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Chile necesita más empatía de parte de quienes detentan el poder

Boris Peterka en Sxc.hu
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En mi opinión, Chile aún es un país injusto e inequitativo, donde la calidad de vida es muy diferente si usted está entre el 10% más acaudalado o el resto del grupo. Esta opinión es más que nada una sensación, como a menudo es la certeza, que uno se forma al andar por las calles, conversar con la gente y al leer las noticias.

Se reafirma esta certeza cuando uno ve a adultos mayores trabajando mucho más allá de los 65 años porque la jubilación no da, ve los pueblos del Norte que acogen la gran minería y que después de años de prosperidad minera están muy parecidos a lo que eran antes, cuando siguen existiendo miles de campamentos, cuando uno chequea las enormes diferencias del sistema público y privado de salud, cuando el sueldo mínimo sigue en 182.000 pesos, cuando uno escucha los reclamos de los Ayseninos. Es una sensación de injusticia que se forma a través de la experiencia del día a día.

Por eso no dejó de sorprenderme a mitad del año pasado, cuando me enteré que un economista, Claudio Sapelli, había publicado el libro “Chile: ¿Más Equitativo?”, en el que se analizan los temas de distribución del ingreso y movilidad social. En ese texto Sapelli asegura que Chile es un país más equitativo, separándose de la creencia instalada de que convivimos en uno de los territorios más desiguales del continente y de nuestro otro grupo: la OCDE.

¿Por qué se da esa diferencia? El mismo economista explica que se debe a la metodología que él ocupa, que básicamente es hacer grupos por personas que comparten una característica común, esto es nacer en el mismo año. Utilizando esa metodología, Sapelli observa que en mi generación, la de 24 a 35, la cobertura de enseñanza secundaria es más alta que el promedio de la OCDE. Algo parecido pasa con la desigualdad, la que en comparación con las generaciones de los setentas tendría una mejora de 8 puntos en el indicador Gini, un clásico índice de desigualdad.

Sapelli tiene pergaminos que garantizan un conocimiento a toda prueba en economía: un Doctorado en Chicago y su texto es riguroso y metodológicamente claro.

¿A quién creerle entonces? ¿A un académico estudioso o a mi sensación de injusticia, de inequidad cada vez mayor?

A quienes compartimos esa sensación se nos señala que la más obvia solución que a uno se le ocurre, subirle los impuestos a los que tienen más, no funciona por potentes razones económicas, toda vez que en una economía tan globalizada como la chilena, una mayor tasa de impuestos, que disminuye el retorno después de impuestos a la inversión, conduce a un menor stock de capital, menor empleo y menores remuneraciones, como editorializaba La Tercera hace unos días.

Sentimos la inequidad, nuestro sentido de justicia señala que la gran mayoría de chilenos merece más y mejores servicios y cosas que las que están recibiendo, pero académicos con muy bien argumentadas razones, nos señalan que no, que no es cierto, que Chile no es injusto y que no hay que realizar la reforma más obvia que se nos ocurre para acabar con la desigualdad, subir impuestos a los más ricos.

Me pregunto en esta confusión, qué sucedería si en un ejercicio de empatía, hubiéramos hecho acompañar todo el año pasado al Doctor Sapelli a Justine Alguerno, una alumna del Liceo de Maipo, en la localidad de Buin, quien cursaba su cuarto medio y mantenía sus excelentes notas, 6,9, a pesar de combinar sus estudios con trabajos.

Ella limpiaba casas con su madre y conseguía además otras “pegas” ocasionales para ayudar en la casa con dinero. Sin embargo este doble esfuerzo de Justine no valió la pena, toda vez que obtuvo 423 puntos ponderados en la PSU que no alcanzaban ni para postular. Uno puede imaginarse la frustración de esa familia ante esta situación, bien descrita en una crónica de un diario, donde la hija con grandes resultados escolares descubre que todo lo que aprendió y que todo su esfuerzo no le sirvieron para nada.

¿Hubieran cambiado las conclusiones del estudio de Sapelli luego de este ejercicio de empatía? Nos imaginamos que hubiera llegado de vuelta a su despacho universitario a revisar todos esos libros y datos, revisándolos esta vez con algo de duda.

Me parece que algo similar pasa en nuestro país. Los autores de políticas públicas, los que gobiernan y los que detentan poder, la mayoría de las veces se encuentran lejanos a la experiencia de la injusticia que se vive en Chile a diario por la gran mayoría de chilenos. No es posible entender el problema de Aysén, si no se tiene en la piel esa sensación de abandono.

No es posible comprender la rabia e impotencia de tantas comunidades mineras que miran que el progreso les pasa por el lado y que las formas y maneras en que a ellos les gustaría desarrollarse no son fomentadas, incluso son obstaculizadas. Tampoco el enojo que siente el capitalino cuando espera 40 minutos para tomar una micro repleta del Transantiago que sigue subiendo de precio.

Chile necesita más empatía de parte de quienes detentan el poder, de parte de ese grupo pequeño que tiene gran control sobre el destino de Chile. Necesitamos menos certezas académicas de ellos, menos fe en aquello que aprendieron en esas prestigiosas universidades y más escucha en la calle. Pero de verdad.

“Es cierto que los problemas económicos son muy complejos. ¿Qué podemos hacer cuando nadie ve claro? Se diría que las soluciones escapan a la pobre inteligencia humana… Es posible; pero al menos se puede protestar, protestar con la conciencia cuando no se dispone de otra arma, protestar con la voz, cuando se tiene aliento. Se puede no adquirir el hábito de la injusticia. Se puede rechazar las complicidades….” ¡Que certeras suenan estas palabras de Alberto Hurtado en estos días donde conviven grandes anuncios crecimiento y pleno empleo, con una cada vez mayor indignación por justicia en muchas localidades del país!
Empatizar, observar y escuchar. Dejar de hacer fe en libros y en dogmas aprendidos. Eso también es buen gobierno. Buen uso del poder.

Pablo Valenzuela

Pablo Valenzuela


Pablo Valenzuela es Director Ejecutivo de Casa de la Paz. Es abogado de la Universidad Católica y Magister de Derecho Ambiental en Nottingham, Reino Unido. Tiene cinco años de experiencia profesional, desarrollados principalmente en “Un Techo para Chile”. Ha trabajado organizando y asesorando proyectos sociales de vivienda, acceso a la justicia y habilitación social.

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