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A veces, hay que terminar

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Existen casos en que dos personas no deben seguir manteniendo una relación. Esta es una verdad que duele aceptar, ya que involucra consecuencias dolorosas para ambos y, cuando la pareja ha formado familia, afecta también a los hijos. En este corto artículo mostraré un ejemplo de pareja que buscaron una terapia para seguir juntos pero que, al escucharse por primera vez en calma, decidieron no seguir con la relación.

Por Jorge Silva Rodighiero

A veces, las parejas deben terminar. Esta es una verdad que nadie debe olvidar, especialmente un psicólogo realizando una terapia de pareja.

Aunque la mayoría de las veces una terapia de pareja significa un nuevo comienzo en la relación, en la que ciertamente hay una mejoría sustantiva de ella, hay veces en que, por el contrario, una terapia sirve para aclarar y aceptar que la relación ya no puede seguir.

Hay muchas situaciones en que esto puede ser así, pero en este artículo me centraré en una de las que más me sorprende, a saber, la de los mantenidos. Me llama la atención principalmente el hecho de que se convierte en una situación muy obvia de abuso de una de las partes involucradas hacia la otra, llegando incluso a lo burdo, y sin embargo para ambas partes parece absolutamente normal.

Hay que aclarar, primero que todo, que no tiene nada de malo que uno de los miembros de la pareja mantenga económicamente al otro. Existen mil y una razones para ello, y un buen número de dichos motivos son respetables y compatibles con el proyecto de una pareja. Sin embargo, hay veces en que la situación pasa de ser una mantención a un abuso o, como veremos a continuación, a convertirse en la única razón para seguir con la relación.

Tomemos el caso de Verónica y Manuel (el caso es real, sin embargo, los nombres y algunos datos han sido cambiados para proteger la identidad de las personas referidas en el artículo). Ambos tienen veinticinco años y llevan pololeando siete, los dos últimos viviendo juntos. Se conocieron cursando el primer año de ingeniería comercial y a los pocos meses se pusieron a pololear.

Vienen a la consulta por idea de Verónica, quien está cansada de las peleas entre ellos. Cuando pregunto acerca de las razones, Manuel cuenta que está cansado de que ella no tenga tiempo para salir con él como antes, de que la frecuencia en sus relaciones sexuales ha bajado considerablemente, y que por lo mismo parecen ya un matrimonio de ochenta años. “Todo pasa porque se ha vuelto una vieja amargada” dice Manuel.

Verónica, triste y cansada, me indica que ya no sabe qué hacer. Que no es no tenga ganas de salir con su pololo, pero que está muy cansada. Se siente culpable, porque sabe que no se está comportando como una mujer de su edad.
En el transcurso de la sesión, empieza a quedar clara la situación actual de ellos como pareja. El año en que Verónica se tituló, a Manuel le quedaba solamente un semestre en la universidad, por lo que decidieron ir a vivir juntos ya que en esos meses Verónica podía hacerse cargo de los gastos. Sin embargo, esta situación se ha alargado por dos años, ya que Manuel no ha logrado aprobar los ramos que le quedan.

La situación se volvió más crítica el año pasado, cuando los padres de Manuel decidieron dejar de pagarle la Universidad, ya que consideraban que no estaba esforzándose lo suficiente y ya habían pagado un año extra por su irresponsabilidad. Ante esta situación, Verónica asumió el gasto, ya que Manuel había pensado en retirarse de la Universidad y dedicarse a trabajar de orfebre, hasta ahora su hobby. Verónica me explica que no quería que él sacrificase sus sueños sólo por plata.

Verónica empezó a trabajar horas extra, para poder pagar los gastos de la casa y la universidad. Salía de su casa a las siete de la mañana y no llegaba antes de las diez de la noche. No tenía tiempo para nada más, lo que Manuel le recriminaba constantemente. Cuando él le decía que fueran a tomar algo en la noche, Verónica le decía que prefería dormir, lo que lo enfurecía.

El mayor quiebre se produjo en las vacaciones de verano. Verónica le preguntó si pensaba aprovechar algún tiempo de los dos meses de vacaciones universitarias en trabajar para juntar dinero y ayudarla un poco, a lo que Manuel indignado le indicó que eran sus merecidas vacaciones. “¿Acaso no entiende que necesito descansar para poder pasar finalmente los ramos?” me preguntó en esa primera sesión.

¿Se está aprovechando de Verónica? ¿Está bien la situación? ¿Es correcto lo que está pasando? Son preguntas que se escapan no sólo al alcance de este artículo sino que involucran la opinión y código moral de cada uno, por lo cual un psicólogo no debiese actuar desde ahí.

Pero una terapia sí puede esclarecer al máximo la situación, las intenciones y las responsabilidades de cada uno. A veces basta con esto para que cada uno de los involucrados pueda entender de una nueva forma la situación y tomar una decisión diferente.

Invité a Manuel a imaginar una situación hipotética. “¿Si tú te estuvieras manteniendo y pagando la universidad, qué harías en tus vacaciones?” Sin vacilar, respondió: “obviamente trabajaría, no me quedaría otra”.

Verónica quedó impactada de su respuesta. Empezaron a dialogar, y yo intentaba que Manuel fuera empático con la posición de Verónica. A fin de cuentas, él también encontraba razonable trabajar en vacaciones.

Sin embargo, Manuel tomó la postura de que ya que Verónica ganaba lo suficiente, sería injusto y “muy feo de su parte” que no le pagara la universidad. Intenté encausar el diálogo en el problema que decían tener, a saber, el poco tiempo que pasaban juntos y la baja calidad de éste. Verónica planteó que prefería dejar de pagarle la universidad, para poder llegar más temprano a la casa y que volviesen a tener una buena vida en pareja.

Manuel no sólo no lo aceptó, sino que le dijo que si hacía eso él terminaría inmediatamente con ella, por no apoyarlo en este difícil momento. Verónica llorando le decía que ella seguiría pagando todo, sólo la universidad sería costeada por él, y que podía tomar un crédito. Manuel siguió empecinado en que Verónica lo estaba traicionando.

A estas alturas, Verónica ya no sabía que pensar. Me pidió una sesión individual, en la que me preguntó si ella estaba equivocada, si estaba siendo injusta. Al poco andar, sin embargo, empezó a plantearme que quizás Manuel estaba con ella por interés. Encontraba “muy feo siquiera pensarlo”, pero no podía quitarse eso de la cabeza.

La sesión le sirvió para que su idea de dejar de trabajar horas extra, para poder estar más tiempo con él, fuese tomando fuerza. Si el problema era efectivamente ese, no había otra solución que ella pudiese pensar.

Verónica le propuso a Manuel pedir un crédito de consumo, que alcanzaba a costear lo que quedaba de universidad. Aunque él nuevamente le dijo que era una traición, aceptó finalmente. Sin embargo, toda esa semana que Verónica llegó temprano, lo invitó a salir y él se negaba cada vez. Lo buscó sexualmente también, y esta vez era él el cansado.

Esta situación se repitió a la semana siguiente, con distintas excusas pero siempre con el mismo resultado: por más que Verónica lo invitaba a salir, le conversaba o lo buscaba sexualmente, Manuel no la tomaba en cuenta. Finalmente ella decidió terminar con la relación.

A Verónica le había quedado claro lo que para todos nosotros era evidente.

Jorge Silva Rodighiero, Psicólogo de la P. Universidad Católica de Chile | www.jorgesilva.cl | Puedes realizar tus consultas a la siguiente cuenta en Twitter @jorgesilvacl.

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