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La obligatoriedad de la educación no significa tener acceso a una silla en una sala de clases

Dan Jaeger Vendruscolo (SXC)
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El pasado jueves nos invitaron al seminario “Deserción escolar en la educación primaria: un desafío para las políticas públicas” en el cual se plantearon una serie de preguntas importantes para el debate en materia de educación. Algunas de ellas son la que queremos poner en discusión aquí: ¿Para qué sirve la educación? ¿Para qué educarnos?

Mucho ya se ha discutido sobre eso, pero considero que no está de más refrescar las ideas y tratar de ir un poco más profundo. Dos son las respuestas más conocidas, aunque no excluyentes, sobre estos puntos: un grupo plantea que la educación nos instruye para lo laboral, como fuerza de trabajo para el mercado. Otros consideran que la educación nos forma como sociedad, una más justa y democrática. Ahora bien, ante estas formas de conceptualización ¿qué camino estamos tomando nosotros?

Si recorremos el camino planteado para la primera conceptualización, no es necesario contar con una sociedad completamente ilustrada sino que más bien nos podríamos conformar con que unos pocos pasen por el sistema educativo, lo cual siempre sería regulado por las necesidades del mercado de trabajo. Por otro lado, para transitar la segunda conceptualización es necesario todo lo contrario, para conformar una sociedad más justa y democrática es fundamental que la educación sea considerada como un derecho para todos.

La casi universalización en el acceso a la educación básica, promovió que en el año 2003 se ampliara la obligatoriedad escolar hasta la educación media, lo cuál podría ser un indicio de que estamos frente a la segunda conceptualización.

La obligatoriedad escolar significa que el Estado asegura el acceso gratuito a la escolarización, lo cual implica que la educación pasa a ser considerada como un derecho. Sin embargo falta mucho más para que este derecho sea realmente efectivo en términos de inclusión real, no solo se puede garantizar con una silla dentro de la sala de clases, el acceso al sistema no es más que una gran oportunidad a no quedar fuera de los contextos de oportunidades. Pero es necesario ir más allá y ver lo que sucede en la trayectoria escolar.

Actualmente los números nos dicen que en educación básica la deserción escolar es de 3,2%, y en educación media de 11,3%. Las cifras hacen parecen que estamos hablando de una proporción menor, sin embargo no por eso deja de ser importante. Claramente no es un fenómeno masivo pero sí significativo, ya que está concentrado territorialmente, afectando mayoritariamente a los sectores de menores ingresos. Cuando hablamos de deserción escolar hablamos de jóvenes que ya no están dentro del sistema escolar, o sea, son marginados y excluidos dentro de la trayectoria escolar.

Ahora bien, en la trayectoria escolar también nos encontramos con que la obligatoriedad no asegura de por sí educación de calidad para todos, es por eso que muchos estudiantes son excluidos pero no de su banca en la sala de clase sino de la enseñanza. Son aquellos niños que asisten a clase pero no acceden a los aprendizajes.

La alta expansión de la matrícula y la obligatoriedad de la educación constituye un logro más que importante. Es más si solamente observamos dichos argumentos podríamos decir que estamos frente a un sistema democrático e incluyente, respondiendo la pregunta principal de para qué nos educamos. Sin embargo las posibilidades de acceso al sistema no se traducen en posibilidades de permanencia y en enseñanza de calidad para todos.

Poniéndolo en palabras claras, la obligatoriedad de la educación no tiene que entenderse como sinónimo del acceso a una silla en la sala de clase, sino que debe significar una buena trayectoria escolar, el Estado debe de ser garante de una educación con derecho a los aprendizajes y con herramientas para lograr la permanencia, y la retención de todos los estudiantes. Es necesario contar con políticas de intervención y con abordajes intersectoriales, para ello es preciso asumir la diversidad siendo precisa la sistematización y el relevamiento de las experiencias educativas para poder abordar la raíz de los problemas de la exclusión.

Por lo tanto creo que todavía no es posible definir claramente el camino que estamos tomando, mientras sigan existiendo niños y jóvenes excluidos del sistema escolar o excluidos de los aprendizajes dentro de la sala de clase no es posible afirmar que estamos frente a una sociedad mas justa y democrática.

Jimena Cosso es Cordinadora de Política Educativa del movimiento Educación 2020

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