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Bombas de fabricación casera son la pesadilla de las fuerzas afganas y de la OTAN

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Las bombas de fabricación casera de los talibanes se han convertido en la pesadilla de los militares afganos y extranjeros en Afganistán, a tal punto que el sargento Rafiulá confiesa que no se separa de su detector de minas ni para ir al baño.

“Tengo miedo de las minas de los talibanes”, dijo Rafiulá, sargento de la 3a Brigada del 201 cuerpo del ejército afgano.

“Incluso cuando voy al baño aprovecho que tengo este aparato conmigo para asegurarme de que no hay bombas ocultas”, dijo el valiente pero precavido sargento, mostrando un detector de metales.

Veterano de numerosas guerras, protagonista de innumerables batallas contra los talibanes, el aguerrido sargento acusa de cobarde a los insurgentes.

“Los talibanes no son buenos combatientes”, afirma Rafiulá.

“No son capaces de combatir como verdaderos hombres”, dice Rafiulá, desafiante. “Golpean por la espalda. Atacan con bombas caseras”, se queja.

Los 15.000 soldados afganos y de la OTAN que participan en la Operación Mushtarak (“Juntos”), cuyo objetivo es restablecer la autoridad del poder central en la provincia sureña de Helmand, siguen avanzando a pesar de algunos focos de resistencia en torno a Marjah y Nad Ali.

Los portavoces militares han señalado que el principal obstáculo que enfrenta la ofensiva son las bombas de fabricación casera, los famosos y temidos IED (siglas en inglés de Artefactos Explosivos Improvisados).

En las aldeas de la ruta hacia Marjah, los militares afganos y británicos hallaron bombas caseras en los caminos, en los campos, las casas e incluso incrustadas en los muros o colgadas de los árboles, dijo un coronel afgano.

“Colocaron minas en todos lados”, dice un soldado afgano en la localidad de Haji Qari Saheb, afirmando que en algunos casos son detonadas a distancia por las mujeres que se quedan en el pueblo.

“Encontramos más de lo que pensábamos”, reconoce el teniente Josh Diddams, mientras que el general Larry Nicholson, comandante de los Marines en el sur, indicó que despejar la zona de minas llevará unos 30 días.

Desde el comienzo de la operación, dos de los cuatro soldados de la OTAN muertos en la ofensiva, perecieron a causa de las bombas caseras.

El ejército afgano por su lado no registró pérdidas.

“El enemigo pensaba que íbamos a marchar por encima de sus minas”, dice el general Besmilá Jan, jefe de estado mayor del ejército, en declaraciones a la AFP en el campo de Shorabak, en Helmand.

Según un informe del ejército en poder de la AFP, las tropas afganas desactivaron desde el inicio de la ofensiva más de 100 IED.

Los talibanes por su lado afirman que disponen de un nuevo tipo de bomba, bautizada “Omar” en referencia a su líder máximo, el mulá Omar, indetectables con los sistemas tradicionales.

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