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Notas


“Estar conscientes de nuestra historia y del lugar que habitamos nos permite conocer quiénes somos”

Benjamín Sanfuentes.
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Recreando un imaginario popular a partir del reciclaje de material de desecho hallado en las calles del patrimonial Barrio Mapocho, el artista visual Benjamín Sanfuentes (Santiago, 1987) sorprende a quienes visitan el proyecto que exhibe hasta el 20 de julio en la Galería Bicentenario del Centro Cultural Estación Mapocho.

Bajo el nombre de “Cal i Canto” la muestra reúne una serie de instalaciones que da cuenta del espíritu curioso de su autor, de su profundo interés por la historia y de la propuesta de intervención artística que hoy lo moviliza a desplazar su obra hacia el espacio público. Sobre esos y otros conceptos que inspiran su trabajo se refiere en la siguiente entrevista realizada por Alejandra Villarroel.

Visualidad y reciclaje ¿Cómo te planteas la reutilización de materiales en un proyecto artístico?
Estoy intentando reflexionar y hablar de la ciudad, buscando interpelar a sus habitantes y generar interacciones entre ambos, creo que la manera más eficaz de hacerlo es empleando el propio imaginario que la misma ciudad provee, utilizando como materia prima lo que encuentras en ella: ideas, conceptos, materiales y soportes. El acto de reutilizar materiales surge entonces como respuesta a una necesidad del propio proyecto. Evidentemente cabe hablar de reciclaje en la medida que se otorga un nuevo fin práctico a algo que cae en desuso, no obstante reciclar suele implicar funcionalidad, un fin práctico que no necesariamente está presente en las instalaciones en mi exposición. Aquí el acto de recoger y reutilizar funciona como parte de una relación conceptual que se establece con los materiales. Estos son variados: desde cajones de feria, pallets, cartones, plásticos; hasta ladrillos, cáscaras de huevo, madera y escombros. Los materiales en juego buscan encarnar y representar ideas, quieren ser gestos poéticos. Ahora bien, el proyecto completo surge desde el acto de vivir la calle, de vagabundear, de recorrer calles y rincones de la ciudad, observar y dibujar, buscar algo que a veces no está muy claro. Perderse en el intento es un método para encontrarlo, para mí la dimensión material de la obra cumple un rol esencial, los proyectos se inician con una fase de acopio y recolección de materias primas. En Cal i Canto eso es latente en los cajones de feria, pallets y bandejas plásticas, todos materiales encontrados en la calle, que cumplen una condición modular y poseen un alto potencial constructivo.

¿Cómo surge tu interés por recuperar el imaginario del Barrio Mapocho?

Hablar del Barrio Mapocho surgió como un gesto natural, parte de un hecho cotidiano. Hace ya varios años que vivo en la comuna de Santiago, lugar donde he tenido la mágica experiencia de descubrir la ciudad desde sus entrañas históricas. Siendo parte y participando de lugares donde han pasado cosas, de espacios donde la historia se encarna. Me declaro afortunado: vivo en una casona antigua del Barrio Brasil construida hacia 1920 cuya fachada es patrimonial, trabajo en el Museo Nacional de Bellas Artes y a diario transito por espacios llenos de historia y tradición. Creo que no podría ser mejor: me desenvuelvo en un espacio que transpira patrimonio, imposible que todo ese estímulo no permee y determine mi trabajo como artista visual. En los últimos años de Escuela comencé esta búsqueda en el mundo del Patrimonio y la Historia, asumiendo la ciudad como tema a desarrollar. Un hito esencial en este proceso fue la investigación desarrollada para mi examen de grado, obra que está contenida en la exposición y que funciona como argumento o preludio al interior del conjunto. Desde aquí se desprenden ideas claves: el concepto de monumento, la figura del obelisco, la intervención en el espacio público, el video como registro. En lo particular, hace tiempo ya que me interesaba investigar y trabajar con el Barrio Mapocho, considero este espacio como un lugar fascinante que entremezcla tradición popular, historia y arquitectura. Un espacio único de Santiago donde la identidad, el alma de la ciudad, palpita, es efervescente. Históricamente ha sido punto controversial de encuentro. Puerta de ingreso a la ciudad donde conviven hitos urbanos importantísimos como el Río Mapocho, la ex estacion de trenes, el Mercado Central o la Vega. Es el punto medio entre la vorágine de la Plaza de Armas y el silencio del cementerio general, nuestra necrópolis. Históricamente se genera aquí el punto de encuentro y quiebre entre la ciudad civilizada y la ciudad salvaje del antiguo barrio de la Chimba, división dada por la presencia del río. El Mapocho es clave para comprender nuestra ciudad desde lo formal. Una de las grandes preocupaciones el español fue domesticar la naturaleza indómita del valle del Mapocho, y para ello fue esencial contener el cauce del río con los tajamares y conectar ambas riberas con puentes. Entonces, dado que estaba trabajando con los conceptos de monumento, patrimonio, conmemoración, espacio urbano, la figura e historia del desaparecido puente colonial se transformó en el inevitable leitmotiv para levantar la investigación.

