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¿Estado Laico?: La importancia de una Navidad sin pesebres

Christian Leal (BBCL)
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Como suele ocurrir cada año en vísperas de fin de año, el Municipio de nuestra ciudad montó en plena Plaza Independencia un pesebre de tamaño real, mirando hacia la Catedral.

Y como suele ocurrir cada año, quedo con la preocupante sensación de que ese pesebre no debería estar ahí y que -de hecho- es una imagen que nunca debió estar.

Probablemente usted se preguntará qué tipo de trauma sufrí con la Navidad (o si tengo la cara pintada de verde) como para rechazar algo tan inocuo y maternal como un pesebre. Un razonamiento que se transforma en aparente contradicción si les cuento que -por lo demás- tengo uno de estos tradicionales nacimientos armado en mi casa.

Pero existe una explicación de por qué puede haber un pesebre en mi casa, en un colegio e incluso en una tienda o una empresa… pero no en la plaza pública de mi ciudad.

Sucede que mi mujer es católica y, como tal, respeto sus creencias religiosas. En realidad, como las acepté voluntariamente al casarme con ella, también acepto que las manifieste en nuestro hogar; algo a lo que nuestros vecinos no estarían obligados a aceptar si ella quisiera -por ejemplo- montar un pesebre en el edificio de la comunidad.

De la misma forma, una institución estatal como el Gobierno o un Municipio no pueden vincularse a ningún credo religioso, por más mayoritario que este sea en la población. Cuando este principio básico del estado laico dictado a fines del siglo XIX se vulnera, sus resultados pueden ser desastrosos.

¿Cree que exagero? Sólo recordemos cómo la ley de divorcio tardó casi una década -desde 1995 hasta 2004- para promulgarse en Chile, debido a que la Iglesia Católica movió todas sus influencias políticas a fin de detener o al menos retrasar esta normativa, cuya utilidad hoy sería absurdo cuestionar.

Una situación aún más compleja fue la negativa de varios municipios del país con alcaldes en extremo religiosos -entre ellos la Alcaldesa de Concepción- a entregar la píldora del día después en los consultorios de sus comunas, citando una mal entendida “objeción de conciencia”.

Lo cierto es que imponiendo sus creencias religiosas personales, este grupo de autoridades decidió negar a todos los habitantes de su comunidad, creyentes y no creyentes, el acceso a un fármaco aprobado por el Gobierno. Y aunque el anticonceptivo de emergencia sigue siendo un tema de discusión en nuestra sociedad, se sentó un precedente nefasto, ya que bajo esa misma visión un alcalde vinculado a un credo como los Testigos de Jehová podría prohibir las transfusiones de sangre en los recintos asistenciales bajo su jurisdicción.

Cuento aparte son las acciones del derrotado alcalde evangélico por Independencia, Antonio Garrido, quien se hizo conocido por llenar la comuna con gigantografías en alabanza a Dios. Dinero que, indiscutiblemente, pudo ser mejor invertido en ayuda de los vecinos de la necesitada comuna.

Absurdo, pero cierto.

Por esta razón creo que los pesebres, por más cándidos que sean, no deben admitirse en la administración pública, así como tampoco es gracioso que hace unas semanas se denunciara la entrega de Salmos junto a números de atención en un Compin de Santiago.

Y si nos ajustamos al verdadero concepto de un Estado laico, también se debe terminar con tradiciones como el Te Deum oficial al que asiste el Presidente de la República -en representación de todos los chilenos- durante las festividades patrias. Ni hablar de la celebración del Janucá la semana pasada en La Moneda, que incluso vulnera los principios de igualdad religiosa.

De hecho, en Estados Unidos y España, ambos países con raíces profundamente religiosas, se aprobaron hace años normas que impiden las manifestaciones o incluso los monumentos -que debieron ser retirados- cuando están vinculados a poderes del Estado.

Así como todos tenemos el derecho a manifestar nuestras creencias religiosas, mientras ello sea en respeto del prójimo y siempre en nuestro ámbito privado, es hora de dar un verdadero sentido a la seperación entre Iglesia y Estado.

No lo niego. Para mí, desde un punto sociológico, un pesebre es uno de los íconos más bellos de las tradición cristiana.

Sin embargo prefiero dejarlo donde debe estar: en el living de mi casa.

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