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Los corruptos aplauden el siniestro sonido de los tambores de guerra que suenan en Crimea

Imagen de archivo | Pavel Kazachkov (cc)
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Europeos angustiados se preguntan si aquella Rusia impredecible de Vladimir Putin dará o no un zarpazo a la débil Ucrania. Si la guerra viene. Si a esa cruel pesadilla de los últimos años, la crisis económica, hambre y cesantía en medio de los desaforados beneficios de los bancos y de las ganancias de los poderosos, en suma, la acumulación de riqueza del capitalismo, ¿vendrá ahora otro caos? .

Y en medio de la tormenta ¿en qué medida se envolverán o no los países occidentales y del Viejo Mundo? ¿Con armas, con sanciones económicas o con diplomacia?

En la península de Crimea, zona del conflicto, lugar de Ucrania, habitan unos dos millones de ciudadanos. Por aquella región y durante larga historia han pasado, entre otros pueblos, griegos, godos y genoveses.

Allí han vivido los legendarios tártaros, gente tan maltratada y sometida en el pasado (siglo XVIII) por Catalina de Rusia, autollamada “La Grande” (¿grande de qué?) como en el siglo XX, aplastados por el temible Stalin, que deportó a 300 mil de ellos al Asia Central.

Se trata de una codiciada región (por desgracia en este caso) rica en recursos agrícolas y mineros. Pero en estos momentos sobrevive al borde de la bancarrota. El régimen del depuesto y odiado presidente Viktor Yanukovich (el que luego de las revueltas populares huyera a Moscú) saqueó sin asco las arcas fiscales. Y más encima la empresa rusa Gazprom reclama fuertes deudas en Ucrania, por combustible.

Hasta el momento de escribir estas líneas Europa y sus aliados continuaban en alerta máxima. En la zona del conflicto uniformados rusos armados hasta los dientes, arrogantes y desafiantes, iban y venían. Para Putin se trata de proteger a un territorio que considera muy suyo (de Rusia, claro) y donde hace más de mil años nacieron el Estado Ruso y la imaginaria ortodoxa, esa religión de los pomposos popes barbudos.

Rusia provee del 30 por ciento de gas a quince países de la Unión Europea. Un negocio por el cual se embolsa cien millones de dólares diarios. El 80 por ciento de ese gas pasa por Ucrania. Si hubiera guerra habría una tembladera económica y escasez energética aunque los países europeos, unos más otros menos, tienen abastecimiento guardado. Podrían resistir unos cuantos meses.

Otro triste aspecto de la peligrosa situación reside en la actitud del europeo medio, su desafección a un continente unido a medias, a trancas y a barrancas. Es, en buena medida, una actitud crítica pero al mismo tiempo mezquina, rácana, egoísta y oportunista.

Es una visión inclusive ignorante porque, al final de cuentas, Europa con sus 390 millones de seres humanos, es un territorio donde se puede compartir un futuro en paz.

Es verdad que el capitalismo depredador ha hecho de las suyas, que la soñada Europa con plena justicia no alcanza para todos. Pero quién mire a este continente desde la distancia, desde los territorios desiguales del mundo azotados por infortunios sin cuenta, donde campean pestes, saqueos, drogas y matones (América Latina, África, India, China inclusive) convendrá que este experimento comunitario, con todas sus deficiencias, vale la pena cuidarlo, perfeccionarlo.

Entre otras tareas se debería poner a raya, con mas fuerza, a los corruptos y, sobre todo, a esos euroescépticos tan ufanos y satisfechos. A los que agazapados en partidos ultra nacionalistas, xenófobos, fascistas y violentos, buscan destruirlo todo, criminalizar a los emigrantes, pisotearlo que aún queda del llamado Estado de Bienestar.

Y por si fuera poca la inconsciencia, aplauden el siniestro sonido de los tambores de guerra que suenan en Crimea.

Crónicas de la actualidad europea cuyo autor, Oscar Vega, reside en Portugal. Periodista y escritor, se inició en 1956 en el vespertino Crónica de Concepción. Ha trabajado, entre otros medios, en los diarios La Discusión, Clarín, La Nación, Fortín Mapocho, La Época y en revistas como “Hechos Mundiales” y “Cauce” de Chile y “Límite Sur”, de México. Igualmente, entre otras emisoras, Magallanes, Minería, Cooperativa (1960-1970) y radio Berlín Internacional (1980-1990) Su último libro, “Música para dos”, fue publicado el 2012 por editorial Lom.

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