¿Por qué crees que es importante revisar la historia de la ciudad?
Creo que es fundamental. Conocer y estar consciente de la historia del lugar que se habita es esencial para comprender esa realidad, para saber descifrar sus códigos y asumir una postura frente a ella. Y va más allá de conocer la historia de nuestro entorno, también conocer la realidad cultural de la cual somos parte, del constructo que juntos diseñamos, de aquello que llamamos chileno. Atender a esos elementos es clave para vivir y comprender quiénes somos. La contraparte de esta realidad es la ignorancia y el desconocimiento que conlleva desarraigo y falta de pertenencia. Y precisamente ese es uno de los grandes males que socaba nuestra sociedad: el olvido y la indiferencia hacia nuestra historia y tradición, la pérdida de la identidad que nunca alcanzamos a forjar. La historia es una fuente vital para comprender la realidad sociocultural que encarna en la ciudad como gran escenario, en su arquitectura y espacios públicos, en su paisaje. Afortunadamente, desde un enfoque más positivo, estamos conscientes y hay consenso respecto a que estamos viviendo un momento histórico de cambio y reinvención. Estamos reapropiándonos de los espacios públicos, calles y parques vuelven a ocuparse transformándose en punto de encuentro y diálogo, comienza a revalorarse el patrimonio arquitectónico urbano, desde el florecimiento de Barrios típicos como Italia, Yungay o Brasil, los proyectos de apropiación urbana: paseos peatonales como Esmeralda, Ayllavilú, hasta el anhelo de una pronta creación de un Ministerio de la Cultura y el Patrimonio. En lo personal, estoy ansioso por ver como evoluciona y se encarna este cambio y mientras tanto me doy el gusto de usar la calle como plataforma para aportar en el proceso desde el arte.

Lenguaje artístico ¿Porqué eliges la instalación como principal lenguaje de esta muestra?
Si bien, podría afirmar que provengo del dibujo y la pintura, mi búsqueda en el arte me ha llevado hacia la instalación como disciplina. Ha sido producto de una evolución natural de los últimos tres años. En un inicio buscaba lo bidimensional, cartón, plástico, una frazada o una puerta se transformaban en soportes ideales para construir una imagen. Sin embargo cuando los trabajos comenzaron a salir a la calle era imposible no considerar una realidad volumétrica. Eso permitió explorar con otros materiales, cuerpos modulares con posibilidades constructivas. A mi parecer la instalación, tiene una cualidad que no posee la pintura, ni el dibujo y quizás ninguna disciplina de la plástica operando por si solas: la instalación permite la ocupación del espacio y maximiza la posibilidad de diálogo, tanto con el espacio en sí mismo como con quien lo habita. Siento que en el acto de instalar soporta más ideas y puedes cargar la obra de más contenido, además de la posibilidad de conjugar disciplinas generando resultados híbridos. En Cal i Canto las instalaciones desplegadas persiguen varios objetivos: activar el espacio, dialogar con la arquitectura de la Galería, presentar y disponer objetos, proponer lecturas poéticas y por sobre todo retratar la identidad material del barrio. Por sobre todas, la obra inicial que da la bienvenida, un gran arco construido con cajones de feria y pallets, busca ser una instalación en toda su definición. Es una obra que utiliza y activa/dialoga con el espacio que la soporta, podríamos hablar incluso de site specific, dado que proyectada específicamente para ese espacio respetando sus coordenadas, genera un recorrido para el espectador. Algo que me interesa de sobremanera: su condición efímera. Una opción más sensata, sería sacarlo de la Estación, llevarlo a la calle y entregárselo a la ciudad. De hecho será lo que sucederá al término de la exposición.

Audiencias para las artes visuales. Considerando que el público muchas veces se siente ajeno a esta disciplina ¿Cuáles crees que son las claves para conmover al espectador?

