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Diarrea navideña china

Rafael Gómez (cc)
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A solo una semana del gran circo europeo occidental (y mundial) navideño ya nada ni nadie detiene el derrame de tantos sentimientos masculinos y femeninos. Las almas sencillas, ahora incontroladas, entran en un vértigo de ternura. Se enternecen los corazones de todo sesgo, orden y concierto y entre tanto ritos, los tiernos infantes (inocentes ellos, sean pobres o ricos) son conducidos a una contemplación embobada.

Destaca el “arbolito” tintineante. Asoma la figura del “viejito Pascual” en su rol ideal de anciano maravillas. Los centros comerciales se han transformado en un feérico derroche de guirnaldas. Y como coronación a tanta algarabía y discurso renacen cánticos, imágenes, íconos y liturgias.

Sin embargo… con el debido respeto tolerante para los que se apronten a gozar, comer, libar y soñar en esa próxima “noche de paz”, sobre todo aquí en los países del Viejo Mundo, cabe una advertencia que resulta ser un tanto brusca y ordinaria: ¡ojo con los alimentos y ojo con la diarrea china! Mas elegante: atención con la colitis oriental y sus consecuencias, la deshidratación, las fiebres y los vómitos.

En Bruselas, capital de la Unión Europea, ya suenan alarmas. Hay una proliferación de alimentos baratos que llegan hasta los grandes puertos como el de Hamburgo. Vienen desde ultramar. Proceden del país de Confucio. Guindas, ajos morados, algodón, miel, frutillas, salmón y harina entre otras delicias y hasta ¡miles de preciosas pizzas congeladas.

En lo que va del año y hasta octubre en la ciudad belga se habían contabilizado 262 avisos o denuncias. En ese surtido sucio había, sin ir más lejos, gambas contaminadas con antibióticos, cacahuetes podridos, pastas infestadas de gusanos, frutas coronadas de escarcha debido a los contenidos con exceso de azufre etc.

Sucede que los fabricantes y productores chinos, los mismos de los juguetes plásticos y de la ropa a precio huevo, también han regado el suelo europeo con alimentos baratos a destajo. El comercio está primero. Las exportaciones oficiales, hasta el período de los años 2005 al 2010, alcanzaban a los 41.000 millones de dólares.

Mucha gente ni sabe que en esa aromática olla y en el humeante plato que le abre el apetito hay numerosos elementos venidos de China, trabajados a la diabla, infestados con pesticidas o antibióticos, en estos últimos casos ante la cría indiscriminada de animales. En China todo vale. La parcial o total falta de escrúpulos no da tregua. La mano de obra barata es un banquete para propietarios y emprendedores. Las condiciones insalubres de las fábricas, galpones, almacenamientos, suelos y regadíos resultan ser, poco menos, una película de terror. Como para abrir la boca: Existen hasta huevos de gallina falsificados y hay manjares entre comillas con sustancias cancerígenas (el formaldehído se llama una de ellas). En casos extremos, se produce hasta aceite de mesa usado. Lo han sacado de restaurantes, lo han recogido en desagues, lo han reprocesado y lo han vuelto embotellar y a etiquetar.

En el año 2008 se conoció el caso de unos comerciantes avispados que, para que rindiese más, le añadieron a la leche en polvo un producto químico llamado melamina, fatal para los riñones.

Los controles, hasta el momento, resultan escasos y poco fiables. En Alemania están con las alertas en su punto pero hay otros países del continente donde la vigilancia no siempre (o nunca) es tan oportuna ni severa.

El año pasado la Unión Europea lanzó advertencias a diestra y siniestra. Sin embargo en 3.697 casos fue imposible rastrear la mercadería hasta su fuente original. El camino es tortuoso, sibilino y enigmático, como la sonrisa de Fu Manchu.

Las gigantescas cadenas del múltiple comercio alimentario viven con el credo en la boca. Sus ejecutivos no se fían de los controles estatales ni mucho menos de los proveedores. Firmas como Carrefour, Wal-Mart, Barilla, Nestle o la mismísima Coca-Cola siguen en capilla. Enfrentados a tantos peligros y percances estos gigantes del negocio de alimentos en Europa han decidido activar controles propios y cobijarse en una organización denominada Iniciativa Mundial para la Seguridad de los Alimentos.

Hasta el momento, sin embargo, nada de lo obrado es suficiente. En los comedores de las escuelas se teme que los chicos del primer mundo sufran infecciones en cadena. En España, lugar desde donde sale el mayor número de frutas y hortalizas para Europa, nadie pone barreras a la competencia china. Allí la política amparada como siempre por la Derecha, hace buenos negocios sin santiguarse, sin pensar en la Navidad ni en el viejito Pascual. ¡Pero los precios chinos son tan atractivos! La miel por ejemplo, cuesta entre uno y uno veinte euros el kilo. Es la mitad de lo que vale la miel local o la que procede de Argentina.

Si el lector piensa que ha leído una crónica alarmista o antinavideña me permito terminar agradeciéndole la información al prestigioso medio periodístico alemán “Der Spiegel”, (distribuído al mundo por “The New Cork Times Syndicate”). y a los oportunos escritos de Bernhard Zand, Andreas Ulrich, Maximiliam Popp, Sandra Schulz, Udo Ludwig, Charlotte Haunhorst y Susanne Amann.

Oscar “El Monstruo” Vega

Periodista, escritor, corresponsal, reportero, editor, director e incluso repartidor de periódicos.

Se inició en El Sur y La Discusión, para continuar en La Nación, Fortin Mapocho, La Época, Ercilla y Cauce.

Actualmente reside en Portugal.

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