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Bonsái: una tradición ancestral que lucha por sobrevivir en Japón

Bob|P-&-S (CC) Flickr
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“Oh, ¿te duele? Lo siento, voy a tener más cuidado”. Tadayoshi Udono aparta inmediatamente su cuchilla. No es cirujano, sino “escultor de árboles”, un creador de “macro-bonsáis”, y está seguro de que el árbol emitió un gemido.

Esta tradición ancestral tiende a perderse hoy en día, sobre todo porque los “escultores de árboles” envejecen y no hay quien los remplace.

Pero en la pequeña localidad de Sosa, a un centenar de kilómetros de Tokio, son muchos los que siguen podando árboles para imponerles una forma precisa.

“Es una hembra, miren como son suaves sus hojas”. Makoto Ishibashi trabaja en un pino. Sus cizallas cortan hábilmente una rama por aquí y otra por allá, para que el árbol conserve su forma triangular impuesta desde sus primeros años.

A 55 años, Makoto dirige el vivero familiar, en donde desde hace generaciones sus ancestros han hecho “sufrir” a árboles en nombre de una cierta estética. Varias de las creaciones de Sosa son exhibidas en parques y jardines de Tokio.

Al parecer todo se centra en el amor que se brinda al árbol, pero también en el tacto. Makoto recuerda un día muy frío de invierno, cuando apenas tenía 18 años y comenzaba en el oficio, su padre lo regañó porque llevaba guantes. La mano pierde toda su habilidad, le había dicho.

Desde entonces, ha adquirido experiencia y destreza, pero con la humildad que caracteriza a los japoneses, Makoto dice que aún le queda mucho por aprender. “No puedo aprenderlo todo antes del fin de mis días”, afirma.

El hombre que murmura a los árboles

“Los árboles son mi familia. No me dicen lo que quieren o esperan, pero me envían mensajes para decirme qué forma debo darles”, sostiene Makoto.

Tadayoshi Udono es por su parte un experto del “nomiire”, una técnica delicada que consiste en podar ramas a lo largo y doblarlas hacia el suelo, uno de los cánones de la belleza botánica en los jardines tradicionales en Japón.

Si Japón es conocido principalmente por sus exportaciones industriales, sobre todo automovilística y electrónica, en Sosa la geste piensa que estos “árboles esculpidos” pueden ser también excelentes embajadores de la cultura y la legendaria espiritualidad del país.

Una cultura que sin embargo tiene un precio alto: algunas de las creaciones de Makoto pueden alcanzar 40.000 dólares a la venta.

Pero los bonsáis ocupan también una parte importante en Sosa. Esta especialidad japonesa representó el año pasado 82 millones de dólares en exportaciones.

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