Recojo una premisa muy clara y concisa que señala “el artista aprende a comunicarse, el público aprende a hacer conexiones”, esa idea me parece interesante porque, junto con enfatizar el potencial educativo, define una relación democrática en la que artista y público en igualdad de condiciones pueden concebir la obra como un ejercicio colectivo. Por otra parte, considero vital aspirar a que la obra hable por sí sola, que cautive y atrape al espectador. Por eso el hecho trabajo desde la instalación: para apelar a la materialidad y a la corporalidad de las ideas y que estas no sean ajenas al cuerpo del espectador. En Cal i Canto intenté proyectar una intensión de monumentalidad, el tenor del proyecto y el lugar que lo contiene así lo demanda, además consciente del tipo de público que comúnmente transita los alrededores del Centro Cultural comprendí que la exposición debía ser dinámica y visualmente atractiva, sin ir en desmedro de su complejidad conceptual. Algo esencial para que el espectador enganche con la obra es que se sienta interpelado, que pueda reconocerse en ella. En lo personal, la línea que he ido desarrollando se enmarca como un arte político y social, trabajo con un hito urbano y un relato local, en este caso el puente se transforma en la posibilidad de convocar a más gente a participar en esta reflexión. Pienso que el artista debe ser honesto, debe estar consciente de su entorno y hacerse cargo de él, es su deber social hacer eco de la realidad cultural en la que está inmerso. Y como reflejo de esa honestidad, el artista debe estar ahí, recogiendo las reflexiones de quienes dialogan con su obra. Bueno, aquí es donde entra el tema de la mediación artística. Ante la carencia de una formación estética es necesario mediar entre la obra y el espectador, acompañarlo en el proceso de apreciar y descubrir, poniendo en valor el capital cultural que trae consigo.

Espacio expositivo y público ¿Qué esperas de la experiencia de esta exhibición en la Galería Bicentenario?
La exposición es ambiciosa, en el tema que abarca, en su escala y su visualidad. He estado viviendo hace varios meses exclusivamente para ella y seguirá siendo así. Me gustan las exposiciones que están vivas, que corren riesgos, donde sientes que están pasando cosas, y que no basta con ir solo una vez. Es lo que estoy intentado hacer en Cal i Canto y por ello estoy planteo un proyecto de carácter orgánico. El programa de la exposición abarca visitas mediadas a la exposición para grupos de colegio y universidad, diálogos con el artista, intervenciones en el espacio público y una mesa redonda. Además, la exhibición irá sumando más obras a su conjunto en la intensión de enriquecer el mensaje. En lo más profundo, respecto al tema central de la exposición, pretendo (re)activar una imagen e historia que forma parte de nuestro imaginario colectivo. Busco traer a la memoria y al diálogo el relato del Cal y Canto, como punto de partida para mayores reflexiones. Tiene tanto de añoranza como de afán educativo. Me estoy dando el lujo de experimentar y proponer, de crear un escenario e invitarlos a participar en la creación del relato. Todo esto bajo una intención de coherencia, casi tautológica, de hablar del puente Cal y Canto desde el Centro Cultural Estación Mapocho, utilizando los materiales que el mismo entorno provee y reinstalándolos al interior de la Galería.

¿Cuál es tu opinión respecto a la circulación de obras plásticas en Chile?

Lo veo con optimismo. Existe una escena artística y hay un mercado, está creciendo el coleccionismo y el consumo de obras de arte, existe circulación de obra e intercambio de obras, tanto expositivo como comercial, hay convocatorias y concursos, pocos pero hay. Claro, todo esto bajo el catálogo de “moderado”, en algunos casos “incipiente” y visto siempre desde nuestra realidad del subdesarrollo. Es más, algo sumamente misterioso, es que en Chile tengamos una sobreabundancia de escuelas de Arte en el marco de una sociedad que poco interés le otorga a la educación artística. Está claro que distamos de ser una capital artística o que nuestra sociedad consume y demanda Arte y Cultura, pero si somos benevolentes, quizás muchos concuerden de, que amparados en el desarrollo de la era digital y la híper conectividad, el panorama artístico comienza a cambiar. Hay cierta inclinación hacia un efervescente surgimiento de nuevas galerías, como un nuevo escenario informal (ajeno a la institucionalidad) para el arte local.

¿Cuáles son tus futuros proyectos?
Quiero darme este tiempo y apostar por el arte. Me refiero con “este tiempo” a la actual posibilidad de energía de la juventud para arrojarse y correr el riesgo. De experimentar y producir obra, estar en constante taller. Postular a residencias e intercambios. Producir con mayúscula. Mis próximas andanzas siguen en línea con lo desarrollado en el Centro Cultural Estacion Mapocho: patrimonio, calle e historia. Tengo suficiente material acopiado, entre ideas, imágenes y objetos recolectados, como para enclaustrarme a trabajar hasta que vuelva el verano. Estoy desarrollando hace varios años ya un proyecto ambicioso: restaurar y transformar la antigua casona del Barrio Brasil donde habito, en una casa-taller, un centro de experimentación artística, que mediante fondos concursables pueda ofrecer un espacio de desarrollo creativo abierto a la comunidad. El avance ha sido lento pero seguro, dado que las manos son pocas y el tiempo escaso, pero se espera que hacia esta primavera comience la verdadera acción.

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