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Santiago a mil y sus 20 años rindiendo homenaje a Andrés Pérez

Antifuneral del Quitapena, año 2000, Santiago Amable
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Silencio. Silencio en la calle. Silencio en el cerro. Silencio en el Teatro…

Si miran hacia el centro del cielo de Chile, cerca de las Tres Marías, al norte de la Cruz del sur, en medio de la noche, verán pasar a toda luz… ese ángel negro.

Vuela este verano sobre nosotros el señor director, el compañero actor, el coreógrafo entregado, el diseñador luchador callejero, el productor de bellezas, el mimo bailarín profeta, al profesor poeta, al teatrero convocante… véanlo hoy. Se pasea ahora de un lado a otro por la vereda de las estrellas, el lúcido Andrés, el creador incombustible de ojos chinos, el de las máscaras dolidas, el alegre dramaturgo popular, el severo perfecto, el risueño en serio, el titiritero de las esquinas pobres, el viajante de los bordes, el alucinado, el bello de los espejos, el incorruptible hombre sin maquillaje, el valiente decidido y sin vuelta… vemos de nuevo al irreverente tieso de mechas, al genio en su sangre, al revolucionario revoltoso, al revoltoso del porvenir, al porvenir de su vuelta… y revuelta.

¡¡Aquí viene Pérez!!

Andrés del pueblo de lo humano, nos da mucha y gran emoción volver a verte. Recién, me estaba comiendo unos higos en el patio y pensaba en tu pupila, en la noche, en las moras y tu demora, en la “Ester”, en la maquinaria del maqui… así pensaba y me dolía pensando… ¡tanto negro perdido!

Te pensaba y pensaba en todo lo que nos faltó por cuidarte. Si aún quedara tiempo Pérez, te diría gracias. Gracias de nuevo, por el regalo de tu obra y tu vida. Gracias también y en sordina por confiar tan generosamente en el “Antifuneral del Quitapena” ese teatro ritual del “Santiago Amable”.

Fuéramos de nuevo a tomarnos un alegre vino al “Quitapena”. Iríamos ahora en esas carrozas de cristal que construíamos sobre carretelas de fruta de la vega, llena de luces, zapallos, cantos, sandias y encantos. Fuéramos sobre un ataúd de colores, pintado a mano de niño, chicoteando unos caballos negros con la punta de unas banderas chilenas.

Te pensaba tendido sobre unos tambores de aceite ardiendo, en la quema de los miedos. Bailando con nosotros en esos círculos de fuego y aserrín rechinando los dientes y llevando el ritmo a golpes, con una piedra en cada mano. Te pensaba en esas arcadas del cementerio, balanceándote sobre un largo columpio y encendiendo una a una, la antorchas de la plaza.

Te hemos pensado Pérez… abriendo desde dentro y de par en par las pesadas puertas de fierro del Cementerio General… se deja ver, montado sobre la cabeza de una serpiente iluminada y escoltado por una cofradía bulliciosa. Decenas de jóvenes demonios que nos corretean y espantan, chasqueando látigos al aire al son de los bronces y cajas de una diablada.

Nos llevas a todos ahora hacia el rio Mapocho, por Avenida la Paz…en un funeral al revés.

Te he pensado luego inmóvil y en silencio, viendo el trabajo de esos cuerpos húmedos y desnudos iluminados sobre los andamios, pegados en una danza leve a los muros del Instituto Médico Legal… como escuchando su interior y lavando palmo a palmo quizás cuantos dolores y que historias…. para eso elegiste el agua limpia, la música de solo un saxo, unos jarros blancos enlosados y unos lavatorios de campo.

Te hemos pensado Andrés. y nos haces falta.

Todos te hemos imaginado.

De nuevo cerca de nosotros,… ojalá el vecino de al lado.

Artículo escrito por el médico psiquiatra-psicoterapeuta, Jorge Vega Gálvez-Rivas*

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