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Un justo entre las naciones

Pedro Ribeiro Simões (CC)
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La historia comienza al sureste de Francia, en Burdeos, un viejo puerto que data de la época romana. Finaliza en el barrio de Alfama, el más antiguo rincón de Lisboa, un balcón urbano y pintoresco que mira hacia el ancho y solemne río Tajo.

Aunque honra a la memoria de un notable portugués, el relato y su personaje central, aún hoy en su país originario, son poco conocidos. La memoria siempre es frágil y mezquina.

Durante los días terribles de la ocupación alemana en 1940, en el territorio galo, Arístides de Sousa Mendes, cónsul de Portugal en Burdeos, firmando y repartiendo visados por su cuenta y riesgo, salvó la vida a treinta mil personas, entre ellos a doce mil judíos.

Llamado el “Oskar Schindler portugues” el diplomático luso murió a los 69 años de edad, en abril de 1954, en un hospital de pobres de Lisboa y en la más absoluta miseria.

Durante años de ostracismo Sousa Mendes fue castigado, insultado, vejado y despojado de sus funciones y de sus bienes por el tenebroso dictador Antonio de Oliveira Salazar.

Mes de junio de 1940. Europa afrontaba el terror nazi. Paris estaba ocupado por tropas alemanas. Media Francia resistía. Miles huían buscando alero. En la confusión y el caos, colaborando con el enemigo, flotaban soplones, delatores y miserables. Esto último ya lo hemos padecido en Chile: ¿recuerdan la época pinochetera?

Desde su ventana Sousa Mendes contemplaba el caos callejero. Oleadas de inocentes buscaban salida. La muerte aleteaba por todos los rincones. Ante tanta desolación el diplomático cayó en depresión aguda y se refugió en su cama. Pero a los dos días, acaso avergonzado de sí mismo, recapacitó, se vistió y reunió a su personal. Aún temiendo por su vida y la de sus hijos, aún sabiendo que el paso que daría significaba desobedecerle a un tirano, dio órdenes claras y terminantes: su oficina daría visado a quién lo pidiera y de donde viniese, sin importar ni mirar raza ni color.

Fueron apenas ocho días con sus noches en los cuales la representación consular se convirtió en hormiguero. Los desesperados, ricos, pobres, famosos, anónimos, lograban –por fin- un camino para atravesar España, (todavía era posible cruzar esa frontera) seguir a Portugal y desde allí buscar los medios para alcanzar a un país libre.

Inclusive Souza se dio maña y tiempo para llegar hasta Hendaya, en la zona sur francesa. Como un poseso, sin dormir, sin perder un segundo, firmaba visados hasta en la calle. Le ayudaban sus hijos, sus sobrinos y hasta un rabino, Jacobo Kruger. El sátrapa Salazar, enterado, furioso, ordenó su inmediata expulsión del servicio diplomático e invalidó los pasaportes con la firma de aquel subordinado insubordinado Pero ya era demasiado tarde.

Sousa Mendez, nació en 1885 en un pueblo pequeño Cabanas de Vidriato. Su familia era rancia, adinerada y católica. Estudió derecho y se licenció en Coimbra. Fue diplomático en Tanzania, Vigo Amberes y San Francisco. Casó con una prima también de familia ricachona y a la cual amaba desde su niñez.

Tuvieron catorce hijos. Una vida regalada que terminó aquel día cuando el hombre se asomó a la ventana y vio horror y desesperación. Vio a los que huían de la muerte, sin papeles, clamando por un documento, mientras ese maldito dictador de Portugal reiteraba órdenes prohibiendo dar visados. Y agregaba una falsedad, “somos un país neutral”. La verdad era otra. Como su compinche el carnicero Franco, de España, Salazar estaba colaborando con el fascismo

El cónsul destituido y vilipendiado, privado hasta de su profesión, refugia en la casa de su infancia. La familia, sin recursos y alimentando a duras penas a los hijos más pequeños sabe de extremas necesidades. Venden tierras, muebles, joyas y hasta el piano. Para aplacar el hambre piden alimentos fiados. Al final de la guerra mundial aquel maravilloso personaje sobrevivía gracias a unos pocos pesos de un fondo de caridad israelita. Pero la maldad no tiene límites. A su muerte el propietario de la tienda de comestibles reclamó ante el juzgado por supuestas deudas impagas. La casa de la familia Sousa Mendes subastada a precio huevo quedó en manos del almacenero ladrón.

En este lluvioso otoño se exhibe en los cines de Portugal un film que narra la historia. Y hunde su mirada en la grandeza de un ser humano que miró más allá de sus intereses y seguridad, desafiando a un régimen político criminal. Mientras otros emprendedores se enriquecían, medraban y ensanchaban sus bolsillos bajo la sombra del siniestro Salazar hubo valientes que supieron obrar y recapacitar. En aquellos tiempos no se hablaba de derechos humanos.

Muchos hoy día se llenan la boca con esas palabras pero a la hora de hacer algo por los demás reaccionan como el avestruz hundiendo su cabeza o mirando para otro lado.

Ya en la post guerra y con ayuda de Israel, once hijos del cónsul pudieron estudiar a Norteamérica. El alemán de orígen checo, Oskar Schindler, que también murió arruinado y olvidado, pudo salvar del exterminio a 120 judíos. Un film de Steven Spielberg, “La lista de Schindler” cuenta aquella hazaña.

El portugués salvo a miles. Hoy en el barrio Alfama sus nietos sostienen una modesta Fundación ubicada en la misma casa natal del abuelo, la ruinosa vivienda que, de nuevo, lograron comprar.

En 1966 el Estado de Israel proclamó: “Souza Mendes fue un justo entre las naciones”. En el 2001 el cónsul fue rehabilitado en Portugal. Desde la modesta sede de la Fundación, en el barrio Alfama, se puede contemplar el rio Tajo cuyo torrente discurre hacia el Atlántico, ajeno a las miserias y grandezas de nuestra especie.

Oscar “El Monstruo” Vega

Periodista, escritor, corresponsal, reportero, editor, director e incluso repartidor de periódicos.

Se inició en El Sur y La Discusión, para continuar en La Nación, Fortin Mapocho, La Época, Ercilla y Cauce.

Actualmente reside en Portugal.

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