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La carta de Ricarte Soto donde se refirió a la muerte: “Los muertos no sufren”

Francisco Castillo | Agencia UNO
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A Ricarte Soto, la muerte lo rodeó hace un tiempo cuando perdió a sus amigos del equipo del Buenos Días a Todos que viajaban en el vuelo del CASA 212, que se precipitó del cielo el 2 de septiembre de 2011. En esa ocasión, el periodista enfrentó el difícil momento escribiéndole una carta a

En su perfil de Facebook, el panelista del matinal de TVN publicó una breve carta a su equipo, donde se detuvo en dos de los miembros que le fueron más cercanos a él, dando también luces de lo que sentía respecto a la muerte.

A continuación reproducimos sus palabras:

“Los muertos no sufren. Así que estoy llorando por ellos pero sin sufrir. Con mi copa de vino, brindo, recordándolos con mucho amor.

Pero estoy angustiado por la señora de Roberto Bruce y sus hijas que él adoraba. Tengo pena por la compañera de Cabezón, un tipo formidable que hueveaba con su cámara. Cuando Cabezón estaba vivo no conocí a su compañera. Ahora la encontré, sin conocerla, cuando su compañero de cama está muerto. O la muerte es tonta o somos los vivos, que nos creemos vivos, que somos unos profundos pelotudos. Mi pena, seamos francos, es menor a la que pueden sentir el padre de Felipe Camiroaga, sus hermanos y su chaperona Rosa Helena.

Todos ellos están en otra parte. Ya no sufren.

Por eso pienso en los padres de Sylvia Slier. Mi queridísima “chaperona” de hace 8 años. Ya no te puedo hablar Silvia y además no vale la pena porque ya estás liberada. Lo único que desearía, es saber, tener la certeza, que no te distes cuenta que el avión (maldito avión) se iba “mar abajo”.

Quiero que ustedes, sus padres (repito Silvia ya no está), puedan tener la esperanza que esos ojazos sólo vieron una ola enorme que subía y que ella no alcanzó a comprender (ni siquiera tuvo una milésima de segundo para hacerlo) porque el cielo- la eternidad- se acercaba al mismo tiempo que el mar.

Nosotros lo sabemos. Cuando el mar y el cielo forman una sola línea, estás muerto.

Espero que tú, mi dulce Silvia no hayas tenido el tiempo de saberlo. Padres penquistas, queridos, (que no conozco) aquí estoy con mi vaso de vino, anhelando (no puedo rogar porque soy ateo) para que mi bella Silvia no se haya percatado que la vida es corta y que la muerte es demasiado larga”.

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