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El Golpe a la Cultura: sin perdón pero con olvido

Lira Popular
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El mayor efecto del Golpe Militar para la Cultura es que ésta importe tan poco y a tan pocos hasta el día de hoy.

Referirnos a los efectos que el Golpe de Estado de 1973 ha provocado en materia cultural nos podría llevar días y días de enumerar, evaluar y debatir. Pero más allá de esto, lo que se echa de menos un genuino interés en abordar este tema por parte de la mayoría de los actores. Y es que ese es posiblemente el mayor efecto de la Dictadura: el que la Cultura importe tan poco y a tan pocos.

El Golpe de Estado se asocia a detenidos desaparecidos, fusilados, ejecutados, torturados, exiliados… la lista es larga y a 40 años del Golpe mucho se ha dicho, se ha mostrado, editado, etc. Unos se han arrepentido, otros piden perdón, algunos en forma solapada, otros de manera abierta, y los más, ni lo uno ni lo otro.

Pero en el ámbito de la Cultura lo que más ha campeado en estas décadas es el silencio y falta de interés. A lo más una que otra muestra de nostalgia y el querer quedarse anclados en un pasado y en expresiones de esa época por parte de algunos.

El Golpe Militar y la Dictadura Cívico-Militar que le sucedió no sólo cambió de forma drástica la historia y al país. También tuvo un impacto gigantesco en la Cultura y en las Artes de Chile. Y eso pasa casi desapercibido en el debate y n la revisión histórica.

Después de décadas de trabajo y una lucha de muchos sectores –de izquierda, centro y derecha, vanguardistas y conservadores- por valorar nuestras raíces y las culturas populares –en su riqueza y diversidad expresada en artesanías, en la música, etc.-, en Chile se había logrado avanzar mucho: Se valoraba lo popular como expresiones valiosas, dignas y nobles, que ennoblecían a sus cultores. Eso se reflejaba en ferias, museos y colecciones de artesanías, en gran cantidad de cultores e investigadores del folclore, por mencionar sólo dos.

También se había logrado algo notable: que los más destacados artistas e intelectuales vivieran en Chile. Eso pasaba con Neruda, Víctor Jara, Nicanor Parra y la gran mayoría de los artistas e intelectuales de la época. Incluso Roberto Matta, que vivía hacía décadas en el extranjero realizando una obra que lo situó entre los más reconocidos artistas del sXX a nivel mundial, volvió al país, con el advenimiento de la Unidad Popular.

Con el Golpe Militar todo lo Popular se asoció a la UP, a izquierda, a revolución, a comunismo, para luego transformarse en sinónimo de vulgaridad, de pobreza, de precariedad. Y muchos artistas e intelectuales se fueron del país –exiliados o no-, para sobrevivir o por necesidad de desarrollo.

Y en la actualidad, las cosas no han cambiado mucho. Hoy, lo Popular se sigue menospreciando y vulgarizando -incluidos los guachacas-, salvo pequeñas excepciones como son la reapertura del Museo de Arte Popular Americano (MAPA), el resguardar Cuasimodo, valorar algunas fiestas y el reconocimiento del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de algunos artesanos, entre otros. Pero son hechos puntuales, aislados y muchas veces más vinculados a la “imagen país” y a un “país de emprendedores” que al respeto y valoración de las formas de grupos populares (es decir sin poder).

Y por otro lado, buena parte de los más importantes artistas e intelectuales chilenos viven fuera del país, y los casos se cuentan por montones; Alfredo Jaar (último Premio Nacional de Arte), Isabel Allende (Premio Nacional de Literatura 2010), Óscar Hahn (Premio Nacional de Literatura 2012), Músicos como Los Bunkers, el líder de los Prisioneros, Jorge González y muchos más. Si la lucha contra la Dictadura logró atraer a varios artistas e intelectuales -la mayoría vigentes antes del Golpe-, la Democracia no ha logrado nada al respecto.
Cultura

En un país donde la Cultura, las políticas culturales, se hacen a través de concursos (y si el Fondart fue una buena propuesta hace tiempo es insuficiente), de infraestructura que no se evalúa (y que presenta serios problemas de diseño), que muchas veces no tiene programa, donde se hacen propuestas de legislación incoherentes y pobres (donde uno de los pocos aportes es el CNCA durante el Gobierno de Ricardo Lagos), la cultura sigue siendo un condimento, un “agregado” para las campañas políticas y publicitarias, un buen recurso para renovar las modas y la industria.

Mientras Cultura se siga asociando a consumo y consumidores –también camuflado como “audiencias”-, la Cultura, nuestras identidades, seguirán –y seguiremos- sufriendo los efectos del Golpe.

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