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Hiroshima tras la explosión de la bomba atómica (PD)
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El martes pasado, 6 de agosto, se cumplieron 68 años del más horroroso atentado terrorista en la Historia de la Humanidad. El lanzamiento de la bomba atómica sobre Japón, en la ciudad de Hiroshima, con alrededor de 300 mil habitantes. Tres días después, Estados Unidos llevó a efecto el segundo atentado, lanzando otra bomba atómica, ahora sobre el puerto de Nagasaki, con alrededor de 200 mil habitantes.

La primera bomba era de uranio y su potencia debía alcanzar a unos 50 kilotones. Es decir 50 mil toneladas del explosivo Trinitrotolueno, el más poderoso explosivo químico existente en esa época. Pero la reacción no fue del todo buena, una parte del uranio no llegó a fisionar, y la explosión resultante fue de 20 kilotones. O sea, unas 20 mil toneladas de explosivo químico.

Según refiere el segundo comandante del bombardero que lanzó la bomba, lo que se vio primero fue una enorme esfera color gris rojizo, que en el centro mostraba un brillo como de brasa. Según el aviador, en seguida pareció que el lugar era inundado por una especie de baba, de gelatina o de lava. Luego el avión se alejó demasiado y no lograron ver más. Esa baba o gelatina era la masa derretida de alrededor de 60 mil edificios. La temperatura tremenda fundía en un mismo amasijo el acero, la cerámica, la piedra y la carne humana.

Los japoneses más suertudos murieron instantáneamente. Fueron unos 70 u 80 mil. Un número similar quedó agonizando. Algunos tardaron más de un año en fallecer.

La segunda bomba era de plutonio, bastante más poderosa. Y esos tres días entre Hiroshima y Nagasaki no fueron para darle tiempo al Japón para rendirse incondicionalmente. No. Fue solamente porque estaban refinando la cantidad necesaria de plutonio para aquella segunda bomba.

En fin, todos sabemos bien que entre ambas bombas mataron a unas 300 mil personas, todas ellas civiles, principalmente mujeres y niños. Ambas ciudades en la práctica no habían tenido más participación en la guerra, que trabajar y trabajar produciendo lo que el gobierno les ordenaba producir.

Escucha la crónica completa de Ruperto Concha a continuación:

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