikova no sólo cumplió con las expectativas, sino además se confirmó como una cantante de enorme talento, poseedora de una voz bella y bien timbrada que sabe manejar muy bien; actriz sensible y creíble, supo reflejar la fragilidad y misterio de Lakmé, y triunfó en todas las complejas exigencias vocales del personaje, que incluyen por supuesto la temida “aria de las campanas” con toda la pirotecnia vocal de sus agilidades, agudos y sobreagudos, además de sus otros tres delicados momentos solistas. Como era de esperar, y muy merecidamente, fue la figura más aplaudida del estreno.

Por su parte, el tenor canadiense Antonio Figueroa, quien también debutaba en el Teatro Municipal, no sólo posee un físico convincente y atractivo, ideal para un personaje romántico, sino además abordó sin dificultades un rol mucho más exigente en lo musical de lo que parece a primera vista, luciendo un estilo de canto típicamente francés y enfrentando la tesitura aguda y las por momentos arduas notas altas con convicción y seguridad; eso sí, su voz es de pequeño volumen y no siempre se proyecta lo suficiente en el teatro, aunque eso no perjudica excesivamente su logrado desempeño. Y como el severo brahmán Nilakantha, ese excelente cantante que es el barítono brasileño Leonardo Neiva, quien ha cantado anteriormente personajes principales y secundarios en otras cinco óperas en las temporadas del Municipal, al fin tuvo en este teatro un rol en el elenco internacional de una ópera que permitió resaltar sus indiscutibles cualidades como intérprete (incluso aunque fuera en un papel que habitualmente cantan voces más graves que la suya): una voz atractiva, de buen volumen, muy bien timbrada y cómoda en todo el registro, y una imponente presencia y seguridad en escena, conformando una pareja ideal junto a Novikova, en especial en sus dúos.

Los roles secundarios fueron encarnados por cantantes chilenos, salvo dos intérpretes extranjeros cuyo desempeño fue correcto aunque no excepcional, y considerando la reducida extensión y dificultad que presentan sus roles, quizás pudieron ser desempeñados por figuras locales (como sí ocurrirá en el elenco estelar): el barítono francés Aimery Lefèvre como Fréderic y la mezzosoprano española Nerea Berraondo como la sirvienta Mallika, quien debe cantar junto a la protagonista el número más famoso de la obra, el hermoso y etéreo “dúo de las flores”. Muy sólidos estuvieron los demás personajes que cantaron artistas nacionales, el tenor Rony Ancavil como el sirviente Hadji y el trío de divertidas damas inglesas, las sopranos Madelene Vásquez (Ellen) y Daniela Ezquerra (Rose), así como la mezzosoprano Claudia Godoy (Señora Bentson). Y aunque en esta obra las apariciones del coro no son tantas, de todos modos son importantes, en especial en el segundo acto, y como de costumbre, el Coro del Teatro Municipal, dirigido por Jorge Klastornik, estuvo muy bien, así como los bailarines que se lucieron en la coreografía de Edymar Acevedo.

Las restantes funciones del elenco internacional de “Lakmé” se realizarán los días 08, 11 y 14 de julio. El elenco estelar se presentará los días 09 y 12 de julio.

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