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Soñemos que el capitalismo es bueno y es lindo

Archivo | Alf Melin (cc)
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¿Está de moda timar al Estado? A diario se conocen sorprendentes noticias de los traslados de dinero negro. Alegres lavados de euros y dólares y otras monedas fuertes. Quienes manejan esos recursos parecieran reírse de los peces de colores con fechorías nuevas, operando de cuello y corbata. Pero timar al Estado, escamotear impuestos es, sin duda y por desgracia, un fenómeno más viejo que andar a pie.

Acá por el Viejo Mundo nadie sabe cuándo se va a recuperar la alicaída moneda única. Para agudos observadores la economía del euro, la de Europa, se encuentra peligrosamente estancada y ha tiempo no crece. Dentro de ese fenómeno crítico apenas respiran países como Portugal.

Los pobres lusitanos con el agua al cuello. Refiriéndose al tremendo desajuste centrado acá en Lisboa, el economista norteamericano, premio Nobel en el 2008, Paul Krugman comentaba que en la actual tembladera macroeconómica (parecida a la Gran Depresión en el pasado) hay una troika sádica, la que exige a los países en apuros que estrujen sus pobres recursos, sin importarles ni mirar la vida, el trabajo y el porvenir de los seres humanos de carne y hueso. Es decir de la gente común y moliente. No de los ricos.

Pero los grandes adinerados se salvan ahora y lo seguirán haciendo. Una de sus maniobras con cuentas brujas es echar mano, bajo cuerdas, a los depósitos en paraísos fiscales. Porque el buen dinero aquí en el Viejo Mundo –repito- existe y mucho. Aunque esté oculto se mantiene vivito y coleando.

Y para que rinda mejor va a parar a esos lugares donde hay bancos que no preguntan y donde solamente se hacen anotaciones discretas o secretas. O sea, entre otros sitios, Andorra, Luxemburgo, Suiza, Liechtenstein, las Islas Cook o las Islas Caimán, dicho sea de paso este último lugar un territorio bajo jurisdicción de Inglaterra, que es miembro de la Unión Europea,

También cabe recordar que aquellos sitios donde se lava el billete grande y donde tintinean monedas duras sin pagar esos “desagradables” impuestos, están tolerados, permitidos, incluso alentados por los propios y respetables bancos. Instituciones que permiten gozosas transferencias porque, al fin y al cabo, esas instituciones jamás dejan ni dejarán de beneficiarse.

Según la vieja sentencia, el dinero no tiene olor. Y la experiencia, o sea la madre del cordero, dice que con ese dinero viajero que sale subrepticiamente de un país sin beneficiar a ningún erario público, se multiplica otra lacra: la corrupción.

Hay economistas que se dedican a hacer que los ricos sean más ricos. Y como están al servicio del sistema le llaman competitividad a la corrupción, un pan nuestro de cada día. Corrupción, fea palabra que enloda a diestra y siniestra. En las últimas semanas, sin ir más lejos, se han hecho públicos datos de unos 130 mil evasores fiscales en todo el mundo. La lista es interminable. Parecieran estar allí todos los peces gordos del planeta. En lo que respecta a Europa con aquellos cuantiosos fondos se podría haber aliviado mucha esta crisis, evitar el látigo que desde hace tres años golpea y cada vez más fuerte a los pobres absolutos o a los medio pobres, a los de medio pelo, a la esmirriada clase media.

Solamente por citar al desgaire aquí van algunos nombres imputados en corrupción. Por ahí chapotean Jean-Jacques Augier, tesorero de la campaña electoral del Primer Mandatario francés, Francois Hollande. También Jerôme Cauzac, riguroso ministro, conductor de recortes presupuestarios para la población de su país, el zorro cuidando a las gallinas. Tenía cuenta secreta en Suiza. O la adorada Fabiola, veterana y venerada figura real de Bélgica, dama de misa diaria que ocultaba sus haberes sin cumplir con la ley. O la Carmen Tita Cervera, llamada la baronesa Thyssen, en España, dueña de un tesoro incalculable, pinturas de precios astronómicos instaladas en un hermoso museo. Tampoco tendría sus cuentas claras.

¿Y qué nos dicen de los bienes de Berlusconi en Italia, según él y su cohorte, un hombre de Estado? ¿O de la soberana de Holanda, Beatrix, con altos intereses en el petróleo? ¿O de los billetes negros que anidan en las arcas con ostias del Banco Vaticano?. Una tarea de limpieza pendiente para che Papa, Francisco.

Acudo a las palabras de un ser extraordinario cuya vida se apagó hace poco. “La corrupción es que los hombres que han de gobernar se ofrecen en venta. El capitalismo lo convierte todo en mercancía. Somos naturaleza y poner el dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe”. Lo dijo el famoso economista y escritor catalán, José Luis Sampedro.

Fue un valioso referente para los críticos del capitalismo salvaje que nos inunda. A sus 94 años de edad, lúcido, estuvo mano a mano junto a millones de jóvenes del movimiento mundial de los indignados. Fustigó la degradación moral, donde “hemos olvidado la justicia y dignidad”. Y fue categórico: “En 2000 años, la humanidad ha progresado técnicamente en forma fabulosa, pero nos seguimos matando con una codicia y falta de solidaridad escandalosa”.

Queda gente decente. Es cierto que el planeta continúa atiborrado, poblado, destruido, depredado, enlodado con esos negocios que ejecutan los llamados emprendedores. Estamos en eso, sin duda, pero queda mucha decencia. Acaso sea un consuelo pero este capitalismo comprometido con tanta barbarie podría dar paso a un nuevo sistema. Soñemos.

Oscar “El Monstruo” Vega

Periodista, escritor, corresponsal, reportero, editor, director e incluso repartidor de periódicos.

Se inició en El Sur y La Discusión, para continuar en La Nación, Fortin Mapocho, La Época, Ercilla y Cauce.

Actualmente reside en Portugal.

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