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Nervios a prueba en un Hospital de Talca parcialmente destruido por el terremoto

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Una semana después del fuerte sismo que sacudió el centro y sur de Chile, los empleados del Hospital regional de Talca, severamente dañado por el temblor, intentan atender a pacientes con ataques de nervios, al tiempo que deben enfrentar su propio miedo.

Hospital de Talca

Imagen: Wikimedia Commons

El hospital, un laberíntico edificio de tres pisos, fue construido a fines del siglo XIX y estaba destinado a la demolición en los próximos años.

El terremoto del 27 de febrero ya logró gran parte de esa tarea, de manera que las actividades básicas se realizan desde ahora en un anexo moderno de la planta hospitalaria.

Según Yolanda Peña, una estudiante de enfermería que trabaja como voluntaria para ayudar a manejar al enorme flujo de pacientes luego de la catástrofe, la mayoría de las personas que hacen cola en la calle antes de poder entrar en el hospital, tienen problemas relacionados con el estrés.

Sufren “ataques de pánico y estrés sobre todo porque se siguen sintiendo réplicas”, explica.

En efecto, en una semana, más de 200 réplicas del sismo de magnitud 8,8 sacudieron al país sudamericano, manteniendo hasta ahora los nervios de los sobrevivientes de punta.

El miedo se ha difundido entre los chilenos, sobre todo luego de tres fuertes temblores que se sintieron en el país el viernes por la mañana, entre los cuales uno de magnitud 6,8, o sea uno de los más potentes desde el que mató a cientos de personas el sábado anterior.

La enfermera en jefe, Juana Carrasco, estaba de guardia nocturna en una sala de emergencia vacía cuando se produjo el terremoto.

“Salimos corriendo -era puro instinto”, recordó. “Era realmente devastador, pensé que era una pesadilla.”

Dentro del hospital, las cañerías de agua se rompieron. Había polvo saliendo de las paredes resquebrajadas y trozos del techo por todas partes.

La luz se cortó y todo el edificio se quedó en la oscuridad. “Usamos la luz de nuestros teléfonos celulares para evitar obstáculos”, contó Carrasco.

Las enfermeras se responsabilizaron inmediatamente. Primero sacaron a toda prisa a 20 niños de la sección pediátrica y los pusieron en un sofá que colocaron fuera, bajo una palmera. Luego, transfirieron a pacientes que guardaban cama en camillas y los colocaron en catres, en el patio.

Mientras estaban haciendo todo esto, el agua empezó a invadir partes del edificio. Entonces Carrasco y sus colegas recorrieron rápido todas las habitaciones para desenchufar todos los aparatos eléctricos que encontraron y así evitar algún cortocircuito o, peor, un incendio.

“Pusimos el plasma en hieleras y lo salvamos”, añadió Carrasco. “Trabajamos duro, pero había tanto por hacer. Era como si la noche nunca fuera a terminar”.

Varios pacientes que llegaron aquella noche fallecieron -entre los cuales una víctima de ataque de corazón y un hombre que tuvo un accidente de tráfico intentando huir de la ciudad en coche y a toda velocidad-, pero el hospital no perdió a ninguno de sus pacientes.

“Incluso los pacientes bajo asistencia respiratoria: tomamos el relevo, bombeando aire manualmente”, se emociona, con los ojos llenos de orgullo.

El empleado Renato Yarce estaba en su domicilio cuando el terremoto se produjo, y sufrió el mismo impacto al acudir al hospital al amanecer.

“Llevo 20 años trabajando aquí y me duele profundamente ver esto”, dijo, mostrando una de las partes más dañadas del hospital.

“Para mí, es como mi casa. Lloré al ver toda la destrucción”.

A pesar de estar muy emocionado, ayudó a poner a salvo el material que se podía rescatar, en el anexo moderno del hospital.

En cuanto a la enfermera Elena Retama, teme que el próximo gran problema sanitario sea el aumento de las enfermedades infecciosas, “por la basura y los desechos. Seguro que pasará”.

Unas 250.000 personas, entre los cuales los habitantes del balneario de Constitución, uno de los más afectados por el sismo y el tsunami que llegó a continuación, dependen del hospital regional de Talca.

Ya que el quirófano quedó destruido, los casos graves se manejan ahora en un hospital de campaña militar improvisado en una cancha de fútbol, del otro lado de la calle.

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