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Tony Barros, el fotógrafo todoterreno de la Ciudad de Dios

YASUYOSHI CHIBA | AFP
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Si todo no fuera informal en las miserables callejuelas de la Ciudad de Dios, durante años la favela más peligrosa de Rio de Janeiro, Tony Barros, de 47 años, cargaría sin duda el título de fotógrafo oficial.

“Ser fotógrafo aquí no es como tener un estudio en Copacabana. Hay que conocer los códigos. Poco importa que seas bien visto desde hace tiempo. Si un día te equivocas en una coma, estás muerto”, cuenta este autodidacta.

Conoce desde niño y de memoria las peligrosas callejuelas de esta barriada de unos 40.000 habitantes, recuperada en 2011 de manos de los narcotraficantes por la policía.

La fotografía lo ha formado y lo ha ayudado a escapar de la marginalidad.

Su amiga Nadine Gonzalez, una francesa que desarrolla proyectos de moda en favelas desde hace ocho años, le presenta al fotógrafo de la AFP Christophe Simon.

El “gringo” explica que quiere enseñar los rudimentos de la fotografía de reportaje a jóvenes de la favela, para que cuenten en imágenes su pasión por el balón, la niñez del fútbol brasileño.

Un oficio o la droga

“Me pareció genial. Era un viejo sueño que tenía”, explica Tony, que como todos los días viste bermudas, camiseta y un gorro de béisbol. “Es fundamental ofrecer a estos jóvenes proyectos que les ayuden a tener una profesión. Porque aquí hay solo dos opciones: aprender un oficio o meterse en el tráfico”.

Tony llegó con su madre a la Ciudad de Dios en los años 60′, poco después de su fundación. ¿Su padre? “Un marinero” que conoció poco.

Cuando tenía nueve años, su madre murió. Un tío, empleado de la compañía de electricidad, le lleva a vivir con él a su modesto apartamento de Copacabana. Le da una “educación rígida”, pero al fin de cuentas, una educación.

A los 16 años, fin del paréntesis, Tony regresa a la Ciudad de Dios, convertida en “una tierra de locos”. Facciones de narcotraficantes se disputan sin piedad el control del territorio.

La hermana de Tony le deja librado a su suerte. Se pasea por las playas para escapar del ambiente opresivo de la favela, y se alimenta de mangos salvajes.

Enviado a un centro de la Fundación Nacional para el Bienestar de los Menores, una suerte de casa de rehabilitación, se codea con los futuros zares de la droga más temidos de Rio.

Moda favela

“Mi tío me dio una base. Contrariamente a los otros, intenté aprender todo lo que podía”: hizo cursos de pintura de coches y hasta de enfermería.

Se topa con niños en las calles, drogados con pegamento, maltratados por la policía, cuando trabaja en un centro de atención de menores dirigido por un seminarista, cerca de la catedral de Rio. “Fue ahí que comencé a sacar fotos, con esos niños”.

Y lo convirtió en su oficio. En Ciudad de Dios, hasta 2003-2004, nadie podría entrar con una cámara de fotos sin autorización de los narcos, bajo riesgo de ser condenado a pena de muerte.

Aniversarios, casamientos, bailes funk, Tony es invitado o tolerado en todos lados. Aunque se encontró muchas veces “con un arma amartillada en la cabeza”.

En 2001-2002, se dedica al fotoperiodismo, gracias a Viva Favela, un proyecto de periodismo ciudadano alimentado por corresponsales locales.

El éxito internacional del filme “Ciudad de Dios” (2002) coloca proyectores sobre la favela.

Tony pone a la favela de moda, literalmente. Funda con la brasileña Gisele Guimaraes el proyecto “Lente dos Sonhos” (“Lente de los sueños”) que enseña a jóvenes de la comunidad a convertirse en modelos.

En 2002, las fotos de su primer desfile son publicadas por el diario popular Extra. “Fue la primera vez que se publicaba en Rio algo sobre Cidade de Deus sin relación con la violencia”, explica Tony. Otras publicaciones siguieron en revistas europeas.

El estudio de Tony fue antes un vestuario de la Guardia Nacional, abandonado durante una década. La gente “venía a drogarse, a prostituirse, a defecar”. Tres piezas en fila, de paredes decrépitas. En un estante, su museo personal: viejas Zénith, Canon u Olympus, de la era predigital.

Es aquí que Tony seguirá dirigiendo junto a Christophe Simon el atelier de los aprendices de fotógrafo, al menos hasta los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro en 2016. Y quizás, quien sabe, ayudar a uno de ellos a convertirse en fotógrafo profesional.

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