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¿Cómo comunicar a un niño la muerte de un ser querido?

Archivo | Cristian Opazo | Agencia UNO
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Comunicar la muerte de un ser querido siempre será doloroso. Para quien haya tenido esa dura labor, recordará que el hecho lo marcó de tal manera que de sólo visualizarlo duele. Pero más difícil es comunicarle a un niño la mala noticia de que su papá, mamá, abuelo, abuela o alguno de sus hermanos, ha partido y se ha ido al cielo.

No cabe duda que un padre o madre, tiene, entre otras muchas tareas, esforzarse por proteger a sus hijos de cualquier experiencia dolorosa a lo largo de su vida. Sin embargo, la muerte es parte de nuestra existencia.

Cuando alguien parte de este mundo, los adultos deben enfrentarse al complejo escenario de informar el acontecimiento a un niño, y un montón de preguntas los asaltan: ¿Cuál será el momento indicado? ¿Cómo lo hago? ¿Será mejor decir que se fue de viaje? ¿Cómo lo tomará? ¿Estaré preparado para verlo sufrir?

Lo importante es saber que la forma en que los menores asimilarán una muerte, dependerá de la respuesta que encontremos a cada una de estas consultas. Por ello, según la Fundación Mario Losantos del Campo, el cuidado debe ser único, ya que 1 de cada 10 niños no logra superar el fallecimiento de un ser querido, mientras que el 42% necesita tratamiento y asistencia terapéutica.

Lo fundamental a la hora de dar la mala noticia es tener en cuenta su edad, y su proceso de comprensión:

De 3 a 5 años

De acuerdo a los expertos, es falso que a esta edad los niños no sientan ni se enteren de las cosas que suceden a su alrededor. Si bien no van a tomar las noticias como los adultos, son capaces de sentir la pérdida y llorar la muerte.

El investigador del Instituto Universitario de la Familia de la Universidad de Comillas de Madrid, Carlos Pitillas, asegura que a partir de los 3 años los niños comienzan a desarrollar la capacidad simbólica, razón por la que es posible conversar sobre el tema, adaptando el lenguaje.

Lo importante es no esconder o negar la muerte, diciéndoles que la persona fallecida se ha ido de viaje o se durmió para siempre, ya que le provocará miedo viajar o irse a la cama. Tarde o temprano los niños conocerán la realidad, y van a creer que la verdad les fue ocultada por tratarse de un tema muy malo, motivo que será determinante en su percepción de la muerte, incrementando sus temores y angustias en torno a ella.

La psicóloga clínica del Hospital Universitario Príncipes de Asturias, Susana de Cruylles, señaló a ABC, que los niños padecen un doble escenario de dolor: el suyo y el que perciben de sus padres, ya que es común que alguno de los adultos se suma en un estado de depresión que afectará directamente a los menores. Hay que tener en cuenta que es en esta edad preescolar donde ellos más dependen de los mayores.

En “Cómo ayudar a los niños a afrontar la pérdida de un ser querido”, Willian C. Kroen, expone que los hijos emulan las conductas y comportamientos de sus padres, y en este caso será fundamental conocer cómo tocar y enfrentar el tema, ya que en esta etapa los pequeños todavía no saben la manera de expresar el dolor de la partida de un ser querido, por lo que todo dependerá de las emociones que vean en los adultos.

A partir de esta edad, Susana Cruylles aconseja informar la pérdida usando un tono suave, en un instante de tranquilidad, aunque los pequeños no puedan contener el llanto. Del mismo modo es fundamental darle un nombre a las emociones, como la rabia, tristeza, ira, con el objeto de que puedan mantener la calma, y no impedir que se expresen y tengan claro que sus sentimientos son normales.

6 años

A esta edad ya entienden lo que significa el deceso de una persona, pero no así lo que esto traerá a sus vidas. Es por esta razón por la que los expertos recomiendan comunicar la pérdida con firmeza y de manera veraz, y no creer que contándole de a poco el hecho, el niño se irá preparando, ya que esto retrasa el duelo del pequeño.

Las reacciones como la negación, miedo o culpabilidad son esperables. Y si son testigos del llanto o tristeza de los padres, es necesario aclarar que no es culpa de ellos, pues comúnmente estos experimentan este sentimiento. Por ejemplo tienen pensamientos como “Mi hermano murió porque el otro día lo golpeé o no le presté un juguete; o mi abuela ha muerto porque no le dí un beso…”.

Si al comunicar la noticia, el niño escucha y dice “Bueno, pero ahora ¿podemos ir a jugar?”, no es para sorprenderse. Tampoco significa que sean insensibles, sólo quiere decir que aún les falta aprender a expresar sus sentimientos y buscan una distracción para “relajar la carga emocional que sienten”.

De los 6 a los 9 años

Entre este periodo, los pequeños pueden pasar semanas o meses sin que parezca que la noticia les hubiese afectado. Sin embargo, es probable que luego experimenten la necesidad de ver o estar con la persona fallecida, manifestándolo a través del llanto.

Generalmente comienzan a hacer preguntas relacionadas a la muerte como si hace frío o calor en la tumba, si es que hay que llevarle alimentos. Las respuestas llegarán de acuerdo a las creencias religiosas de cada padre.

Tampoco hay que extrañarse si la reacción de los menores es “regresiva”, y que retornen a los periodos donde sentían más seguridad. Posiblemente vuelvan a hacerse pipí en la cama, tener miedo a la oscuridad, dormir con los papás. Pero según los expertos, es una etapa momentánea.

Adolescencia

En esta etapa es más fácil comunicar el fallecimiento de un ser querido, pues acá los jóvenes ya han tenido acceso a películas, videos, internet, donde han visto qué significa la muerte.

Y si bien no será necesaria tanta explicación, es habitual que pasen más tiempo fuera de la casa para compartir el dolor con sus amigos. Es aquí donde hay que tener especial cuidado con la rebeldía, característica a esta edad, ya que con una noticia así podría aumentar y derivar en el consumo de drogas por la rabia que contienen.

En este caso los adultos tendrán que encontrar la manera de que ellos se expresen, no sólo preguntándoles ¿cómo están?, sino que darse el tiempo de iniciar una conversación con los jóvenes en función de que estos manifiesten sus sentimientos desde que la persona muerta ya no está.

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