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El declive del ciudadano

Imagen de Archivo | Pablo Ovalle/agenciaUNO
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La alta abstención electoral de la última elección presidencial no debería dejar indiferente a nadie. No obstante, parece suceder aquello.

Muchos en una especie de autocomplacencia ante el hecho, plantean que se debe simplemente a la flojera, al desinterés, el descontento o al conformismo de las personas. Otros apelando a la evidencia de los datos, plantean que se debe a la voluntariedad del sufragio pues los más pobres votan menos si no los obligan (aunque la abstención parece haber sido un poco más transversal que ese sesgo un tanto clasista).

Pero hay algo más de fondo en relación a lo político, que va más allá de los datos electorales. La abstención también podría estar mostrando la primacía de una ética de la convicción basada en el mero voluntarismo -al filo de la excitación y la indisciplina- por sobre la ética de la responsabilidad por las consecuencias de los propios actos, y por tanto, un progresivo desdén infantil hacia la política y la democracia en tanto espacio de deliberación de los asuntos públicos y comunes que nos conciernen a todos.

Ahí está lo grave y lo preocupante, porque ello sería el reflejo de un vacío en el sentido mismo de lo ciudadano, de lo democrático, de lo político. Y el vacío podría estar creciendo junto con la desconfianza no sólo en las instituciones sino entre las personas.

Es necesario asumir que debemos –pues esto no es única tarea de las clases políticas sino de todos- no sólo promover votantes a los que cada cierto tiempo se les estimula a asistir a las urnas mediante enormes gastos publicitarios, sino que debemos formar ciudadanos que asumen su rol como tales, que se asocian, que reflexionan, debaten y cooperan en diversas instancias, constituyendo el espacio de lo civil y político, que es la base de una república.

La educación cívica cumple un rol fundamental en establecer esa formación donde el ciudadano no es sólo una especie de agente pasivo que exige el cumplimiento de promesas al mejor postor, sino también un agente responsable de su propio entorno, pero sobre todo en agente consciente de su rol como ciudadano. La educación cívica debe ser el eje central para preparar a las personas a la vida pública que es más que el ámbito político partidario.

En ese sentido, la obligatoriedad planteada para revertir la apatía política atribuida a la voluntariedad no es más que la acción disciplinaria sobre un agente al que se considera pasivo, incapaz de discernir.

Al igual que la publicidad y el marketing político, la obligatoriedad es apelar al mero estímulo y no a la razón de los votantes. Es verlos como ganado que se estimula mediante impulsos eléctricos. Paternalismo puro, que contradictoriamente refuerza aquella lógica donde las personas definen los asuntos públicos en base a sus impulsos y deseos personales (la materia prima del marketing político, pero también del clientelismo y el populismo), y no de manera impersonal como debería serlo en base a una ética cívica, con sentido de comunidad basado en el respeto mutuo.

Poco hemos hecho por fomentar personas que disciernen de manera informada y razonable sobre los asuntos públicos. Poco hemos hecho por promover esa virtud –palabra tan olvidada- entre todos nosotros, que no sólo sirve para elegir a los representantes políticos, sino también para actuar democrática y cívicamente en nuestras vidas públicas, cuando viajamos en los medios de transporte, hacemos fila en los bancos o conciertos, participamos en juntas vecinales, centros de padres, clubes deportivos, federaciones, etc.

Es decir, la educación cívica es la fuente desde la cual permitimos que la libertad personal que todos merecemos, se traduzca en ejercicio responsable y tolerante de la libertad política junto con los demás y no aislados de los mismos. Porque no lo olvidemos, el aislamiento y el miedo -que luego se traducen en vacío cívico- son caldo de cultivo para el caudillismo, el populismo y cualquier forma despótica.

Stuart Mill decía que “Cuando un pueblo no estima lo necesario sus instituciones representativas, tiene pocas probabilidades de conservarlas”, o que “si la sociedad ha descuidado llenar dos obligaciones solemnes, la más importante y fundamental de las dos debe ser atendida la primera: la enseñanza universal debe preceder al sufragio universal”.

Como Fundación consideramos que la Educación Cívica es un elemento esencial que no sólo fortalece la democracia, sino que contribuye a formar ciudadanos y ciudadanas -pero sobre todo personas- más autónomas y a la vez cooperativas. A través de ésta, debemos promover el valor de la tolerancia, la no violencia, el libre debate de ideas, la fraternidad y el respeto mutuo. Ese es nuestro gran desafío y nuestro compromiso.

Jorge Gómez, Director de Contenidos de Cientochenta.

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