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El cura que inventó un Spotify en 1933

Juan García Castillejo,
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Por Manuel Ansede, de EsMateria.com

Un libro recupera la inaudita historia de Juan García Castillejo, un sacerdote español que concibió hace más de 80 años un “aparato electrocompositor” capaz de improvisar música electrónica y de acceder por telegrafía a innumerables canciones.

Juan García, un jubilado de 83 años que trabajó toda su vida en la Seguridad Social, recuerda el día de hace unos 70 años en el que acompañó a su tío sacerdote a las casas de instrumentos musicales de Barcelona. Su tío, Juan García Castillejo, era un cura de los de antes, de los de sotana negra abotonada hasta los pies y sombrero de teja. “Avisa al director, que está aquí don Juan”, clamaban excitados los dependientes. Entonces, aparecía el director y ofrecía al sacerdote el oro y el moro a cambio de las instrucciones para fabricar un instrumento considerado prácticamente mágico en aquella época: el llamado “aparato electrocompositor musical”, presentado en 1933.

“Yo llevo sotana, no quiero ganar dinero”, respondía siempre el cura. García Castillejo había concebido algo parecido entonces a un milagro. Era una máquina “programable y capaz de crear secuencias musicales automáticas mediante un selector de sonidos, otro de tiempo y un motor combinador de notas, completados con vibradores mecánicos que aportarían efectos como vibratos, gorjeos, trinos”, en palabras del divulgador científico Miguel Ángel Delgado, que acaba de recuperar la figura del sacerdote en el epílogo de su nuevo libro, Inventar en el desierto. Tres historias de genios olvidados (editorial Turner).

Según el cura, “el aparato podría servir para construir una emisora de radio que funcionara sin intervención humana alguna, dictada por un azar dirigido, y en el que las grabaciones y las cuñas publicitarias se fueran insertando como se marcara en la programación”, señala Delgado.

Una orquesta capaz de improvisar

“Era el antecedente del podcast o del Spotify”, sostiene incluso Miguel Molina, profesor de Arte Sonoro de la Facultad de Bellas Artes de Valencia. El sacerdote había publicado en 1944 el libro La telegrafía rápida, el triteclado y la música eléctrica, “donde pretende unir en uno las nuevas aportaciones de la telegrafía, los teclados de teletipos y máquinas de escribir, y la música eléctrica”. Su aparato, cuya descripción omitía detalles deliberadamente para evitar copias, estaba dotado de transformadores, condensadores, resistencias, unas docenas de altavoces y varios motores, explica el profesor. Era, según dibujan sus estudiosos, una orquesta capaz de improvisar.

El propio religioso, nacido en 1903 en Motilla del Palancar (Cuenca) y trasladado en seguida a Valencia, lo describía así en su libro: “No es, pues, una reproducción de sonidos almacenados previamente, sino un aparato productor de sonidos que se coordinan entre sí mediante los mecanismos regulados por el rápido impulso o sacudidas de unas escobillas movidas de tiempo en tiempo, al azar, por unos motores gobernados por combinaciones de casualidad”.

“Yo vi el aparato de niño. Era una radio de aquellas antiguas, de capilla. Estaba llena de interruptores y tenía un teclado como de piano. Al tocar el teclado, los sonidos imitaban violines, trompetas, clarinetes, una orquesta entera con claridad y nitidez. Y, lo que más me llamaba la atención, salía una voz humana”, recuerda ahora por teléfono su sobrino.

Todo al chatarrero

Su tío, rememora, tenía un cuarto enorme lleno de aparatos, que incluso inundaban su cama. “No sé ni cómo podía dormir”, afirma. Sin embargo, ninguno de estos artilugios ha sobrevivido, así que es casi imposible separar la realidad de una leyenda familiar tejida durante más de medio siglo. Todos los aparatos acabaron en el chatarrero a la muerte del cura, hacia 1985.

En su libro de 1944, que sí ha llegado a nuestros tiempos, García Castillejo repasa la obra vanguardista del físico y violonchelista ruso Leon Theremin, padre del theremín, uno de los primeros instrumentos musicales electrónicos. El aparato, de 1920, consistía básicamente en una caja con dos antenas, una dedicada al tono y otra al volumen. Un músico podía interpretar a Rajmáninov simplemente acercando y alejando sus manos de las antenas.

Basándose en este instrumento, el sacerdote español planteaba tirar un cable submarino entre Mallorca y Alicante, “formando un campo magnético en el agua, mediante el circuito oscilante de un theremín y, en vez de ser las manos las que jugaran en ese campo para producir las notas, serían los peces, que por sus diversos movimientos y por el tamaño distinto de los mismos nos podrían proporcionar algún concierto marino”.

‘El Quijote’ surgido al azar

Enamorado del sonido, del azar y de la creación artística, García Castillejo imagina “aparatos capaces de crear composiciones literarias: combinando al azar palabras, sería posible que surgiera de manera espontánea El Quijote, o construir una ‘máquina parlante’ que pronunciara discursos”, según apunta Delgado en su libro.

“Era un cura haciendo música tecno en la década de 1940”, asegura por su parte Molina. El profesor de Arte Sonoro intenta ahora, junto a otros colegas de la Universidad Politécnica de Valencia, replicar aquellos aparatos fabricados o, por lo menos, soñados por el sacerdote. “La novedad de García Castillejo es que incorpora técnicas de creación al azar que no se encontraban entonces en la electrónica. La propia máquina compone. Puede crear una música nueva, no escuchada antes”, expone Molina.

“El electrocompositor no sólo disparaba muestras de sonidos, sino que podías acceder mediante telegrafía a archivos parlantes desde tu casa. Era un visionario. Sería una especie de Spotify para escuchar música, o incluso para escuchar libros. Él no tenía la capacidad tecnológica para hacerlo, pero sí para concebirlo”, proclama el profesor.

El sobrino del sacerdote asegura que su tío guardaba bajo llave una cinta de audio en la que contaba “el secreto”, las instrucciones necesarias para fabricar el aparato electrocompositor. Sin embargo, la cinta, según la familia, desapareció. “No sabemos qué pasó con el casete”, admite. Sin publicar su secreto y sin ganas de hacer dinero con sus invenciones, García Castillejo y su obra se esfumaron de la faz de la Tierra. Su nombre ni siquiera se menciona en el monumental Diccionario de la Música Valenciana. “Murió pobre del todo”, sentencia su sobrino.

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