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Cementerio Laico de Caldera: no hay diferencias donde inicia el desierto más árido del mundo

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Cementerio Laico de Caldera

Cementerio Laico de Caldera

Recorriendo Caldera en busca de cigarrillos, después de una extenuante jornada tras la historia de los 33 mineros, me encontré en uno de esos lugares que siempre me han llamado la atención… creo que es una fijación que me transporta a mis días de niñez acompañando a mi ‘mamatía’ al cementerio de Los Andes.

Es de aquellos años pasados que tengo la mala o fea costumbre de visitar estos lugares, depositarios de los más hermosos sueños de la humanidad y también de los mas macabros pensamientos.

Quizás por eso me gustan, porque el bueno y el malo, la víctima y el victimario pueden conmorir juntos (porque no pueden convivir), en una tétrica y silente armonía. ¿Cuantos asesinos descansarán al lado de sus víctimas?. Esos que le llaman parques, donde uno camina por un hermoso prado y se olvida que está pisando cadáveres, no me gustan; se pierde solemnidad, según yo.

Por eso los prefiero a la antigua, con mausoleos, con tumbas que parecen cunas, con los olores a cementerio, con ángeles y santos descabezados y con el infaltable tambor de 200 litros que se usa de basurero, pero que nadie ocupa porque hay montones y montones de flores secas y tallos y papeles de diario donde envolvieron las mismas flores. Todo eso, al lado del susodicho tambor metálico.

Escudriñar los secretos de los cementerios es inmiscuirse en la sociedad pasada, la presente y, porque no decirlo, la futura. Claro, porque a fin de cuentas casi todos sabemos tal cual será nuestra última morada. Alguien escribió por ahí que “La muerte está tan segura de su victoria sobre nosotros, que nos da toda una vida de ventaja”.

Que arrogante y peligrosa frase, pero que profunda reflexión. Peligrosa porque un pesimista podría decir, entonces… ¿para qué esforzarse tanto si al final voy a morir igual? Buen punto, pero esa es la gracia de vivir y morir ¿O no? Y en el último de los casos, ¿quién asegura que no hay nada del otro lado del túnel?, eso diría el optimista. Por lo tanto, entre vivir en busca de lo que hay mas allá y morir sin intentarlo, prefiero lo primero.

En fin, los cementerios cuentan la verdadera historia de los pueblos, con sus diferencias políticas, futbolísticas (¿O nunca han visto tumbas llenas de banderas y camisetas blancas, azules, cruzadas, o verdes?) y diferencias económicas claro.

Además, allí también existen las clases sociales y en base a eso se puede desenmarañar un poco esa historia perdida, porque el de Caldera fue el primero que no tuvo diferencias religiosas. De las otras sí, pero religiosas no, porque fue inaugurado el 20 de septiembre de 1876, mientras Domingo Reyes y Gómez era gobernador del departamento.

Éste fue el primer Cementerio Laico de la República de Chile, lo que significa simplemente que fue el primer cementerio donde no eras ciudadano de segunda clase por pensar o profesar distinto.

La muestra está ahí, tumbas con lápidas de fierro fundido y latón de familias alemanas, que dan cuenta de la pujante Caldera del 1800 y un mausoleo chino que está inmediatamente a un costado de una tumba con una lapida de mármol blanco de un familia inglesa y cerca de un mausoleo que parece mezquita.

Qué perfecto mundo el de los cementerios. Sin diferencias. Todos son mirados y tratados con igualdad, sin gobernantes, sin pobreza bajo tierra, sin que nadie opine distinto. Todo es paz y armonía, tanto, que incluso hasta un ave se dio el tiempo para reflexionar o descansar donde se inicia el desierto mas árido del mundo.

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